Llegar a la casa de los Kozlov en busca de mis hijos se convirtió en uno de los peores momentos de mi vida. Ernesto se le puede decir y él aún no dimensionaba lo sucedido, pero Eros no, Virginia me dijo que él solo se calmaba con la verdad. Había llegado en taxi, respiré profundo antes de tocar la puerta. Una trabajadora me abrió, me permitió ingresar, a los minutos llegó Socorro y su esposo. Más atrás Eros corrió a mi encuentro. Lo aferré fuerte entre mis brazos. —¿Mamá se va a poner bien? —Mi hijo lloraba, debía ser fuerte—. ¿Mañana podemos verla? —seguía sin decir nada, solo lloraba. —Eros, tu abuelo… El llanto se intensificó y el desgarrador sentimiento nos conmovió a los presentes, se aferró más a mi abrazo, como pidiéndome en silencio que no lo suelte, Socorro abrazó a su esposo

