La tormenta que se avecina Ale terminaba de lavar los platos en la pequeña cocina de su apartamento cuando escuchó el timbre. Miró el reloj: eran casi las ocho de la noche. No esperaba visitas, y por un momento pensó que tal vez podría ser Bea. Esa idea le arrancó una sonrisa; siempre disfrutaba de las sorpresas de ella, aunque fueran poco comunes. Pocas veces venía aquí. Pero al abrir la puerta, fue Carla quien apareció, sosteniendo una caja cuidadosamente envuelta. —¡Hola, Ale! Perdón por venir sin avisar. Quería traerte esto —dijo, alzando el paquete con una sonrisa algo tímida pero decidida. Ale frunció el ceño, aunque rápidamente lo disimuló. —Carla, no tenías que hacer esto… Pero pasa, no te quedes ahí afuera. Ella entró con confianza, como si cada vez se sintiera más cómoda en

