El silencio en el Rolls-Royce blindado de Alexander Novak era tan denso como el aire viciado que acababan de dejar en el salón de baile. Los asientos de cuero n***o olían a nuevo y a poder, un contraste brutal con el olor a champán y desesperación de la Gala. Aurora estaba sentada junto a la puerta, rígida, su mente en un torbellino. Había sido sacada de su propia Gala como si fuera un paquete, arrastrada por el hombre más influyente y temido del país, todo por un engaño. Christian había quedado humillado, destrozado en su propio teatro, y Aurora sentía una mezcla de pánico y una pequeña, culpable, punzada de alivio. Alexander Novak ocupaba el asiento de enfrente. No había encendido ninguna luz. La única iluminación provenía de las farolas que pasaban, proyectando sombras fugaces sobre s

