_ En aquel momento, se abrió una de las puertas que daban al vestíbulo. —Gracy... date prisa —dijo Adolfo, con cierta exasperación. Aún hablando de aquella manera, resultaba un hombre hermoso. La joven entró en el salón. Allí, vio a una mujer rubia, madura, con fríos ojos azules y un aire de eficiencia. Enseguida, la mujer se dirigió a ella. —¿Es usted la señorita Jabott? —preguntó, mirándola de arriba abajo con la duda pintada en el rostro. —Sí. Alejandro estaba sentado en una alfombra, jugando. Al ver a su madre, lanzó un grito de alegría y extendió los brazos. Con aquella ropa tan bonita, parecía un niño que había nacido con toda la vida resuelta. Tras tomar a su hijo en brazos, Gracy se sentó y se lo colocó en el regazo. Lo abrazó muy fuerte y, al mismo tiempo, dejó que l

