Seis

2041 Palabras
Arturo, reconoció aquello como una insatisfacción s****l, estuvo a punto de lanzarse a fondo, aunque se contuvo, quería ver que tanto podía avanzar con aquel monumento de mujer que desde que la conociera se le antojo. así qué con el pretexto de examinarla, comenzó a manosearla con mucha suavidad. Cecilia dejo que la palpara y luego, abrazándose al cuello de él, lo jalo hacia la cama para decirle ansiosa y llena de pasión lujuriosa: —¡Cógeme pronto! —al tiempo que lo desnudaba con toda su cachondez— Cógeme aquí mismo... lléname de leche... clava tu reata hasta los ovarios. Arturo, no había conocido a nadie que lo encuerara con tanta rapidez y eficacia como lo había hecho ella. Cecilia se tendió de espaldas en la cama y levanto las piernas formando una V sumamente abierta, puso sus manos alrededor de los tobillos para separar más las hermosas piernas, dejando totalmente abierto el centro de su pelambrera rubia, un botón encarnado y brilloso apareció, siendo ella una mujer ardiente y pasional, se lubricaba con solo pensar en lo que se iba a tragar por la pucha. Admiró el peludo y empapado centro de su sexualidad y se arrodilló entre las hermosas y bien torneadas piernas, centrando su gran tolete en el corazón rojo de aquellas entrañas, parchar sin preámbulo alguno lo había puesto hasta la madre de caliente, su reata se encontraba al máximo de su tamaño y grosor y lo mostraba con una erección impresionante y única, en ese momento, Arturo se olvidó de toda precaución, por encontrarse en el lugar donde se hallaba. Se incorporo y se apoyó en sus muslos, puso sus manos alrededor de aquellas exquisitas nalgas, duras ricas y redondas, bajando los brazos se puso a hacer una lagartija, moviendo la cintura de modo que su pinga picoteara los muslos y la vulva de Cecilia que estaba más ganosa que una perra en celo. —Ya dámela, por favor... dámela toda —gemía ella, convulsionándose por el deseo que la consumía, acerco su pinga a la entrada de la rajada y la sintió empapada, palpitante y en su totalidad, abierta y dispuesta. Centro la reata y empujo, ella se quejó ligeramente al ser penetrada por el grueso bastón, la bella mujer levanto las nalgas invitándolo a meter otro pedazo de tranca y lo hizo clavándosela toda hasta la raíz, apoyado en el colchón subía y bajaba la cadera, mientras ella con las piernas abiertas al máximo de su resistencia, sólo giraba sus nalgas lentamente, apretándole la longaniza en su interior y proporcionándole un delicioso masaje con las afelpadas paredes de su interior. La forma como estaban parchando hacía que la pinga rozara una y otra vez el clítoris de Cecilia, que se estaba hinchando a cada segundo, la dura macana hacía que la delicada membrana del clítoris subiera y bajara, puso las manos alrededor de las nalgas peludas del macho para jalarlo más hacia su propio sexo, clavándole las uñas por las emociones vividas. —¡Aagghh!... Me muero... mátame de pasión... que rico... muévete como tú sabes… hazme gozar mucho… mucho… —gritaba Cecilia, apretándole las nalgas, mientras el brujo le devolvió la caricia sujetándola del rico trasero en donde le clavaba uno de sus dedos por los fruncidos pliegues del ano y arrancándole un suspiro. Su dedo entraba y salía del chiquito con ritmo, los movimientos eran cada vez más rápidos y ella bajo las piernas para ponerlas alrededor de la cintura del macho, las resbaló por sus nalgas y las enredo en sus muslos, él extendió las suyas y levanto a la cachonda mujer sin permitir que su mazacuata saliera del nido de amor, hasta que quedaron sentados en la cama, enganchados uno frente al otro. —Me gusta ver como entra y sale de mi pucha. —gimió Cecilia, volviendo la vista hacia la unión de sus sexos, a él le resultaba difícil bombear, aunque cuando lo conseguía experimentaba un placer indescriptible, luego los dos se tendieron de espaldas, su cabeza hacia los pies de la cama, y la de ella hacia la cabecera, la macana hasta lo más profundo de la pucha, entrelazaron las manos y se apoyaron haciendo fuerza el uno contra el otro tirando hacia adelante, el movimiento de ambos se hizo rítmico, uniforme, ensartada por la reata Cecilia, gemía cada vez que él empujaba hacia adelante para meterle la mazacuata hasta lo más profundo. —Ya no puedo másss... así no puedo venirme... aunque síguele hasta que me vuelva loca con tu pitote. —suplicaba ella El delicioso palo en esa postura no los podía llevar a la culminación por la manera forzada e incómoda, aunque muy rica y deliciosa. Arturo trato de moverse con mayor rapidez y ella pujo más. —¡Ayúdame!... ayúdame... hazme terminar yaaaahhh. —imploraba la mujer. Zafo el garrote y rápidamente se montó sobre de ella clavándole la reata hasta la raíz de un solo golpe, abrió las piernas y las puso sobre las de ella, luego con los muslos empujo los de la hembra de modo que las piernas del brujo quedaban fuera y Cecilia, apretaba más el chile, Arturo, pasó las manos alrededor del trasero apretándole las nalgas para levantarla hacia su reata. Cecilia, al mismo tiempo, bajo un brazo y comenzó, por entre sus muslos y los de él, a sobar con ternura los colgantes testículos, aquello era la locura para el brujo, se agito con violencia dentro de ella que jadeaba y apretaba las bolas suplicando: —Vente ya... dámela… dámela toda… quiero sentir la dicha de tu crema caliente... el calor de tu rica leche en mis entrañas Su cuerpo se contrajo y su v****a apretó el garrote que se puso tenso y descargo su vital líquido en la ya empapada v****a de Cecilia, que seguía en un orgasmo interminable, con los ojos en blanco, apretando las bolas y mordiendo los labios del Brujo con cachondez. Nunca había parchado él tan sabroso con una mujer y sabía que, con Cecilia, aun le esperaban placeres superiores al que había recibido en aquel momento. Después de venirse de manera él y de disfrutar varios intensos orgasmos, ella, cayeron lánguidos en la cama, dispuestos a descansar. A partir de ese día, las relaciones entre Cecilia y Arturo, se volvieron más frecuentes, ella le había dicho que él la iba a someter a un tratamiento que le quitara los nervios y las noches de inquietud que pasaba en su lecho. El presidente municipal acepto y dejó que su mujer se pusiera en las manos del joven brujo y sin saberlo también la dejaba a la disposición de la pinga de este. Dice un dicho popular que: “Se puede engañar a mucha gente, poco tiempo y a poca gente mucho tiempo, pero no se puede engañar siempre”. Así que el político celoso como era él, comenzó a sospechar del tratamiento que el mentado brujo le daba a su esposa ya que a últimas fechas la veía completamente cambiada, ella se mostraba más tranquila y sonriente, y eso lo hacía dudar. Al final, los sorprendió una noche amándose en un lugar apartado del pueblo, loco de celos y fuera de si por el engaño, los enfrento y les aseguro que iban a pagar muy caro aquello, que tenía que vengarse de ese par de infieles. Había llevado a seis hombres que eran incondicionales, ordeno a tres de ellos que se parcharan a su esposa al mismo tiempo, penetrándola por todos los agujeros de su cuerpo ya que le gustaba la pinga, pues que la disfrutara. Cecilia, trato de obtener su perdón, aunque el hombre se aferró y sus pistoleros se lanzaron sobre de ella como verdaderas bestias en brama, nada pudo hacer Cecilia, para evitar ser penetrada por aquellos tipos que siempre la habían deseado en secreto. Arturo, tuvo miedo de lo que pudiera suceder a él y con coraje se lanzó sobre el marido ofendido tratando de estrangularlo con sus propias manos estuvo a punto de lograrlo sólo que, los hombres que restaban lo detuvieron. —Ya la cagaste, pinche brujo —dijo el presidente sobándose el cuello— A ti no te iba a hacer nada ya que estaba seguro que esta puta te había envuelto con sus calenturas, aunque ya que la defiendes, también pagaras tú, recibirás lo mismo que ella, para que no se diga que no soy justo... ¡Ustedes denle una buena cogida! Arturo, sudó en frío al escuchar aquello, trató de defenderse, aunque los hombres lo golpearon con saña sometiéndolo y mientras uno de ellos se lo parchaba por el culo, rompiéndole el recto, el otro le metió la pinga en la boca para que se la mamara. El tercero le tomó la mano y lo obligo a que le hiciera una chaqueta, el marido estaba tan ofendido que veía con placer aquello, sus hombres hacían con aquella pareja una orgía despiadada, de pronto, Arturo y Cecilia, comenzaron a gozar. Al final, los seis hombres se lo parcharon y le metieron la reata en la boca, lo mismo que a Cecilia, luego lo llevaron hasta la Sierra y ahí lo dejaron todo maltrecho y abandonado, como pudo regreso a su casa. A partir de ese día ya no volvió a ser el mismo, ahora ya le gustaba la pinga y en cuanto tenía oportunidad dejaba que se lo parcharan, de Cecilia, lo último que supo fue que ella se marchó del pueblo abandonando a su marido para siempre. Arturo siguió como brujo en el pueblo, ahora le gustaba la reata de corazón y que el placer más grande que ha experimentado en su vida, es el de estarse parchando a una vieja mientras un cabrón se lo parcha a él. Porque, además, de vez en cuando le gusta tirarse a un buen culo de mujer, aunque eso es muy raro que ocurra y que por lo general ya no lo hace, sólo que con los hombres es un experto, sabe cómo mover las nalgas y la boca a la hora buena. Se quemó tanto en ese pueblo, que terminaron por echarlo, con la amenaza de que si no se iba lo iban a linchar, por puto, así que Arturo, decidió seguir su camino inicial, llegaría a la frontera y ahí cruzaría, tal vez en los Estados Unidos, encontraría a uno de esos sementales de color que lo hiciera feliz. Ahora, al igual que muchos, espera el momento de cruzar el Río Bravo, después de todo, es la tierra de las oportunidades y él quería una nueva para él. Al terminar de hablar Arturo, se levantó otro de los hombres y comenzó su historia: ¡La que sea! Carlos era famoso en toda aquella colonia. No había vieja que no lo conociera. Todas lo preferían por ser quien menos, les robaba a la hora de despachar y sus bistecs más o menos eran comestibles, contra los pedazos de suela que vendían en otras carnicerías del rumbo, además de dar kilos de ochocientos gramos. Por otro lado, Carlos, gustaba de tratar bien a la clientela, se llevaba de manera estupenda con todo el viejerío y solía echarles su “pilón” en cada compra. —Este trozote de cruda es pa usté sólita, mi alma. Cómaselo y va a ver que le hace provecho —les decía a las clientas, que muchas de ellas le pescaban el albur, aunque no le reclamaban, porque un cacho de carne no cualquiera lo regala en estos tiempos, qué caray y además les gustaba que las halagaran de esa forma. Carlos, era un desmadre con todo el viejerío, aunque la que más le gustaba era Sara, la vieja que entró a su carnicería en el momento en que el salía de la tienda, a donde fue en un ratito libre a comprar sus cigarros. —Pinche vieja, que buenota está la desgraciada. Tiene unas nalgas que me traen de ídem desde que llegó a la colonia hace como tres meses —pensó al verla entrar, mientras encendía su primer cigarro del día. Esa mañana, la tal Sara llevaba unos leggins bien entallados, que resaltaban la sabrosura de sus caderas, la parte corpórea que más le atraía al carnicero.
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