El diablo necesitaba un respiro, sentir el aire
puro golpear su rostro, quitarse esa presión que atesoraba en su pecho que no le permitía tomar aire. No quería llorar, era para los débiles, su padre adoptivo se lo había dicho un millón de veces.
Ax, los hombres no lloran.
Sin embargo, en esa ocasión se sentía
destruido, con el corazón echo añicos, con una opresión tan fuerte que no lo dejaba ni hablar. Estaba rojo como un tomate por aguantarse las ganas de llorar, él quería hacerlo, necesitaba respirar.
Se metió a un baño estrujandose el rostro con agua, y aunque hiciera mil veces la acción, su semblante era de tribulación.
Necesitó fumar para liberarse un poco, la
sensación de la nicotina en su boca sería el alivio que procuraba su alma apetujada por el dolor.
Así lo hizo, fumó una y otra vez. Inhalando y
exhalando, saboreando el desconsuelo de encontrarse con su madre.
Era un niño cuando lo abandonó en esa
tienda. Dijo que volvería, y nunca lo hizo. Ax
aguantó hambre, sed, frío, el vivir como una rata de alcantarilla para sobrevivir. El estar sucio y sentirse abandonado por el ser más importante que un niño puede tener. Es uno de los peores castigos que un infante nunca debería recibir.
Hay mujeres que no deberían ser mamás,
porque una verdadera matriarca cuida a su cría, los protege y nunca, nunca los desampara a pesar de las circunstancias que se levanten. En las calles de Berlin conoció a él que lo convertiría en la persona que ahora era. El militar apareció una noche lluviosa y violenta por el frío, y lo acogió como un hijo. Aunque sus exigencias de hogar eran bastante fuertes por pertenecer a la milicia, Ax se acostumbró a su trato.
Ax en esta casa no se dan abrazos. En esta
casa los hombres no lloran, eso te hace débil, un maricon. En esta casa se trabaja a temprana edad, se entrena, se lucha por la nación. Ningún hijo mio por muy de la calle que sea nos pondrá en vergüenza. Compórtate como eres, un varón. La
música es para cobarde, para personas sin
sueños. Levantante temprano Ax, no están
permitidos los afectos en esta casa.
Para Ax no hubo unas felicitaciones hijo, ni
sigue adelante, si no siempre tuvo que seguir reglas creciendo en un hogar donde el afecto era secundario. El resentimiento contra su madre creció, sin embargo, la curiosidad de saber de la misma también. Así que la investigó hasta saber sobre ella.
Según lo que le habían dicho, era que su
madre se había casado y había construido un hogar confortable junto a su hija Monique que vendría siendo la medio hermana de Ax. Una pariente que nunca conoció y no tenía intensiones de hacerlo.
Después de haberse fumado tres cigarrillos
consecutivos, el diablo creyó que se había
recuperado, no obstante, su rostro enrojecido, sus ojos vidriosos, su nariz roja delataba que ese hombre duro de corazón y cruel había llorado.
La formación seguía siendo larga. Los
soldados despojaban a todos los recién llegados de sus pertenencias. Asimismo, con un nudo en la garganta buscó entre las cosas algo parecido a un medallón. Habían muchas cosas: desde collares preciosos hasta joyas de todos los tamaños hasta
que sintió desfallecer cuando encontró el
medallon de oro, largo, con el relicario que
contenía una foto de una niña como de doce años, y una de él a la edad que fue abandonado.
Necesito aire, necesito respirar.
La puñalada que percibió al ver ese relicario
fue mortal. Respiró por la boca con las lágrimas al borde de salir. Tragó saliva para acercarse al Ángel de la muerte.
—¿Cuando serán llevados a la cámara de gas el grupo de la izquierda?
El Ángel de la muerte lo miró de reojos.
—A la 10 de la mañana. Ya tu lo sabes, es la
hora habitual.
—Si claro. Voy a tener que ausentarme un
poco, me siento un poco mal del estómago.
El hombre no dijo nada.
Ax revisó rápidamente la lista con los
nombres de los que iban en el tren para ver si se hallaba alguna Monique, más no halló ninguna con ese nombre.
Después de culminar su revisión, se fue a su
despacho y permaneció todo el día ahí sin comer absolutamente nada. El diablo había llorado, su uniforme estaba desajustado, desabotonado hasta el pecho dejando ver la camisa blanca impecable que se colocaba debajo de ese uniforme. Recostaba su cabeza de la silla con la mirada pegada del techo, con un silencio bastante cómodo y acostumbrado para él.
Asimismo, Miriam le había dicho a Juno que
el diablo no quiso tomar el almuerzo, y que había permanecido todo el día en su despacho. Ya a horas de la noche la chica había pensado con respecto a Agatha, y para ayudarla debía aliarse con el diablo buscando la manera de convencerlo en llevarla a la casa.Cuando la polaca le informó que Ax no había cenado; Juno supo que algo iba mal con el capitán ya qué él no era así.
Miró el pasillo terrorífico de la zona prohibida caminando lentamente por la oscuridad de la misma hasta encontrar la puerta entre abierta y la luz encendida. Echó un vistazo con sus ojos y ver a el diablo mirando al techo, con su cara roja y los
ojos hinchados le comprimió el corazón.
Esto no es normal en él.
Juno no se atrevió en preguntar si podía
ingresar, si no que sin permiso puso un pies
dentro del despacho con el vivo recuerdo de que antes se había introducido en el mismo y leyó una carta importante que le había llegado al capitán.
Cuando el diablo la vio pasar, acomodó su
postura limpiándose las lágrimas lo más rápido que pudo, no obstante, la joven detectó rastro de que ese capitán duro, de ojos azules tristes y arrogante estaba pasando por un momento difícil.
—¿Que haces aquí?—se levantó de su asiento avergonzado, posando su vista a una ventana, dándole la espalda a Juno.
—¿Estas bien?—preguntó ella curiosa.
—Estoy bien, ahora vete, quiero estar solo.
Por el tono de voz ronco, los rastro de
lágrimas en sus ojos, su cara enrojecida, sabía que Ax no estaba bien. Así que Juno hizo lo que tal vez nunca se imaginó hacer cuando entró al despacho: lo abrazó por la espalda.
Acontinuacion, Ax estalló en llanto como un
niño abandonado, como un joven que se sintió rechazado, y como un adulto solitario. Se volteó, y con las lágrimas a flor de piel busco consuelo y refugio en los brazos de Juno.
Lloró por ese día que su madre lo dejó, por el
día en que la mandó a investigar y aún así no se atrevió a confrontarla. Lloró porque sabía que sería condenada a una muerte segura.
Ax, los hombres no lloran.
Quizás es cierto, los hombres no lloraban, sin embargo, en ese momento no pudo aguantarlo, no podía tragarse el dolor y fingir que estaba bien. Era su peor momento, su peor temporada y Juno lo estaba viendo tal como era, un chico con carencias, con debilidades, con imperfecciones. Un hombre que aunque se armaba una coraza y sobrenombre rudo, tenía la habilidad de
llorar y de sentir como una persona normal.
Ambos cayeron en el suelo mientras que la
chica lo envolvía cada vez con mas fuerza entre sus brazos.
—No me dejes Juno, no me abandones, no
podría resistirlo—siguió llorando, su rostro era todo torbellino de lágrimas. Sus ojos azules un mar claro cargado de quietud.
—¿Que pasa Ax, por que estas así?—se atrevió a preguntar secándole las lágrimas, trazando círculos en sus mejillas con una caricia tan suave como el terciopelo.
—Mi madre... la he encontrado Juno.
—¡Eso es bueno Ax!
—No, porque ella está aquí, en Auschwitz. Va
a ser enviada a la cámara de gas.
Juno abrió sus ojos como plato asombrada.
—Ax, tienes que ayudarla.
—Duele Juno, duele ayudarla porque ella me
abandonó. Me dejó solo esperándola en esa
tienda. Fue aterrador saber que ella se haya
marchado sin mi. Ningún niño debería de pasar por esa experiencia—las lágrimas volvieron a surgir—. La esperé, esperé que regresara por mi, y nunca lo hizo.
De su bolsillo sacó el relicario.
—Tiene una foto mía y de mi hermana aquí,
pero nunca me buscó, no le importé.
—Eso no lo sabes Ax—la joven le secó las
lágrimas con la paciencia que tiene un perrillo al esperar a su amo que vuelva de su jornada laboral—.Ax, ¿has hablado con ella? ¿le has preguntado el porqué se marchó?
—No tengo nada que hablar con ella.
—Yo creo que si—Juno le había quitado del
rostro de Ax todo destello de lágrimas—.Aveces hablar es la mejor manera para sanar, y es evidente que tú tienes que curar esas heridas que te está maltratando aquí—tocó su corazón que latía con fuerza—.Perdonarla es la mejor forma de comenzar.
—No puedo Juno, duele, olvidar lo que me
hizo duele.
—Lo se, duele, pero es tu madre, y un vínculo
entre madre y hijo nunca se rompe. En la vida nunca habrá una ex madre o un ex padre. Habla con ella. Ayúdala Ax, te necesita.
Ax respirando hondo pegó su nariz con la de
Juno, acariciando su labio inferior roto.
—Te quiero Juno, te quiero mucho. Por favor
mi Ángel de luz, nunca me abandones.
Ese te quiero le acongojó el corazón a la
muchacha, sabia que el diablo estaba siendo
sincero respecto a sus sentimientos.
—Promete que no te marcharás—no podía
prometerlo porque en el fondo la muchacha sabía que sería libre, y se iría huyendo de su lado, no obstante, para calmarlo, prometió quedarse con él.
El capitán ya en la cama teniendo a Juno a su lado la abrazó con fuerza, pegandola a su pecho, lo más cerca de su corazón. Allí es donde ella tenía que estar porque cada latido llevaba su nombre.
Ese silencio entre ambos era cómodo,
confortable, no era sinónimo de lejanía si no de cercanía, sinceridad, de saber que esa persona a tu lado tiene un lado débil, piezas rotas que necesita ser redificadas. Y es ahí cuando te das cuantas que tu corazón está en mil pedazos, cuando suspiras y te duele el alma.
Ax había sonreído por mucho tiempo,
fingiendo, ocultando sus traumas, su dolor, su rechazo por dentro. Estaba bien, estaba bien no sentirse bien de vez en cuando. En sentirte aturdido y desorientado en ocasiones, o roto en situaciones. Estaba bien llorar para desahogar, estaba bien por una vez en su vida encontrarte consigo mismo.
Perdonar es un comienzo.
Como podía Juno hablar del perdón si tenía
rencor en su corazón, si odiaba, si tenía
resentimiento. Se sentía hipócrita porque en el fondo no podía perdonar a Ax por lo que le habia hecho.
Y abrazando a Ax, la muchacha se quedó
dormida.
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Ax desde muy temprano salió de la casa, el
frío era cada vez más atroz. Apretó el relicario con fuerza guardandolo en el bolsillo. Después de pensar toda la noche tomó la decisión de hablar con ella, en pedirle una explicación. Pensaba mientras caminaba a la barraca donde los izquierdos eran seleccionados. No podía negar un indudable nerviosismo que recorría su cuerpo al volver a reencontrarse con la
persona que había destruido su infancia.
Sin embargo, cuando llegó a la barraca,
nadie estaba ahí, no había rastro de que a esas personas los metieran en ese lugar para pasar la noche.
Ax sintió el horror recorrer su espina dorsal.
Corriendo a donde se encontraba el Ángel de la muerte con el corazón asustadizo, y una presión creciente en su pecho, se imaginó lo peor.
Finalmente cuando estuvo frente a el Ángel
de la muerte trató de mantenerse tranquilo.
—¿Donde están?
—¿Donde están quien?
—Las personas que iban a ser enviada a la
cámara de gas.
—Ah, fueron enviada anoche mismo—la
tranquilidad con la que el Ángel de la muerte
expresó haber matado a un grupo grande de
gente lo aterrorizó, porque Ax estaba viviendo precisamente la pérdida de una guerra. Y todo el mal que él efectuó se le estaba regresando. El amargo sabor que desprendió su boca al enterarse que Mengele había dado una orden sin consultarle le dió el desazón que le faltaba. Un puño fue directo a la nariz del Ángel de la muerte dejándolo en el suelo con el rostro lleno de sangre.
La sangre, el dolor no era nada al saber que
su madre había sido víctima de su propio plan diabólico para matar personas inocentes.
Ax experimentó por primera vez la pérdida de una guerra. La culpabilidad en saber que no pudiste hacer nada para detenerlo, ni aportaste nada para ayudar.
Esa eran las consecuencias de su propia
infamia.
☆☆☆
Los Leo mis amores. Les dejo otro capítulo.