Despierto desorientada, el asiento dónde voy sentada se mueve ligeramente, abro los ojos y ladeo la cabeza viendo a Said teclear en su ordenador. Parece no percatarse de que estamos a punto de aterrizar, está perdido en la pantalla, le toco el brazo. —¿Eh? —balbucea —despertaste, pensé que te tendría que bajar cargada. Vuelco los ojos. —Verte trabajar me dio sueño. Ahora es su turno de rodar los ojos. —¿Te sientes mejor? —hago una mueca. —Se me ha pasado un poco los mareos, pero las náuseas no. Tal vez comí muchos macarrones. —bromeo. —¿No te has puesto a pensar que podríamos casarnos? —su pregunta me toma por sorpresa. —Ya lo estamos —respondo. —Sí, lo sé. Pero un ahora de verdad, sin contrato de por medio y mucho menos mentir —dice mirándome fijamente —. —te amo Annie, aparecis

