La mirada del peligro

2480 Palabras
Marcela caminaba por los pasillos de Inversiones Tissot, con paso firme y mirada de acero. Cada pared de cristal reflejaba su figura imponente, la mujer que había regresado para reclamar lo que era suyo y consolidar su imperio financiero con precisión quirúrgica. Su vestido n***o de corte impecable y los tacones resonaban sobre el mármol pulido. Cada paso era un recordatorio de que nadie podía ignorarla en ese edificio. Al llegar a la sala principal de juntas, percibió una presencia que alteró el aire: un hombre alto, de cabello oscuro perfectamente peinado, con traje a medida, que la observaba con intensidad casi amenazante. Sus ojos verdes se fijaron en ella de una manera que hizo que un estremecimiento recorriera su espalda. —Marcela —dijo con voz grave, lenta y segura, un ligero toque de arrogancia—. He oído mucho sobre ti. Ella lo miró de arriba a abajo, sin inmutarse, pero sintiendo que su cuerpo reconocía un peligro que no estaba dispuesto a ignorar. —¿Y tú eres…? —preguntó con calma, cargando su voz de desafío—. —Soy Adrián Tissot —respondió con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Primo de Michael. Y parece que finalmente nos encontramos cara a cara. Marcela frunció ligeramente el ceño. El apellido Tissot era reconocido en los círculos financieros internacionales: inversión, bienes raíces, comercio de lujo y control sobre flujos millonarios. Pero lo que realmente le interesaba no era el apellido, sino la manera en que este hombre la observaba: con una mezcla de lujuria y calculada ambición. —Veo que no te intimida mi presencia —dijo Adrián, avanzando unos pasos hacia ella, manteniendo una distancia provocativa—. Eso es… admirable. —No vine a ser admirada —replicó Marcela, con la voz firme—. Vine a hacer negocios. Y si tu interés está en otra cosa, te advierto que estás jugando un juego peligroso. Adrián rió suavemente, un sonido bajo y cargado de tensión. Su mirada no se apartaba de ella, evaluando cada detalle como si juzgara una presa. —Negocios, sí —dijo, cruzando los brazos—. Pero en los negocios, Marcela, todo se mezcla: ambición, poder… y deseo. Te aseguro que puedo ofrecerte mucho más que simples contratos. Marcela mantuvo la compostura, aunque sintió un fuego interno encenderse. Este hombre no era cualquiera. Su arrogancia, seguridad y la evidente lujuria en sus gestos eran un riesgo que debía manejar con extrema cautela. —No me interesan tus insinuaciones —replicó con frialdad—. Vine a hablar de inversiones, estrategias y consolidación de capital. Todo lo demás es irrelevante. Adrián dio un paso más cerca, reduciendo la distancia entre ellos, pero respetando el límite que Marcela había impuesto. Su presencia era intensa, casi magnética, y por un instante, ella percibió que su control absoluto sobre la situación sería puesto a prueba. —Sabes —dijo Adrián suavemente, inclinándose ligeramente hacia ella—, muchas mujeres han intentado ignorarme. Muy pocas lo logran con tanta eficacia como tú. Eso… me intriga. Marcela lo miró fijamente, midiendo cada palabra, cada intención detrás de su mirada. Sabía que un solo error podía ser fatal; que un movimiento en falso podría darle ventaja a alguien tan inteligente y calculador como Adrián. —Intrigado, sí —respondió finalmente—. Pero no confundas mi interés profesional con otra cosa. No estoy aquí para juegos personales. Adrián sonrió, inclinando la cabeza, como si aceptara el desafío y lo disfrutara. —Entonces, negocios —dijo, sentándose frente a ella y extendiendo una carpeta con documentos que brillaban bajo la luz del ventanal—. Pero recuerda, Marcela: en este mundo, incluso los más fuertes necesitan aliados. Y a veces, los aliados más peligrosos son los que parecen más inofensivos. Marcela tomó la carpeta, sus dedos rozando los papeles y sintiendo el peso de la información contenida. Sabía que cada decisión que tomara ahora tendría repercusiones directas sobre su imperio y, sobre todo, sobre las personas que aún subestimaban su poder. —Gracias por la advertencia —dijo, levantando la mirada con firmeza—. Pero si hay algo que he aprendido en estos años es a identificar a quienes intentan manipularme. Y tú… tendrás que demostrar si eres un verdadero aliado o un enemigo disfrazado. Adrián la miró, y por un instante, la intensidad en su expresión se volvió más compleja: lujuria, respeto, desafío y la promesa de un juego de poder que ninguno de los dos podría ignorar. —Entonces, que comience el juego, Marcela —susurró, dejando que su voz vibrara en la sala—. Y confío en que seas tan letal como dicen. Marcela cerró la carpeta con un golpe controlado, levantándose con elegancia y firmeza. Cada músculo de su cuerpo estaba alerta; cada fibra de su ser sabía que este encuentro marcaría el inicio de una confrontación que iba más allá de negocios e involucraba emociones, riesgos y secretos capaces de destruir imperios enteros. —Lo seré —respondió, su voz un hilo de acero—. Y tú aprenderás muy pronto que no subestimes a quien ha vuelto para reclamar todo lo que le pertenece. Adrián se levantó también, acercándose lo suficiente para que el aroma de su perfume se mezclara con el de Marcela. Sus ojos verdes la escudriñaban, y por un instante, el mundo exterior desapareció. Solo existían ellos, la tensión, la ambición y la electricidad concentrada en un mismo espacio. —Perfecto —susurró Adrián, con una sonrisa que combinaba amenaza y fascinación—. Espero que estés lista para todo lo que viene. Marcela lo miró fijamente, sin parpadear, consciente de que este hombre podía ser tanto un riesgo mortal como un recurso estratégico. —Siempre estoy lista —dijo, girando con la carpeta en la mano y saliendo de la sala con la determinación que la había convertido en una fuerza imparable. Mientras caminaba por los pasillos de Inversiones Tissot, su mente repasaba cada detalle del encuentro: la arrogancia, la lujuria, la intensidad, y sobre todo, la certeza de que este hombre podía ser tanto un aliado estratégico como un enemigo mortal. Su instinto le recordaba un hecho que pocos conocían: había tenido vislumbres de su vida pasada, recuerdos fragmentarios de lo que sucedería, y uno de ellos la alertaba sobre el primo de Michael. Nadie sabía que ella había reencarnado, y que su mirada podía anticipar peligros que los demás ignoraban. En un rincón de su memoria surgió la imagen de Michael, su compromiso, el anillo que había brillado en su mano como símbolo de un futuro que parecía seguro. Recordó sus palabras y su generosidad, y el riesgo que él había corrido al apoyarla. Marcela sintió una punzada de dolor mezclada con gratitud: sin el respaldo de Michael, su regreso y la recuperación de Vallejo Holdings y ValBank no hubieran sido posibles. Y ahora, frente a Adrián, comprendía que la intriga se multiplicaba, y que cualquier movimiento en falso podía desencadenar consecuencias inimaginables. A lo largo del día, Marcela revisó cada contrato, cada inversión, cada plan de expansión. Cada decisión era estratégica, cada acción calculada. Pero la presencia de Adrián seguía flotando en su mente, un recordatorio de que el poder nunca estaba solo en el dinero, sino en la habilidad de leer a los demás, de anticipar sus movimientos y de jugar un juego en el que la astucia valía más que la fuerza. Mientras tanto, en los pisos superiores, los empleados de Inversiones Tissot susurraban entre sí, observando a Marcela con una mezcla de respeto y miedo. La mujer que había regresado de la nada para reclamar su legado no era solo la heredera de Vallejo Holdings: era una fuerza de la naturaleza, un huracán de ambición y determinación que barría todo a su paso. Cada decisión que tomaba se convertía en un ejemplo de su poder absoluto, y la presencia de Adrián añadía una capa de tensión que nadie podía ignorar. Adrián, por su parte, no parecía dispuesto a ceder terreno. Cada encuentro con Marcela estaba cargado de provocación, de silencios pesados y miradas que desafiaban la autoridad de la otra. Su juego de poder era evidente: explorar debilidades, medir reacciones y, al mismo tiempo, dejar entrever un deseo que iba más allá de lo profesional. Marcela, consciente de que cualquier error podía costarle caro, se mantuvo fría y calculadora. Sus pensamientos se entrelazaban con recuerdos de su vida pasada, con la certeza de que cada paso debía ser medido, que cada palabra debía ser cuidadosamente calibrada. La intriga crecía, y con ella, la emoción de un enfrentamiento que prometía cambiar no solo su destino, sino el de todos los involucrados. Cuando finalmente abandonó la sala de juntas, Marcela respiró hondo. Sabía que el día no había terminado: cada mirada de Adrián, cada insinuación contenida, cada juego de poder todavía estaba en marcha. Pero también sabía algo más: ella estaba lista. Más fuerte, más astuta y más peligrosa que nunca. Y esta vez, no habría nadie capaz de subestimarla. Marcela caminaba de un lado a otro de la oficina principal de Inversiones Tissot, la carpeta de contratos aún en su mano, pero su mente estaba en otro lugar. Cada vez que cerraba los ojos, veía la mirada de Adrián Tissot, esa mezcla de lujuria y cálculo que la había desafiado. Su instinto, reforzado por fragmentos de recuerdos de su vida pasada, le gritaba que no podía confiar en él. Se detuvo frente a la ventana de cristal que daba a la ciudad y respiró hondo. Marcela sabía que en su vida pasada había visto a Adrián en los medios financieros, en revistas de negocios y titulares de escándalos que parecían menores pero que, ahora recordaba con precisión, señalaban su verdadera naturaleza: un hombre ambicioso, despiadado, capaz de traicionar incluso a su propio primo si el beneficio era suficiente. Cada detalle que ahora volvía a su memoria la llenaba de desprecio. —Un oportunista —susurró para sí misma, apretando los dedos alrededor de la carpeta—. Un lobo disfrazado de asesor financiero. Recordó cómo, en aquella vida, había visto su nombre ligado a movimientos turbios, compras estratégicas de acciones de empresas familiares en crisis, inversiones que parecían filantrópicas pero eran meras fachadas para apropiarse de capital ajeno. Su memoria incluso le devolvió el recuerdo de un pequeño escándalo internacional: Adrián había manipulado un acuerdo en Suiza, dejándolos a él y a varios socios en bancarrota, mientras él salía indemne y con ganancias enormes. —No te acercarás a mí —murmuró Marcela, girando hacia la puerta, como si sus palabras pudieran materializar un escudo invisible entre ellos—. Y menos aún intentarás jugar conmigo. Ya sé quién eres y de qué eres capaz. Sentía un fuego que mezclaba rabia y advertencia. Cada fibra de su ser le decía que Adrián podía ser un riesgo, pero también que su conocimiento del pasado le daba una ventaja que él ni siquiera podía imaginar. Nadie, excepto ella, conocía estos detalles, y eso la hacía infinitamente más peligrosa. Sus pensamientos se mezclaron con los recuerdos de Michael, su compromiso y la seguridad que él le había dado para recuperar Vallejo Holdings y ValBank. Michael confiaba en ella, y ahora Marcela estaba decidida a no permitir que nadie, ni siquiera un pariente del hombre que la había apoyado, interfiriera en su camino. Adrián no era solo un hombre con poder y recursos: era alguien que podía ser letal si no se mantenía bajo control. Decidida, Marcela caminó hacia su escritorio, abrió la carpeta y revisó los contratos que había preparado. Cada cláusula, cada firma y cada estrategia estaba diseñada no solo para expandir su imperio, sino para anticipar movimientos de personas como Adrián. Su mente era un tablero de ajedrez y él, sin saberlo, acababa de convertirse en una pieza a su favor o un obstáculo que ella eliminaría con la precisión de un bisturí. —Intentar manipularme sería un error garrafal —murmuró, con los ojos brillando de determinación—. Y si crees que puedes usar la lujuria o tu apellido para controlarme, estás más ciego de lo que imaginé. Su mente volvió a los flashes del pasado: la vida que había vivido, los errores que otros habían cometido confiando en ella, y cómo había perdido a Michael en su vida pasada por no prever ciertos movimientos. Este conocimiento era un arma, y ahora lo usaría con la precisión que solo alguien que había vuelto del abismo podía tener. —Debo recordarme a mí misma —dijo en voz baja, como un mantra—: el poder no se mide por la seducción ni por los ojos verdes de un hombre; se mide por la claridad de tus decisiones y la precisión de tus movimientos. Y yo… no voy a perder esta vez. Marcela sintió una mezcla de triunfo y advertencia. Por un lado, estaba satisfecha de haber anticipado la amenaza que representaba Adrián. Por otro, sabía que su papel de heredera reencarnada la colocaba en un juego más peligroso que cualquier cosa que hubiera enfrentado antes. Este hombre, cargado de ambición y deseo, podría ser útil… pero solo si ella mantenía el control absoluto. Se permitió un pequeño instante de desprecio hacia él, imaginando cómo sus gestos arrogantes se volverían en su contra cuando comprendiera que Marcela no era la misma mujer que en su vida pasada. —Tendrás que aprender rápido —susurró, mientras su mirada recorría la sala vacía—. Nadie juega conmigo y sale indemne. Ni tú, ni tus recursos, ni tu apellido. Con esa determinación, Marcela cerró la carpeta, se colocó frente a la puerta y respiró hondo. Sabía que Adrián no tardaría en buscarla, que su presencia era solo el preludio de un enfrentamiento más profundo. Pero esta vez, estaba preparada. No solo por los recursos, por la astucia o por su título de heredera. Esta vez estaba preparada porque conocía cada pieza del tablero, cada movimiento que él había hecho en el pasado, y estaba decidida a convertir esa información en su ventaja absoluta. Mientras salía de la oficina, cada paso resonaba en el mármol, un eco de autoridad que parecía retumbar en las paredes. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por la certeza de que estaba a punto de transformar la amenaza en su oportunidad, y que Adrián, por primera vez, podría estar bajo su completo escrutinio. La tensión estaba en el aire, como un hilo invisible que conectaba a Marcela con su adversario. Y aunque nadie más en Inversiones Tissot lo notara, la heredera sabía que la verdadera partida apenas comenzaba. Cada mirada, cada palabra y cada movimiento que ella hiciera a partir de ese momento sería calculado, perfecto, y diseñado para mantener a Adrián exactamente donde ella quería: bajo control, observando, deseando y, sobre todo, vulnerable.
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