ZAYN Estábamos los tres tirados en la cama como si fuéramos unos críos después de una pijamada. Elías, al centro, con su cabeza en mi hombro y los pies enredados en los de Amaya. Ella le estaba haciendo cosquillas por debajo de la cobija con esa maldita sonrisa traviesa que solo yo conocía de cerca. Y yo, tratando de mantener la compostura, porque tenerla tan cerca y no poder besarla era una tortura griega. —¿Puedo decir algo sin que se burlen? —preguntó Elías, medio tapándose la cara con la almohada. Amaya y yo nos miramos al instante, como si supiéramos que lo que saldría de su boca sería oro puro. —Depende... —respondí—. ¿Es algo que nos dé material para molestarte por los próximos cinco años? —Muy probable —dijo, rodando los ojos. —Entonces adelante —soltó Amaya, animándolo. Elí

