5: Mi Historia en la App
No había dormido nada en toda la noche. Entre el dolor de espalda y el del corazón, ya no sabía cuál dolía más. Me sentía atrapada en un círculo de incomodidad y tristeza, con los pensamientos golpeando una y otra vez, recordándome cada fragmento de mi vida que había cambiado sin aviso.
Esa mañana, Analía vino a verme con la bebé en brazos. Traía un café en la mano y una sonrisa tan luminosa que, por un instante, logró iluminar toda la habitación.
Encendió su celular, puso música y comenzó a cantar. Esa era su forma de cuidarme, de arrancarme una sonrisa cuando yo no tenía fuerzas ni para intentarlo. Su voz llenó el aire, rompiendo el silencio pesado que me envolvía desde hacía días.
En casa tenemos un micrófono con parlante que usamos para karaoke; a mi nieto le encanta cantar conmigo. Amelie, en cambio, no canta, pero baila. Siempre baila, como si la música transformara cada rincón de su pequeño cuerpo en pura energía y alegría. Ellos, mis pequeños, se han convertido en mi refugio en estos tiempos grises.
Reí con ellas, y al verme reír, Analía se acercó y me abrazó con fuerza.
—Está bien, mamá. Sabes que te apoyamos en lo que decidas —susurró, mirándome a los ojos con ternura.
Ese gesto me ayudó a levantarme, a sacudir la apatía que llevaba días pesando sobre mí. Juntas ,limpiamos un poco la casa, tratando de ordenar no solo el espacio, sino también mi mente.
Luego me propuso salir a caminar. Dudé. El dolor de espalda me limitaba mucho, pero cuando vi sus ojos llenos de cariño y confianza, acepté.
"Si tiene que doler, que duela", pensé.
El Sol en el Parque
Fuimos al parque. Los niños corrían de un lado a otro, gritando de alegría. Amelie bailaba sin descanso, al ritmo de esa música imaginaria que siempre lleva en su cabeza. Analía cuidaba a la bebé, mientras yo me sentaba un rato en una banca para descansar.
Cerré los ojos por un momento y sentí el sol tibio en mi espalda. Por unos minutos, olvidé los dolores. Me dejé envolver por la brisa ligera, por las risas de mis nietos. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio en mi interior no dolía tanto.
Saqué mi celular casi sin pensarlo. Mientras veía a los niños jugar, una notificación en una app que suelo leer captó mi atención. En este tiempo de enfermedad había leído mucho más de lo habitual.
Entonces, una idea cruzó mi mente: ¿por qué no contar mi historia?
Había tanto que decir, tantas emociones guardadas. Tal vez, en algún lugar, alguien podría encontrar consuelo en mis palabras.
Volver a Escribir
Cuando volvimos a casa, me di una ducha tibia, dejando que el agua se llevara parte del cansancio acumulado.
Luego fui a la cocina. Cocinar nunca fue lo mío; siempre fue tarea de Ale, quien disfrutaba cada detalle en los platos que preparaba. Él cocinaba con amor. Yo, en cambio, cocinaba por necesidad.
Hice algo sencillo, lo justo para saciar el hambre. Mientras cenaba, sentí que algo en mí se acomodaba.
Más tarde, me senté frente a la computadora con una determinación que no había sentido en meses.
Abrí la app, llené los datos necesarios y respiré hondo.
Justo en ese momento, Analía apareció en la puerta.
Me miró, sonrió con ternura y se acercó.
—Mamá, hagas lo que hagas, estamos contigo —dijo, poniendo una mano en mi hombro.
Esas palabras, tan sencillas pero llenas de amor, me dieron la fuerza que necesitaba.
Entonces comencé a escribir.
Las palabras fluyeron como un río desbordado.
Escribí sobre mis dolores, mis miedos, pero también sobre los momentos de luz. Las risas de mis nietos, las canciones improvisadas, el sol en el parque.
Mientras escribía, sentí que me liberaba.
Que cada palabra me ayudaba a sanar.
Lo Que Queda en el Corazón
Pensé en Daniel, mi hijo.
Tiene la bondad y la nobleza de Ale. Lo veo en cada gesto suyo, en su forma de estar conmigo, de quedarse a mi lado cuando más lo necesito. Su amor y su presencia me recuerdan que fue criado por un gran hombre.
Mi Ale.
Por más que haya tomado la decisión de apartarlo, yo lo sigo amando como el primer día.
Pero ¿cómo dejó de quererse a sí mismo?
¿Cómo llegó al punto de rendirse, de dejar que su enfermedad lo consuma sin luchar?
Me duele, porque sé que el amor que tenemos en esta familia, el que nos sostiene incluso en los peores momentos, es en gran parte gracias a él.
Por eso su indiferencia hacia su propia vida es una herida que me quema por dentro.
No lo odio. No podría.
Pero sí estoy herida.
Sí estoy cansada.
Sí necesito respirar.
Cuando terminé el primer capítulo, me sentí diferente. Más ligera, más fuerte.
Tal vez mi historia no sería perfecta.
Tal vez no llegaría a muchas personas.
Pero era mía.
Y eso bastaba.
Las Palabras Que No Esperaba
Justo cuando estaba por cerrar la computadora, mi celular vibró.
Un mensaje.
Cuando vi el remitente, mi corazón se detuvo por un segundo.
Era de Ale.
Lo abrí con manos temblorosas.
"Bea, aunque estemos separados, quiero que sepas que te amo como el primer día que te vi a los ojos.
Te ama, tu Ale."
Sus palabras resonaron en mi interior como una melodía conocida.
Me devolvieron un pedazo de mi alma que creía perdido.
Pero al mismo tiempo, me recordaron cuánto me había fallado.
Cerré los ojos y respiré hondo.
No respondí de inmediato.
Guardé el mensaje como un tesoro y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que, tal vez, las heridas podrían empezar a sanar.
Pero aún no estaba lista.
Miré la pantalla de la computadora, observé las palabras que había escrito y supe que este era solo el comienzo.
Mi historia no se trataba solo del dolor.
Se trataba de reconstruirme, de entender que también merecía ser mi propia prioridad.
No sabía qué pasaría con Ale, con nuestra historia o con el amor que aún sentía.
Pero sí sabía una cosa.
Por primera vez en mucho tiempo, mi voz tenía un lugar.
Y esta vez, no pensaba callarla.