Finalmente, llegamos al prado donde se alzaba majestuoso el árbol milenario, mi madre. Su tronco era ancho y retorcido, con una corteza que contaba historias de siglos pasados. Sus ramas se extendían hacia el cielo, y las hojas susurraban suavemente al viento, como si estuvieran esperando mi llegada. Al sentir mi presencia, el árbol pareció cobrar vida. Las hojas vibraron con una energía renovada, y un suave resplandor emanó desde su centro. —Madre —susurré, acercándome—. Estoy aquí. Una suave brisa me acarició el rostro, como un abrazo cálido. Sentí una oleada de emociones fluir a través de mí: amor, seguridad, y una profunda conexión con mi linaje. Ailsa y Convel se quedaron a una distancia respetuosa, observando en silencio este encuentro sagrado. Sabían que este momento era importa

