«¿Qué se sentirá ser una más del montón?» ―Jennifer No llores, Jennifer. ¡Tú no lloras! ―Soy fuerte, no débil ―musité una y otra vez para mí misma. Pero incluso repitiéndome esas palabras, podía seguir oyendo las risas indiscretas de las chicas que me habían visto entrar a un cubículo del baño, con mis ojos picando por las lágrimas sin escapar, y con la desesperación cubriéndome el rostro. Ellas ni siquiera se esforzaban por ser disimuladas. Ellas querían que yo las oyera riéndose de mí. Ellas querían hacerme daño. No obstante, estuve segura de que esas mismas chicas, que tanto parecían disfrutar de mi sufrimiento, jamás habían pasado por lo mismo que yo, porque si lo hubieran hecho estarían consolándome en vez de infligiéndome más daño. De hecho, lo más probable era que tuvieran una

