—Oh, si— le digo, y lo llevo arriba a su habitación. Abro la puerta y descubro que las dos chicas han tenido tiempo de subir las escaleras después de cortar el pastel y encender mas de cien velas. Las llamas titilan y bailan por todo el suelo, en la mesita de noche, en la cómoda, en el alféizar de la ventana. Las velas en el suelo están dispuestas para dejar un camino despejado hacia la cama. Me doy la vuelta para mirarlo y el esta mirando alrededor de la habitación con una expresión desconcertada. Lo llevo a la cama poniendo ambas manos en su pecho y lo empujo. Se deja caer en la cama y me mira. A la luz amarilla parpadeante de las velas, es tan hermoso como un ángel caído o una maravillosa estatua de mármol. La nariz aguileña y la mandíbula fuerte, son como algo que un escultor del ren

