VIVIANA
Los días pasaban como hojas secas arrastradas por el viento, y el estómago de Viviana crecía con la lentitud solemne de la luna llena. Aun así, ella seguía trabajando con los helados, caminando con dificultad, con la espalda arqueada y el sudor en la frente, mientras Juan se ocupaba de los almuerzos. El barrio los miraba como quien observa una obra de teatro: ella con su vientre redondo y él con su carreta improvisada, ambos intentando sostener un mundo que se les desmoronaba entre las manos.
Cierto día, unos clientes de Juan llegaron hasta Viviana, con caras largas y voces de reproche.
—Señora, ¿usted sabe dónde está Juan? —preguntó uno, con el estómago vacío y la paciencia agotada.
—¿Qué pasó? —respondió ella, con el corazón apretado.
—No llevó los almuerzos. Nos dejó esperando como bobos.
Viviana sintió que el aire se le escapaba. Con el vientre pesado y la niña en brazos, fue a buscar a su hermana Lucía. La encontró con el jefe Tobón, riéndose, besándose, sin importarles que ella los viera. Lucía la miró de reojo, con descaro, y siguió en su juego. Viviana apretó los dientes, pero no dijo nada; el dolor era demasiado grande para gastar palabras.
Se marchó a la casa; al llegar, pasó a recoger a la niña de donde la cuidadora y luego corrió al rancho. Allí tampoco estaba Juan. El silencio era un cuchillo. De pronto, escuchó una risa conocida que se filtraba por las paredes del barrio. Salió a la calle, la siguió como quien sigue un fantasma y descubrió que venía de la casa de una vecina.
Golpeó la puerta con furia. La vecina, doña Tránsito, apareció componiéndose la ropa, sosteniéndose de las paredes, con la cara roja como un tomate.
—¿Qué desea? —preguntó, con voz temblorosa.
—Vengo por Juan, que salga —contestó Viviana, con los ojos ardiendo.
La vecina negó con la cabeza, pero un estruendo la delató. Viviana empujó la puerta y entró. En el patio, Juan yacía en el suelo, borracho, mal vestido; se había caído intentando huir saltando un muro.
—¡Desgraciado! —gritó Viviana, con la rabia hecha fuego.
Intentó pegarle, pero Juan, nervioso, consiguió escalar el muro y se voló por los tejados como un gato torpe. Ella se volteó para descargar la ira contra doña Tránsito, pero la mujer ya había desaparecido, huyendo como sombra.
Viviana, desbordada, se desquitó rompiendo los muebles, los platos, el comedor, el televisor y los vidrios de las ventanas. Con el palo de la escoba golpeaba como si quisiera quebrar el mundo entero. El rancho se convirtió en un campo de batalla, un carnaval de vidrios rotos y gritos.
Salió furiosa a buscar a Juan. A unos metros escuchó unos gritos y vio unos pies que se sacudían hacia arriba. Se acercó y descubrió que era doña Tránsito, que había caído de cabeza en una alcantarilla sin tapa.
—¡Ay, Virgen Santísima! —exclamó Viviana, intentando ayudarla.
Llegó la policía por el escándalo y entre todos lograron sacar a la vecina, que salió despeinada, con la cara llena de polvo y la dignidad hecha trizas. Lo único que decía era: —Ay, le juro, Viviana, que yo con su marido no tengo nada, solamente nos tomamos unas copas y ya.
Viviana regresó al rancho con el alma hecha trizas. Se dejó caer al suelo, abrazando su vientre como si quisiera protegerlo de todas las tormentas del mundo. Las lágrimas se mezclaban con el polvo, y cada sollozo parecía un eco que rebotaba en las paredes de lata.
De pronto, escuchó cómo alguien forzaba la puerta. Se levantó, temblando, y nublosamente vio entrar a Juan con unas rosas arrancadas de un jardín vecino. Tenía la sonrisa nerviosa, como un niño que intenta disculparse con un regalo robado.
—Viviana… mire lo que le traje —dijo, con voz temblorosa.
—¡Maldito! —Ella corrió hacia él, con la intención de golpearlo, pero antes de tocarlo un dolor agudo le atravesó el cuerpo. Se dobló, se desplomó y Juan la sostuvo entre sus brazos.
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien, ayúdeme! —gritaba él, con la desesperación pintada en la cara.
Entre los que llegaron, vino una vecina, enfermera de oficio; apareció corriendo, le examinó y descubrió que por las piernas le escurría agua.
—El bebé se adelantó —dijo con firmeza—. Hay que llamar a una ambulancia ya.
Juan dejó a la niña con la señora que la cuidaba y se embarcó en la ambulancia junto a Viviana, que estaba pálida, asustada, con los ojos llenos de lágrimas.
—Tranquila, mi amor, yo estoy aquí —le repetía Juan, apretándole la mano.
Llegaron al hospital y los metieron en urgencias. El tiempo se volvió una eternidad. Viviana, entre gritos de dolor, empezó a alegar.
—¡Atiéndanme! ¡No me dejen así! ¡Tengo un bebé que quiere salir!
Las enfermeras, frías como mármol, la dejaron sola. Una de ellas le dijo a Juan:
—Llévesela a otro hospital, aquí no podemos, hay muchos pacientes.
Viviana se desmayó en ese instante. Entonces apareció un médico, con voz de trueno.
—¿Qué es este desorden? —regañó a las enfermeras—. ¡Atiéndanla ya! Si ese bebé se muere, las hago responsables.
El trabajo de parto comenzó. Viviana despertó con el rostro bañado en sudor. El médico le explicó con calma:
—El bebé se adelantó, pero no dilata. Necesitamos hacerle una cesárea.
Ella lloró, pensando en la cicatriz que marcaría su cuerpo.
—No quiero… no quiero quedar marcada… —susurró.
El dolor la venció y accedió. La sala se llenó de luces blancas, de voces rápidas, de instrumentos metálicos. Y entonces, entre el dolor y la niebla, apareció una hermosa niña. La pequeña le cogió el dedo pulgar con toda la mano y la miró sonriente a los ojos. Viviana también la miró, y sintió un amor inmenso, un río que le atravesaba el alma.
En ese instante, en medio de la sala, Viviana pensó un poema que se le escapó como un suspiro:
Soy barro abierto,
Soy río que se desborda,
Soy cicatriz que florece,
y en mis manos,
La semilla de la eternidad.
Antes de desmayarse, alcanzó a ver a Juan entrar muy feliz al quirófano, con los ojos brillantes. En su sueño, se vio en el futuro, rodeada de diez hijas, riendo con Juan en un patio lleno de flores.
Despertó frágil, inmune y delicada. Juan se acercó con la niña alzada y se la colocó en el pecho para que la amamantara. La miraba con amor, con los ojos rojos de tanto trasnocho. No se había despegado de ella ni un segundo.
—Mire, Viviana… esta es la niña más linda del mundo, se parece mucho a usted. —le dijo, con voz quebrada.
Ella lo miró, y se llenó de ternura; en ese instante decidió perdonarlo. Pasar la página. Lo vio allí, cansado, derrotado, pero presente. Ese detalle, esa vigilia silenciosa, le pareció un enorme gesto de amor.
—Está bien, Juan… —susurró, con lágrimas en los ojos—. Vamos a intentarlo otra vez.
Él sonrió, como si el mundo se le hubiera abierto de nuevo.
Pero en el fondo de su corazón, Viviana sabía que algún día se arrepentiría mucho de haberlo hecho.
Los días siguieron, hasta que una madrugada los dolores del parto llegaron como relámpagos. Viviana se doblaba, sudaba, lloraba. Juan, sorprendentemente, se portó bien. La llevó al hospital, la acompañó, le sostuvo la mano.
—Tranquila, mi amor, aquí estoy —le decía, con lágrimas en los ojos.
Viviana lo miró, entre el dolor y la ternura. En ese instante, decidió perdonarlo. El hombre que tantas veces la había decepcionado estaba allí, firme, sosteniéndola en el momento más difícil.
El parto fue largo, lleno de gritos y suspiros, pero al final, la vida volvió a florecer. Viviana, agotada, sonrió con el bebé en brazos. Juan la miró como si la viera por primera vez, con una mezcla de miedo y amor.
—Gracias por darme esta hija tan bonita —susurró él.
Viviana cerró los ojos, con lágrimas que se mezclaban con sudor. Pensó que la vida era como un helado en verano: dulce, frágil, efímera. Pero en ese instante, con el bebé en brazos y Juan a su lado, decidió que valía la pena seguir intentando como una lotería millonaria.