—No puedo creer que me hayas traído aquí —dijo Julien mirando furioso al chico a su lado. Nada ni nadie lo habrían convencido de ir a una fiesta llena de extraños, nadie excepto Theodore mirándolo con cara de perro bajo la lluvia durante todo un día. No estaba dispuesto a escucharlo también lloriquear por teléfono durante la noche, de modo que después de que el rubio le juró que empezarían el trabajo el día lunes, el castaño aceptó su invitación. —Tampoco puedo creer que te hayas puesto eso —dijo nuevamente, esta vez refiriendose a su disfraz. Theo se miró a si mismo. Su disfraz no tenía nada de malo; a él le gustaba mucho y había quedado encantado desde el momento en que lo vio colgado en un rincón de la tienda. Julien le había dicho que se veía ridículo, que por el amor de todos l

