8, MARCANDO EL TERRENO

1318 Palabras
JUAN El bus tardó media hora en pasar. Cuando por fin llegó, iba repleto de gente angustiada por llegar tarde al trabajo. Viviana con mucha dificultad subió con su hija en brazos. Un hombre ocupaba uno de los asientos preferenciales y, aunque al verla se hizo el dormido, algunos pasajeros lo chuzaron con los dedos, instigándolo a ceder el puesto, hasta que se levantó bufando: —Es que yo no fui el que la embarazó. —Señorita, qué vergüenza con usted; a mucha gente de por aquí le falta cultura. —Juan lanzó una mirada despectiva al caballero; no cede asientos. —Descuide, don Juan, es normal, de pronto es que el pobre señor está muy cansado; de no ser porque llevo a mi hija en brazos, yo no hubiera aceptado, y es que de verdad que esta bajada es peor que una montaña rusa… Considere que en este viaje de bajada sufriría menos que cuando llegamos. —Viviana trataba de adaptarse, sosteniéndose y protegiendo a su hija, con la sensación de que iba a caerse hacia adelante. —Linda, tranquila, dicen que con el tiempo uno se acostumbra y yo llevo viviendo aquí cinco años y no me he acostumbrado; de pronto algún día, y eso que ahora es mejor que antes, cuando la carretera era de tierra y algunos buses se resbalaron terminando en los abismos. —Juan cruzó una mano por su rostro imitando una persignada. —No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista —decía mi abuelo y vivió ciento dos años. —Viviana contempló la destreza del conductor para hacer que el vehículo descendiera tomando muchas curvas sin bajar la velocidad y sin rozar alguna casa u otro vehículo. Después de dos horas y mucha charla vacía que los ayudó a conocerse, llegaron a su primer destino, el parque de los hippies. —Señorita, es por aquí, tenemos que esperar un momento… —De repente, Juan se dio cuenta de las fallas de su plan; no habían acordado la hora del encuentro y tampoco conocía el carro del roedor reductor, es que ni siquiera el color. —Será mejor que nos sentemos un momento, mientras llega el jefe. —Juan la convidó a una silla de cemento y de ladrillos por patas. —¿Se encuentra bien? Lo noto nervioso; si quiere, mejor me indica por dónde me voy para llegar a donde mi hermana. —Viviana presentía algo malo, la forma en que Juan movía la cabeza de lado a lado; también su bebé no paraba de llorar; podría ser de hambre, pero a ella le daba vergüenza amamantarlo en público. —¿Será que no van a venir, o habré entendido mal? Pues esperemos cinco minutos y te acompaño a donde su hermana Ana. —Juan sintió un nudo en la garganta por haber perdido el dinero; considero que hubiera sido más inteligente haberle recibido aquel fajo de dinero que le enseñó el roedor en su casa. Pasaron media hora esperando; se entretuvieron viendo cómo el viento jugaba con las hojas de los árboles que se caían y la gente que transitaba por el lugar, que, por curiosidad, ninguno era hippie. —Allí pasa un bus que nos deja cerca a la chucua —Juan propuso ya resignado, e intentó alivianarse por no haber hecho el mal de entregarlas, quién sabe para qué barbaridad; sin embargo, cuando llegaron al paradero, una camioneta blanca de transportar carga, de las que son cerradas, les empezó a pitar. Juan sonrió escupiendo al piso, cogió del brazo a Viviana para llevarla a la camioneta que abría la puerta lateral corrediza. Aquel hombre indolente las entregaría a cambio de unos billetes que gastaría intentando saciar sus vicios. —¡Da! —la niña gagueó sacando una manita con la que le tocó la cara a Juan, una leve caricia que lo petrificó, pero que también le ablandó el corazón. —Rápido, subámonos al bus. —Juan empujó a la mujer para que abordara, al tiempo que le parecía que estaba actuando como un idiota al desaprovechar el pago. Adentro se sentó junto a ellas y no aguantó la tentación de alzar al bebé; al detallar esa carita redonda que irradiaba ternura, se alcanzó a sentir mal por sus intenciones, aunque todo el trayecto a la casa de la hermana de Viviana estuvo luchando con sus pensamientos. Llegaron a una casa de seis pisos, con la fachada en cerámica y un hermoso antejardín encerrado por un reja decorada con espirales. Esto hizo que Juan pensara que había hecho bien las cosas y que seguramente la propietaria de este bello lugar le otorgaría una buena recompensa, quizás incluso mejor. Una señora con uniforme de aseadora abrió la puerta, respondiendo al timbre, preguntándoles con manera despectiva: —A la orden, ¿qué necesitan? —Busco a Natalia, es mi hermana, es la esposa de Cristian. —Viviana habló sosteniéndose de las rejas; a Juan le recordó las celdas de la prisión donde estuvo encerrado cuatro años. —Un momento. —La criada entró sin ninguna cortesía y, pasados unos ocho minutos, salió una señora con el cabello rubio, gafas oscuras, aretes y cadenas doradas, con una bata de peluche blanco, con las manos cerradas, enseñando los meñiques. —Buenos días. —saludó la señora. —Buenos días, por favor, me disculpa, vengo buscando a Natalia, soy su hermana. —Señorita, en esta casa no vive nadie con ese nombre. —La doña tensa la mandíbula al hablar; de resto, se asimilaba a una estatua, con el rostro inexpresivo y el cuerpo erguido hasta que algo la empujó para poder salir. —Hola, Viviana, me alegra verte, qué pena que esta bruja me niega. —La hermana salió empujando a la doña y por entre la reja le dio un beso en la mejilla a su hermana. —Pues es que aquí no quiero más gentuza, ya suficiente con usted; es que mi hijo sí se equivocó con semejante zarrapastrosa. —La señora sacó el celular y marcó un número. —Aquí no me entran y tampoco permito visitas en la puerta, esto es un hogar decente, no una casa de citas, lárguense que voy a llamar a la policía. —Viviana, qué vergüenza, con ustedes, es que esta señora se considera mejor que la realeza, me humilla todo el día, ya no aguanto más, le estoy exigiendo a Cristian que nos vayamos a vivir lejos de mi detestable suegra, que cada día la odio más. —Pues si está aburrida, lárguese, que usted también nos tiene hastiados a todos. —La doña berreó y volvió a marcar el celular. —Vieja asquerosa, tanto que se la da y ni siquiera tiene saldo en su teléfono. —Natalia se enrojeció de la ira y del bochorno. —Hermana, no deberías aguantar este maltrato, mejor vámonos a vivir juntas a donde sea. —Viviana le tomó las manos apretándoselas con ternura. —No, hermanita, es que amo mucho a mi esposo y él me prometió que nos iríamos a pagar una pieza en arriendo cuando tenga un trabajo fijo. —Hermana, te puedes quedar esperando y eso nunca va a suceder. —Las hermanas intentaron abrazarse por el enrejado; les pareció y Viviana mejor decidió que le presentaría a su hija y luego se marcharía. —Vámonos, viene la policía. —Juan, quien sostenía a la niña, se las ingenió para jalar a su compañera para que huyeran de las sirenas que se aproximaban. —Adiós, hermana, prometo que rezaré por ti. —Viviana se despidió llorando y a la dueña de la casa le enseñó los dedos de la mitad de la mano. —Tranquila, señorita, que se puede quedar en mi rancho el tiempo que sea necesario. —Juan sintió la emoción en la garganta pensando en que aún podría negociar con el roedor.
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