13. Un borracho y un encuentro

1820 Palabras
Carlo No era yo mismo mientras conducía a través de la Piazza dela trinitá dei monti cargado de una adrenalina que no concebía, tampoco quien aparcaba el auto frente al Hassier, un bar concurrente de Roma. Mucho menos el que se sentó en la barra cuando apenas la luz del día menguaba y pidió una botella de alcohol hasta querer perder el conocimiento, o hasta que la imagen de Gia desapareciese por completo. Nunca fui la clase de hombre que bebía hasta perder la cabeza, pero esa tarde en particular, tuve la necesidad de hacerlo. Quería que la parte más despiadada de mí recordara que no había forma de que una tía embaucadora como ella, me viese la cara de idiota. De ninguna jodida manera. Pero cuando caí en cuenta de lo que había hecho, supe que no debí haber bebido ni siquiera una maldita gota. Ahora la tenía más presente que antes, incluso, llegué a verla al otro extremo de la barra, ¿Qué demonios estaba haciendo allí y por qué me sonreía de aquella manera? Es que quería volverme loco. Si, eso quería. Por eso me miraba de aquella forma tan provocadora y me servía otro trago. Era tan descarada que se ajustaba el escote para que yo pudiese deleitarme con la entrada. No la recordaba con grandes pechos. —¿Cuánto dinero quieres, Gia? —Me aventuré—. ¿Un millón de euros es suficiente para ti? Sonreí, por supuesto que no hubo respuesta. Un millón de euros no era demasiado para ella y comenzó a mirarme como si no supiera de lo que hablaba. Tragué todo el contenido de mi vaso, pero eso no hizo que me sintiera menos detestable. Ahora mismo odiaba estar metido dentro de mi propia piel, no soportaba el hecho de mirarla, de tenerla cerca, de que compartiéramos el mismo aire. —¿Cuánto maldito dinero quieres para que te salgas de mi puta cabeza? —Clamé y coloqué el vaso con fuerza sobre la barra—. ¡Respóndeme! —Me estás confundiendo. —Dijo, y de pronto, ya no era rubio el color de su pelo y el azul de sus ojos se fue convirtiendo en n***o. Joder, esa no era ella… . . . Bella Haber dejado a Gia en aquella habitación de hospital me produjo inconformidad. Quería pasar el mayor tiempo posible con ella, acompañándole y mimándola. Pero a mi padre se le ocurrió la maravillosísima idea de contar con la urgencia de mi presencia en la terraza, un moderno restaurant del hotel Eden. Me quedé quieta en el vestíbulo y estudié el lugar. De algún modo eso siempre me había hecho sentir segura al caminar, lo que provocaba que robase un par de miradas y demás. La anfitriona me ofreció su brazo para que le tendiera mi abrigo. Su sonrisa se convirtió en asombro de un momento a otro. —Es un Armani, ¿cierto? —Quiso saber y yo asentí, confundida por la pregunta—. Cuando leí que era de piel efecto castor, no creí que fuese así de aterciopelado. Sonreí, nunca le había prestado una atención como aquella a la ropa que usaba. —¿Te gusta? —Es precioso. —Respondió con el entusiasmo más sincero. —Quédatelo, te lo regalo. —Sus ojos se iluminaron como dos luciérnagas en la oscuridad. —No podría… —Negó con la cabeza —Quédatelo. —Insistí, al final, a ella una prenda como esa le hacía más ilusión que a mi—. Y no te preocupes por el gerente, al final de la noche yo me encargo. —Muchas gracias. —Sonrió apenada y me invitó a pasar con un gesto. Encontré a mi padre en una mesa junto a una de las grandes ventanas. La terraza tenía la particularidad de gozar con una de las más impresionantes vistas de la ciudad. Pero eso no fue lo único que obtuvo mi atención, sino las personas que acompañaban a mi padre en aquella interesante velada. —Mi hermosa hija, Isabella. —Se enorgulleció mi padre con mi presencia y se colocó de pie para la calurosa bienvenida. Le siguieron otros dos hombres recibí también la sonrisa de una mujer. —Eres un encanto en persona, Isabella. —Esta última, me alagó con una gentil mirada. —Gracias. —Ellos son los señores Vitale. —Presentó mi padre—. Alonzo, Graciella y su hijo Sandro ya lo conoces. Sandro… Lo reconocí de inmediato y le descubrí observándome como si fuese una majestuosidad andante. Estaba acostumbrada a las miradas, pero aquello no hizo más que incomodarme. —Ya nos habíamos conocido antes. —Dijo el último en ser mencionado. —Si… —No fue difícil fingir una sonrisa. —toma asiento, cariño. —Indicó mi padre y empecé a cuestionar mi presencia en esa mesa. No era común que mi madre o yo le acompañásemos en una reunión de negocios—. Estábamos esperándote para pedir la carta. El camarero llegó y como de costumbre, nos sugirió el plato de la casa. Esta vez, yo opté por algo mediterráneo. Pasta con espinacas, garbanzos y pasas. —Es una buena elección. —Sandro argumentó al mismo tiempo que llevaba una copa de merlot a su boca—. Pido lo mismo. No supe porque el resto de la noche se sintió como si los señores Vitale y mi padre se introdujeron en una conversación muy intencionada para dejarnos a Sandro y a mí, fuera de ella. Obligándonos de ese modo, a que intercambiáramos mínimo media palabra, pero cuando mi comida llegó, traté de pasar el mayor tiempo posible con la boca llena. La situación estaba siendo ligeramente sospechosa y yo no sabía cómo huir de ella. —Me ha dicho tu padre que no se te dan las matemáticas. —Me fastidió que estuviese esforzándose demasiado por hablarme—-. Fui el mejor de la clase el año pasado, podría ayudarte si lo llegaras a necesitar. —Gracias, pero ya hay alguien ayudándome. —No titubeé en rechazar su oferta. —Entiendo. —Se resignó aclarándose la garganta—. Va a darse una fiesta mañana por la noche en Enigma, ¿te apetece ir? No iba a darse por vencido tan fácilmente y yo estaba siendo demasiado descortés. Enigma era una discoteca que había tomado posicionamiento en la ciudad al ser bastante frecuentada por los hijos de la élite. Convirtiéndose en el primer lugar para que los jóvenes adultos fuesen a bailar, beber alcohol y perder un poco la cabeza. —Suena genial. —Finalmente acepté—. ¿Vas a volver la próxima temporada a Inglaterra o te quedarás definitivamente en Roma? —Depende. —Confesó. —Vaya… ¿Y de qué? —De lo que me depare el destino en tierras romanas. —Estaba coqueteándome, era evidente. —¿Eres romano de nacimiento o naciste en alguna otra ciudad de Italia? —Le di por completo la vuelta a sus palabras. Sonrió y negó con la cabeza ante mi majestuosa jugada. Ninguno de los dos éramos idiotas y no se necesitaba tener dos dedos de frente para comprender el fin de nuestras propias palabras. —Eres muy astuta. —No supe si tomarlo como un cumplido, pero sonreí. —Y tu bastante predecible. . . . Sebastian Isabella estaba en la terraza y yo casi me volví loco cuando supe quien le acompañaba. Uno de mis hombres le había investigado cuando llegó a la ciudad. Un pijo de veintiún años que había dejado Italia hacía ya un buen rato y había regresado de la nada, sin culminar si quiera sus estudios. Era hijo de Alonzo Vitale, un político que había aspirado a la alcaldía en las elecciones pasadas y no había obtenido buenos resultados. Ahora mismo, estaba de vuelta en la jugada y si Gerónimo estaba apoyándole, me daría una clara impresión de que hacia el tal Sandro tan platicador con Isabella. —Por aquí, por favor. —Nos indicó la anfitriona hasta nuestra mesa. —Gracias al cielo hice la reservación con tiempo. —Se aventuró Giovanna cuando tomamos haciendo—. Tenemos una increíble vista de la ciudad desde aquí. —Si. —Respondí y no pude dejar de mirar hacia la mesa de Isabella. ¿Qué hacía con ese tipo y por qué le sonreía? ¿Le gustaba? ¿Le estaría diciendo algo divertido? No lo sabría si no me acercaba, pero yo no era la clase de hombre que le gustaran los espectáculos. Así que tuve que apretar los puños con fuerza bajo la mesa y desviar la mirada. —Cariño, te estoy hablando. —Giovanna se cruzó de brazos cuando finalmente pudo tener mi atención. Ese gesto provocó que sus pechos casi reventaran dentro de aquel vestido ajustado. No era demasiado excesivo, pero tal le hacía falta usar algo más de su talla. No entendía como podía respirar con una prenda así. —Perdona. —Cogí su mano para tranquilizarla y me contuve demasiado por no volver a desviar la mirada, pero definitivamente era mucho lo que me costaba—. He tenido demasiado trabajo en el casino y estoy hecho un lio. —Entiendo. —Dijo y sonrió para no mostrar ese ligero fastidio—. Pero por hoy te voy a exigir que mantengas tu mente lejos del trabajo. Me exigía, joder, como me molestaba esa palabra. A mí nadie me exigía nada, a menos que se tratase de Isabella y lo hiciera pidiéndome que aleje a ese maldito pijo de ella. Me desconocía, no era de los hombres que fácil perdía la cabeza por un par de piernas. Pero no eran simplemente piernas, eran las de ella y eso hacía de mi algo que no pudiese fácilmente controlar. —Me apetece un estofado toscano de frijoles blancos. —Pronunció al mirar la carta y le sonrió a la camarera. Ambas, me miraron confundidas en espera de mi respuesta. Yo ni siquiera había estado prestando atención al menú. —Un salmón a la plancha está bien para mí. —De postre les puedo ofrecer Manzanas horneadas con cerezas y almendras. Giovanna asintió antes de que la camarera tomase la orden y se marchara. —¿Puedes al menos fingir que estás interesado en la ocasión? —Lo siento mucho, cariño. Tengo que hacer una llamada —Repuse de inmediato de vuelta a ella y me puse de pie—. Pide una botella de champagne, voy a compensarte. Le ofrecí un efusivo beso antes de que pudiese oponerse o quejarse. Si me quedaba allí un instante más y no iba a por Isabella, perdería la cordura y le arrancaría la cabeza al pijo que ahora mismo le estaba tocando la barbilla y me importaría una soberana mierda las consecuencias. Lo bueno de eso fue saber que Isabella al ponerme de pie, también mi miró.
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