—No siento nada por Dakota —le juré, con voz baja, firme, desesperada—. Nada. Solo asco. Solo culpa. Solo un pasado del que no quiero saber nunca más. Sus cejas se fruncieron. La herida seguía ahí, fresca. —Entonces dime la verdad —susurró—. ¿Fuiste al gimnasio a follar con ella? —No —negué enseguida, casi en un suspiro—. No. Te juro que no. Sentí su cuerpo tensarse, esperando. Así que tragué saliva y continué. —Yo no la había visto desde la última vez… Desde hace tres meses. Ni un mensaje. Nada. Y ni siquiera sabía que trabajaba ahí. Fue coincidencia, te lo juro por lo que más quieras. Ella apretó la mandíbula, pero no habló. Así que seguí, porque necesitaba que entendiera. —Estaba estresado. De verdad. Todo el día cargando con esto, con lo que siento por ti, con tener que fingir…

