Epílogo Carmen gimió, logrando por fin bajarse rodando de la cama. En las últimas ocho semanas había florecido hasta parecer que se había tragado dos sandias enteras y quizás hasta un par de melones. Habían llegado a Valdier aquel mismo día bien entrada la noche, o quizás debería decir recién empezada la mañana, y tenía la impresión de acabar de meterse en la cama cuando se levantó llena de energía. «Oh, diablos», pensó, andando como un pato hasta la cómoda del dormitorio principal, ya en las habitaciones que tenían en el palacio. «Ya que estamos podría haberme tragado hasta un par de calabazas». «Y tú crees que lo tienes difícil», se quejó su dragona. «¡Aquí dentro no hay nada de espacio para mí! Estoy hecha un ovillo». «Lo sé», reconoció Carmen, frotándose la espalda. «Justo contra m

