Capitulo Tres

2147 Palabras
Adeline Al salir del edificio mi mente ya empieza a enfocarse en lo que tengo que hacer. Gabriel no espera menos que perfección, y aunque esa palabra resuena en mi cabeza, la verdad es que no necesito que me la recuerden. Estoy acostumbrada a superar las expectativas, a ser la mejor. Pero aún así, sus palabras tienen un peso que no puedo ignorar, no porque dude de mí, sino porque me empujan hacia algo más. Algo más profundo que esta misión, que este trabajo. Al llegar a mi apartamento, y entrar a mi recámara lo primero que noto es el vestido de noche rojo, largo, con una abertura elegante en la pierna... Perfecto para la ocasión tendido en mi cama. Es obvio que Gabriel estuvo aquí, porque solo él tendría acceso, y su escencia está en ese vestido cuidadosamente elegido. Es un detalle, una marca de su control sobre todo lo que me rodea, incluso sobre lo que llevo puesto. Me acerco al vestido y lo toco, la tela suave deslizándose entre mis dedos. No me sorprende, pero aún hay algo en mí que siente... algo, aunque no lo reconozca. Un atisbo de emoción que, por supuesto, rápidamente aplasto. No tengo tiempo para pensar en eso. Me doy una ducha, tomándome todo el tiempo que necesito. Al salir, me visto con un conjunto de lencería negra, seguido del vestido. Los tacones dorados descansan a mis pies, esperando ser calzados. Saco los tacones de su caja y los coloco cuidadosamente en mis pies, camino hacia mí tocador aliso mi cabello, dejándolo caer en ondas perfectas a lo largo de mi espalda. No es un look que grite atención, pero tiene elegancia y sutileza; exactamente lo que necesito para infiltrarme en el lugar sin levantar sospechas. Un maquillaje sutil resalta mis rasgos, dándome una apariencia fresca y seductora mientras refuerza esa imagen de control y profesionalismo que he cultivado. Mirándome en el espejo, me aseguro de que todo esté en su lugar. La misión no espera. Es hora de hacer mi parte. Esta noche, todo estará bajo control. Con una última mirada al espejo, me dirijo hacia la salida. Gabriel Camino hacia la ventana de mi oficina, observando el horizonte de la ciudad. La gala comenzará en unos minutos, y aunque ya estoy vestido para la ocasión, puedo sentir cómo la anticipación comienza a crecer en mí. Confío en las habilidades de Adeline; pero también sé que es una carta comodín. Impredecible de una manera que me hace sentir tanto cauteloso como intrigado por ella al mismo tiempo. Un golpe en la puerta interrumpe mis pensamientos. Me doy vuelta y veo a mi asistente, Emily, entrando con un sobre en la mano. —La lista final de invitados para la gala está lista, señor, —me informa mientras deja el sobre sobre mi escritorio—. Adeline está listada bajo un alias, como se solicitó. No debería tener problemas para acceder. Asiento, tomándome un momento para procesar la información. Luego, salgo de la oficina y me dirijo al hotel donde tendrá lugar el evento. La noche avanza, y yo también debo estar preparado para lo inesperado. Es un juego peligroso, donde cada movimiento cuenta, y donde las apariencias pueden ser tanto un recurso como una trampa mortal. Adeline La hora de la gala ha llegado, y mientras me dirijo al evento, el aire de la ciudad parece cargado con una tensión invisible. Las luces de las calles parpadean a lo lejos, reflejando la opulencia de la noche que se despliega ante mí. El lugar del evento es en el salón del Hotel Obsidian Palace, decorado opulentamente, con luces cálidas y el murmullo de conversaciones llenando el aire. Todos los asistentes parecen formar parte de una orquesta perfectamente afinada, con cada invitado en su lugar, cumpliendo su correspondiente rol en esta representación social. Pero yo no soy parte de esta función. Soy la observadora, la cazadora que se mueve en las sombras, lista para hacer mi trabajo sin dejar rastro. Mi alias, cuidadosamente seleccionado por Gabriel, abre las puertas sin dificultad. El personal me reconoce como una invitada de alto perfil, y pronto me encuentro navegando entre las mesas, rodeada de caras que no me importan. Mi único objetivo es encontrarlo: el hombre que debo eliminar. Sabía que la seguridad sería estricta, pero no me preocupa. La preparación ha sido meticulosa, y el plan está claro en mi mente. Mis ojos recorren la multitud, buscando entre los hombres bien vestidos y las mujeres con sonrisas impecables. Con cada paso, mi cuerpo se adapta al entorno, como si fuera parte de la decoración: invisible pero siempre alerta. El contacto visual es mínimo pero efectivo. Nadie me ve realmente, pero todos me permiten pasar. Las mentes de todos están ocupadas con sus juegos sociales mientras yo juego un juego mucho más peligroso. Finalmente lo veo. Está en una esquina, rodeado de su grupo de guardaespaldas. Su actitud confiada, casi arrogante, lo delata; y con una sola mirada sé que es él. El objetivo. Mi objetivo. Me acerco lentamente, sin prisa; mi rostro mostrando nada más que una sonrisa agradable. La misión está a punto de cumplirse. Pero no puedo evitar sentir esa pequeña chispa de emoción en el pecho. No es miedo ni duda. Es... el desafío; la adrenalina que recorre mi cuerpo cada vez que me acerco a un objetivo. Es lo que me mantiene viva; lo que me hace sentir invencible. Cuando me acerco lo suficiente, mis ojos se encuentran con los suyos; reconociendo la arrogancia y el orgullo en su mirada. No sabe que su tiempo ha terminado. Pero yo sí. Gabriel Escaneo la multitud, diciéndome a mí mismo que lo hago para asegurarme de que no haya errores, pero en el fondo sé que es algo más. Siempre lo es. Mi mirada recorre el mar de rostros hasta que se detiene en Adeline: erguida y serena entre el resplandeciente conjunto de invitados. No puedo evitar admirarla desde lejos, la forma en que se comporta con una confianza silenciosa que atrae la atención sin demandarla. Mis ojos permanecen sobre ella un momento más de lo necesario, bebiendo la vista de su figura en ese vestido rojo que parece haber sido hecho solo para ella. Es por eso que lo escogí. Estoy orgulloso de ella, de alguna manera. Orgulloso de la mujer en la que se ha convertido, la asesina que yo he moldeado, el instrumento de muerte en el que puedo confiar en las sombras. Pero hay algo más que eso. Me siento atraído por ella, por esta criatura de acero y hielo, de una manera que desafía la lógica, que amenaza con deshacer el control cuidadoso que mantengo sobre mi vida y mi imperio. Forzo mi atención de vuelta hacia los hombres que me rodean, asintiendo en una conversación sobre acuerdos comerciales sin que mi mente se involucre realmente. Estoy esperando su señal, la confirmación de que está en posición y lista para atacar. Mis ojos vuelven a ella, observando cómo se acerca al objetivo: sus movimientos fluidos y gráciles, una depredadora acechando a su presa. Estoy a punto de tomar mi teléfono para verificar la transmisión de seguridad cuando noto algo más: la forma en que su mirada se cruza con la del objetivo, el sutil giro de su cabeza, la ligera sonrisa que juega en sus labios. Adeline La conexión entre nuestras miradas es inmediata, y en ese breve instante, todo el ruido de la gala desaparece, dejando solo el pulso acelerado de la misión. Mi objetivo se siente atraído hacia mí sin esfuerzo, como si hubiera lanzado un anzuelo invisible que solo él puede ver. Me acerco lentamente, con una sonrisa sutilmente enigmática, jugando con la idea de la seducción sin ser demasiado obvia. Sé cómo moverme en estos entornos, cómo mantenerme lo suficientemente distante como para que mi presencia sea intrigante pero no accesible. La mirada del hombre recorre mi cuerpo, evaluándome, y yo devuelvo su mirada con una mezcla de desdén mezclado con seducción y curiosidad. El juego comienza cuando nuestras voces se cruzan, la conversación se vuelve ligera, superficial, como una danza cuidadosamente coreografiada entre los dos. Me inclino levemente hacia él, mi perfume envolviendo el aire entre nosotros, un toque de dulzura y misterio. Él responde rápidamente, su tono apenas disimulando la codicia que surge en su mirada. —¿Te gustaría acompañarme a mi recámara para poder hablar en privado? —su voz es baja, tentadora, y está claro que no ha visto el peligro en mis ojos, ni la sombra de amenaza que yace bajo cada palabra que he pronunciado. No respondo de inmediato, saboreando el momento, sabiendo que mi siguiente acción será la que defina todo. Mi mente sigue fría, calculadora, pero no puedo negar que hay algo en este instante que me excita. La anticipación, el control. Es el mismo sentimiento que siento cada vez que tengo un objetivo a la vista, solo que esta vez, la línea entre la seducción y la muerte es más delgada que nunca. Asiento ligeramente, la decisión tomada dentro de mí sin vacilación, y doy un paso más cerca de él, el espacio entre nosotros desapareciendo. —Con gusto —respondo, mi voz suave, sedosa, mientras le lanzo una mirada seductora. Estoy lista para moverme, lista para terminar lo que he comenzado. Él no sabe lo que le espera. Y, al parecer, disfruto demasiado de ese hecho. En el ascensor, el ambiente se torna pesado, cargado de una tensión que él interpreta como atracción. Sus ojos recorren mi figura con descaro, creyéndose en control de la situación, como un depredador que no sabe que está siendo cazado. Mantengo mi sonrisa, una curva delicada que apenas oculta el filo de mi intención. —Parece que esta noche promete ser... interesante, —dice, su tono cargado de insinuación mientras da un paso más cerca. No retrocedo, al contrario, acorto la distancia entre nosotros con un movimiento calculado. Mi mirada lo sostiene, desarmándolo sin que lo note. —Eso depende de lo que definas como interesante, —respondo, mi voz como terciopelo. Las puertas del ascensor se abren, revelando un pasillo silencioso y alfombrado que conduce a su suite privada. Me ofrece su brazo, y lo acepto, permitiéndole la ilusión de que está al mando. Sus pasos son seguros, confiados, mientras yo ya estoy planeando cada detalle de lo que sucederá en esa habitación. Al entrar, cierro la puerta detrás de mí, girando el seguro con un movimiento casual que él no registra como significativo. La suite está decorada con lujo, pero no me distrae. Mi atención está fija en el hombre frente a mí, quien se vuelve con una sonrisa que intenta ser seductora. —¿Te gustaría un trago? —pregunta, acercándose al minibar. —Claro, —digo mientras me muevo por la habitación con la gracia de alguien que pertenece allí, evaluando cada rincón sin que él lo note. Cuando se gira para servirme, mi mano roza el muslo de mi vestido, donde una pequeña daga está perfectamente oculta. Me acerco a él con pasos ligeros, recibiendo la copa que me ofrece. Mi sonrisa no muestra nada, pero en mi mente, ya estoy contando los segundos. —¿A qué debo el honor de tu compañía esta noche? —pregunta, inclinándose hacia mí como si estuviera a punto de obtener una respuesta que jamás llegará. Levanto la copa, fingiendo un brindis mientras lo observo. —A una noche inolvidable, —respondo, y antes de que pueda reaccionar, mi mano se mueve con una velocidad letal. La daga se clava entre sus costillas, directa y precisa, cortando su respiración en un instante. Sus ojos se abren con sorpresa, y su mano intenta alcanzar la herida, pero ya es demasiado tarde. Lo sostengo mientras cae al suelo, asegurándome de que no haga ruido al desplomarse. Mi rostro permanece impasible, sin emoción, mientras termino el trabajo con rapidez y limpieza. Gabriel Espero junto a un ventanal en el salón principal, fingiendo interés en una conversación trivial mientras vigilo el tiempo. Mi teléfono vibra en el bolsillo de mi chaqueta, y al sacarlo, veo el mensaje que esperaba: "Trabajo terminado. Regresando." Un pequeño destello de satisfacción atraviesa mi mente, pero no dejo que se refleje en mi rostro. Adeline cumplió con su tarea, como sabía que lo haría. La perfección. —Disculpen, caballeros, debo atender un asunto, —digo con un tono cortés mientras me alejo del grupo, mi atención ya completamente en lo que viene después. Adeline siempre ha sido eficiente, pero hay algo más en ella esta noche, algo que no puedo definir del todo. Y mientras dejo atrás el salón de la gala, me doy cuenta de que esa sensación no es otra cosa que el peso del peligro que ella encarna, un filo que corta tanto hacia afuera como hacia adentro.
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