Mi cuerpo se movió por sí solo; tenía la necesidad de tocarla, así que di un paso adelante y estiré mi mano para tocarla, pero al instante retrocedí ante el ardor de los rayos del sol contra la piel de mi mano. —¿Estás loco o qué...? El sol está por salir, hay que irnos ¡ya! Steffan... —gritó Laurent al ver que intenté cruzar más allá de lo permitido. Mi mano dolía como el infierno; apenas la piel se estaba recuperando. Cuando se trataba de heridas por quemaduras del sol o hechas por un licántropo, tardaba unos minutos. Me importaba un bledo mi herida; era ella la que me importaba. ¿Por qué me preocuparía por una enana desconocida? Al levantar la mirada, ella estaba al frente de nosotros y nos tomó por sorpresa. ¿Cómo hacía eso? Por qué no la percibíamos al movernos? Tenía una sonrisa d

