Fue entonces cuando esa noche llegó a mi habitación. Lo vi entrar sin hacer ruido, la puerta se cerró detrás de él con un eco sordo que me heló la sangre. Estaba tan diferente. Algo en su presencia, en la forma en que me miraba, había cambiado. No era el mismo joven que había perdido a su padre; ahora era el príncipe que estaba a punto de convertirse en rey. Se acercó a mí con pasos firmes, su expresión grave, como si la decisión que había tomado fuera irrevocable. Sin mediar palabra, se arrodilló frente a mí y tomó mis manos entre las suyas. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando sentí el frío de su piel, una frialdad que no era solo física, sino emocional. Sacó algo de su bolsillo y me lo colocó en el dedo sin previo aviso. Miré el anillo que su padre le había dado, el símbolo d

