18. Mafiosos enamorado

1949 Palabras
Sebastian Se sentía reconfortante estar en la casa que me había visto dar mis primeros pasos hasta verme convertido en el heredero de la mafia. Mi padre, Donato Mancini, había construido con sus propias manos hacía ya muchísimos años esta mansión para mi madre, Guadalupe Garza, quien había sido raptada en su juventud por los arrebatos de un joven enamorado. Se habían conocido alrededor de los diecisiete y veintiún años. Mis abuelos maternos se opusieron inmediatamente a la relación que los adolescentes formaron una temporada de verano en Sicilia, pues para ellos, aquel joven no era más que un delincuente con traje. Contaba mi madre que viajó desde México con la intención de disfrutar sus vacaciones en la playa. Fue allí donde conoció a mi padre y surgió el romance. Pero aquello no podía terminar en una típica aventura de verano como en las películas. Se hicieron promesas como dos enamorados bajo un manto de estrellas junto a la orilla de alguna playa de Sicilia. La promesa de mi padre fue escrita en una piedra y le aseguraba que cuando cumpliese los dieciocho años, iría por ella. La de mi madre fue esperarle y ansiarle cada día. Ambos la cumplieron. Desde el día de la despedida hasta un año después del reencuentro, mi padre le había construido ladrillo a ladrillo, lo que sería el hogar que formarían para el resto de sus vidas. La casa no se había modernizado a través de los años. Desde los muebles más antiguos y cuadros de antaño, permanecían literalmente intactos. Para mi madre era como congelar el tiempo y revivir a través de esas paredes lo que hoy en día habían formado. —Cariño, has llegado. —Me sorprendió con un beso en la mejilla y un caluroso abrazo. —Madre. —Saludé envolviéndola contra mi pecho. Guadalupe Garza no era mujer de tacones ni joyas despampanantes. Por el contrario, la sencillez de sus zapatillas de punta y vestidos poco entallados, la hacían lucir fresca y joven a pesar de los años. —Pensé que vendrías con tu prometida. —Dijo al verme entrar solo a través del vestíbulo. —Sabes que no soy de mezclar las cosas. —Le recordé e hizo ese gesto de resignación muy particular en ella —Algún día, cuando conozcas a la mujer de tu vida… —Comenzó a decir y yo no pude evitar sonreír al saber ya por donde iba—. Querrás presumirla como si fuese una joya muy preciada. —¿Qué te hace pensar que Giovanna no es la mujer de mi vida? —Por supuesto que no lo era, pero me gustaría saber cómo es que mi madre lo intuía. —No solo te conozco desde hace ya casi veintisiete años, querido… —Me miró por encima de sus anteojos para lectura y sonrió—. Sino que además el amor se siente en cada poro de la piel. Me gustó ver como barría las yemas de sus dedos a través de su brazo izquierdo, como siquiera mostrarme de forma gráfica a lo que se refería. En ese instante, no pude evitar pensar en Isabella y en que sentía por ella lo que describía mi madre cada vez que le tenía cerca y que también quería presumirla por las calles de toda Roma, incluso Italia o hasta el fin de la tierra, pero por ahora, tendría que vivir con la ilusión de imaginarme cuando llegaría ese momento. —¡El pastel! —No me sorprendió verla desaparecer a través del pasillo hasta perderse en la cocina. Era muy propio de ella andar a las prisas. Salí a una de las terrazas esperando encontrarme con mi padre, pero en el camino lo encontré sentado en la biblioteca con la puerta entreabierta. Veía los titulares de esa mañana. —Hijo mío. —Se puso de pie cuando hice mi entrada y me recibió con una palmada en la espalda. —Madre ha salido casi despavorida a la cocina por el pastel. —Le dije al tiempo que lo invitaba a sentarse de nuevo y yo me tumbé a su lado. —Déjale, a ella le gusta pasar horas probando recetas nuevas. —A mi padre siempre le hacía muchísima ilusión los pasteles de mi madre y ella cada domingo se inventaba una receta nueva—. Cuéntame, como van las cosas en el casino. —Regulares, ya sabes. Bajo perfil. —Has estado haciendo un buen trabajo todos estos años —Me felicitó con una sonrisa que solo un padre orgulloso podría mostrarle a su hijo—. Gerónimo me ha dicho que tengo un hijo excepcional. —¿Lo ha dicho? —Inquirí, estaba sorprendido. —Si, pero no te veo convencido, ¿Ha pasado algo que yo no sepa? —Preguntó con un atisbo de preocupación en su voz. Relajé el cuerpo sobre el mueble y eché la cabeza para atrás, necesitaba respirar antes de contarle. No era la clase de hombre que anduviese contando su vida privada así nada más, pero desde la muerte de Mauro, la única persona en la que podía confiar, solo me quedaba mi propio padre. —Hemos tenido un par de diferencias. —Me aventuré a decir. —¿Se puede saber cuáles y por qué? —Preguntó casi de inmediato. Lucia tranquilo y preocupado al mismo tiempo. —Isabella, su hija… —Tuve que aflojar el nudo de mi corbata porque comenzaba a sentir la ausencia de aire. —¿Qué pasa con Isabella? —Quiso saber, pero estaba bastante convencido por la forma en como su semblante cambió de un momento a otro, que podía imaginárselo. —No soy lo suficientemente valiente para poder admitirlo en voz alta, padre. —Confesé. Sabía desde un principio, desde el primer instante en que la toqué, que esto traería las peores consecuencias dentro de ambos clanes. —Sebastián… —Mi padre estaba atónito, casi incrédulo. —Quise evitarlo. Joder padre, te juro que quise evitarlo. —No mentí, había estado huyendo de este sentimiento desde hacía ya muchísimo tiempo. Al principio, suspiró largo y llevó las manos unidas detrás de su cabeza antes de mirarme. —¿Hasta dónde ha llegado? —No tuvo que ser demasiado específico para saber de qué hablaba. —Bastante lejos. —Ya había comenzado todo esto, así que lo tuve que admitir. —Sabes todo lo que significa eso, ¿verdad? Asentí. Por supuesto que lo sabía, siempre, desde el momento en que me atreví a poner mis ojos en ella. —No sé qué hacer. —Negué con la cabeza. A decir verdad, siempre que pensaba en ello lo posponía para el día después. —¡Tantas mujeres en el mundo, hijo mío! —Se puso de pie y comenzó a caminar a través del salón. Eso siempre lo hacía cada vez que estaba pensando en dar un consejo o darle una solución a algo—. Además, que te has comprometido con la hija del General. —Lo sé, lo sé… pero ¿Qué hago padre? —Necesité del consejo de un hombre con tantos años de experiencia como él. —¿Estás enamorado de ella? —Quiso saber y yo me reí para mí mismo. Aquella conversación no existiera si así no fuera. —Como un crío de diecisiete años. —Confesé. —Entonces no hay nada que decir, ve con todas las consecuencias. —Sugirió y yo no estuve demasiado seguro de haber escuchado bien. —¿Qué? —Si estás enamorado de la Ferragni tendrás que defender ese amor sin importar las consecuencias hijo. —Me miró—. El amor verdadero no lo encuentras dos veces en la vida. —Padre… —Y si se presenta una guerra… —Los Mancini estaremos aquí para respaldarte. —Terminé aquella icónica frase que mi abuelo le había heredado a mi padre. Esa misma mañana, después de haber tenido aquella conversación con mi padre y almorzar junto a mi madre, recibí la llamada de Giulio, el informático que puse a cargo de la búsqueda de Gia Parisi por todos los medios digitales. —Giulio. —Saludé al descolgar la línea—. Espero me tengas alguna información. —Hospital San Filippo —Comenzó a decir desde el otro lado mientras lo escuchaba teclear en su computadora—. Ingresó hace un par de días. También encontré la dirección de su casa. La búsqueda arroja una residencia en los suburbios, te he enviado todos los detalles por email. —Perfecto. —Correspondí entrando a mi cuenta de banco y le hice una generosa transacción de dinero—. Te he enviado un pequeño agradecimiento. —Un gustazo Mancini. —Comentó entusiasmado—. Para lo que necesites. Revisé la bandeja de entraba de mi correo electrónico y encontré allí la información tal como Giulio me lo había especificado. Era momento de dar una visita al hospital San Filippo.  . . . Carlo Esa mañana de camino al aeropuerto no podía con el puto dolor de cabeza. Tenía asuntos pendientes con nuestros socios en Grecia y, aunque a Sebastián le tocase encargarse de ello, cambié los planes porque necesitaba respirar otros aires. Lo que fuese con tal de estar lo suficientemente lejos de Gia. Si bien tenía huecos dentro de mi mente con respecto a lo que había sucedido el día anterior, estaba que me llevaban los mil demonios. No podía recordar lo suficiente, pero Enzo y Greco se encargaron de recordarme lo imprudente que había sido en el Hassier y lo gilipollas que me había comportado con Gia. Normalmente no era así de cabeza hueca y menos cuando se trataba de un par de piernas. Definitivamente tenía que poner en orden mis ideas. Antes de poder subir al Jet privado de los Ferragni, recibí una llamada de Isabella. Le contesté de inmediato. —Piccola. —Saludé conforme subía los escalones. —¿Cómo está Gia? —Joder, si hubiese sabido que llamaba para eso, me habría hecho de la vista gorda con su llamada. —No lo sé. Estoy con un pie dentro del jet con destino a Atenas. —Respondí como si hubiese estado a punto de despegar, necesitaba que esa llamada finalizara ya. —¿Qué harás en Atenas? —Quiso saber. —Negocios piccola, negocios. —Uy, cuanto misterio. —Refutó del otro lado—. Como sea, iré a verla. Ciao ciao, buon viaggio. Y colgó antes de que pudiese decirle algo. Por Dios, que intensa podría llegar a ser mi hermana algunas veces. Poco tiempo después, ya estábamos volando sobre el mar mediterráneo. —¿Le puedo ofrecer algo para hacer más ameno su vuelo, señor Ferragni? —Preguntó la azafata apareciendo de pronto. Rachelle era su nombre si mal no recordaba. Era bastante olvidadizo con nombres que no me interesaban. No me había percatado de su presencia ni de la forma tan entregada en la que sonreía. Era una pelirroja de piernas largas y cintura de avispa. Trabaja para nosotros desde hacía ya un par de años. Estaba recién graduada cuando fue contratada por Mauro. La miré de arriba hasta abajo y ese sonrojo que se acentuó sobre sus mejillas al ser estudiada de aquella forma, me pareció un poco ávido. —Un coñac estaría bien. —Le pedí y que mejor manera de combatir la resaca con quien la había inicialmente causado. —Enseguida. —Asintió ella y movió su culo fuera de mi vista. Serian dos horas de vuelo bastante interesantes... Y con un poco de suerte, me olvidaría de Gia.
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