Marcela se movió con naturalidad entre los invitados, ajustando discretamente su collar y el tremblant de la tiara, mientras Michael permanecía cercano, como un escudo invisible, asegurándose de que nadie interfiriera en su territorio. Los empleados la seguían con discreta admiración, conscientes de que aunque el evento parecía una celebración, Marcela estaba completamente al mando de cada detalle.
—No puedo creer que sigas tan cerca de él —murmuró Adrián para sí mismo, apretando los puños—. Ese hombre… no debería existir para mí.
Marcela, sin volverse, percibió la tensión en la sala. No necesitaba mirar directamente a Adrián para saber que estaba observando, planeando, intentando calcular su próximo movimiento. La certeza de su vigilancia la hizo sonreír con un dejo de superioridad: cada plan que él hiciera estaría condenado al fracaso.
Michael se inclinó ligeramente hacia ella, susurrando:
—Recuerda lo que hablamos… nadie más toca lo que nos pertenece. Ni él, ni nadie.
—Lo sé —respondió Marcela, dejando que su mirada azul se encontrara con la de él por un segundo más de lo necesario—. Y él lo aprenderá muy pronto.
Adrián, desde su rincón, apretó los dientes. Sus pensamientos eran un torbellino de deseo y desesperación. Quiso acercarse, provocar, hacer que Marcela lo mirara de manera diferente, pero cada intento que hacía era neutralizado por la autoridad y el control que ella emanaba. Cada gesto de complicidad entre Marcela y Michael lo dejaba más frustrado, más consciente de que estaba fuera de cualquier juego que importara realmente.
Mientras los discursos comenzaban, Marcela y Michael se mantuvieron juntos, intercambiando pequeñas señales: un leve asentimiento, una sonrisa apenas perceptible, un contacto sutil de manos que los demás podrían interpretar como cortesía o afecto, pero que para ellos eran recordatorios de su alianza y del plan que solo ellos conocían.
Perfecta, Elena, Claudia y David se encontraban en la recepción también, y sus miradas llenas de veneno y curiosidad no pasaban desapercibidas. Observaban cómo Marcela brillaba, cómo Michael la protegía con discreción, y cómo Adrián parecía cada vez más desesperado. La combinación de admiración, miedo y rabia que emanaba de los antiguos rivales de Marcela era un recordatorio de que su victoria social y estratégica estaba siendo total.
—No puede ser… —susurró Perfecta, entre dientes—. ¡Todavía está viva y… está intacta!
—Todo es demasiado perfecto —añadió Elena, ajustando su vestido, tratando de mantener la compostura—. Esta mujer… no parece humana.
Mientras tanto, Marcela notaba cada detalle, cada mirada de admiración y envidia. Sabía que cada movimiento suyo, cada gesto de Michael, estaba calculado para reforzar su autoridad y su control sobre la situación. La tensión social era palpable, y Adrián no podía hacer nada más que observar, atrapado en su propia frustración y deseo.
La ceremonia continuó con normalidad aparente, los discursos fueron pronunciados y los aplausos resonaron, pero detrás de la fachada de celebración, la intriga y el control de Marcela permanecían intactos. Cada invitado, cada empleado, cada aliado y enemigo sentía que ella estaba al mando, y que Michael, aunque físicamente presente y aparentemente romántico, era también un aliado estratégico indispensable.
Marcela caminó hacia la mesa principal, ajustando su tiara Romanov y dejando que los zafiros y diamantes centellearan bajo la luz de los candelabros. Cada paso era un recordatorio para todos: ella era la heredera, la estratega y, aunque no completamente enamorada todavía, una mujer que sabía cómo manejar a quienes la rodeaban.
Adrián, finalmente, se alejó un poco, sabiendo que cada intento de acercarse era inútil. Su mirada se cruzó una última vez con la de Marcela, y en ese instante supo que, aunque podía desearla, estaba atrapado fuera de cualquier verdadero poder sobre ella.
Marcela, mientras tanto, permaneció serena. Sus pensamientos eran claros: Michael confiaba en ella, su alianza era sólida, y cada movimiento que Adrián intentara sería anticipado y neutralizado. La celebración continuaba, pero para ella, la verdadera victoria no estaba en los aplausos ni en los discursos: estaba en la certeza de que su control, su estrategia y su futuro estaban asegurados.
La recepción seguía su curso con un brillo casi celestial. Los candelabros de cristal proyectaban luces que danzaban sobre los rostros elegantes de los invitados, mientras los coros suaves acompañaban el murmullo de conversaciones cuidadosamente medidas. Marcela se movía con una gracia calculada, su vestido blanco abrazando sus formas, y los ojos azules brillando como zafiros en medio del salón. Michael permanecía sentado cerca de la mesa principal, observándola con una atención silenciosa, cada movimiento suyo medido y elegante, y la calma de su presencia le otorgaba a Marcela una sensación de seguridad que aún no comprendía del todo.
Cuando la multitud se dispersó un instante para permitir la entrada de un grupo de músicos, Marcela aprovechó la oportunidad para alejarse discretamente hacia un salón contiguo. La tranquilidad temporal le permitió respirar sin la mirada inquisitiva de los invitados, sin las voces llenas de comentarios velados sobre su supuesta viudez. Michael la siguió con discreción, asegurándose de que nadie los viera.
—Nunca había tenido tanta libertad en medio de una recepción —dijo Marcela, su voz apenas un susurro, mientras se acomodaba cerca de la ventana que daba al jardín iluminado por luces doradas.
—Libertad… y belleza —respondió Michael, con esa calma que parecía envolverla—. Todos se fijan en ti, pero yo veo algo que nadie más puede.
Marcela arqueó una ceja, divertida y curiosa. Aún no sabía qué sentir; apreciaba la cercanía de Michael, pero el amor todavía estaba en un rincón reservado de su corazón.
—¿Por qué tantas tiaras? —preguntó él, su mirada recorriendo los delicados cofres de joyas que Marcela había llevado a la recepción.
Marcela sonrió, recordando a su tatarabuela y la historia familiar que tanto le había fascinado desde niña.
—Es tradición de familia —explicó—. Ella iba a cada subasta, siempre soñando con casarse con un príncipe. Siempre creímos que el esposo debía regalar una tiara para ocasiones especiales, y mi padre… bueno, él nunca lo hizo correctamente. Por eso ahora cada una de estas piezas tiene su propio significado y se usan para eventos únicos.
Le mostró las demás tiaras: la Tiara de Portland, la Tiara de Aguamarinas y Diamantes de Isabel Feodorovna, la Tiara de Rubíes de Loto, la Tiara Battenberg, la Tiara de Espigas de Diamantes de la Emperatriz María Feodorovna, la Diadema de la Perla, la gran diadema de diamantes, la Tiara de la Reina Regente María Cristina, la Tiara de Chaumet, la Tiara de la Reina Maud de Noruega y la Diadema de Mellerio de Nápoles. Cada una era un fragmento de historia, una declaración de poder y elegancia que Marcela ahora podía llevar con orgullo.
—Veo que cada pieza tiene su propia voz —comentó Michael—. Como si hablaran de ti, de tu historia y tu fuerza.
Marcela lo miró de reojo, sus labios curvándose en una sonrisa apenas perceptible.
—Y alguna de estas buscaré que tú me regales algún día —dijo con un toque de humor, aunque en el fondo sus palabras llevaban un dejo de deseo por la complicidad que empezaba a nacer entre ellos.
Michael dejó escapar una sonrisa, apenas rozando el contorno de sus labios, y le respondió:
—Será un privilegio, pero primero, quiero que disfrutes de esta noche.
El silencio que siguió no fue incómodo; al contrario, estaba cargado de una intimidad que ningún invitado podía percibir. Marcela sintió por primera vez en mucho tiempo que podía ser ella misma sin máscaras, sin la fachada de fuerza que siempre debía mostrar.
Mientras observaban la luna reflejada en los cristales de la ventana, Michael tomó la mano de Marcela, sus dedos entrelazándose con suavidad sobre la fría superficie de mármol del salón. No hubo palabras al principio, solo el calor de la cercanía, la seguridad silenciosa que emanaba de él.
—Marcela… —dijo finalmente, con voz baja—. Sabes que aunque parezca que estoy lejos, todo lo que hago es para protegerte.
Marcela asintió, apretando ligeramente su mano. Sus pensamientos viajaron a la vida pasada, recordando cómo la vulnerabilidad podía ser explotada y cómo había aprendido a desconfiar incluso de quienes parecían más cercanos. Michael, aunque consciente de los peligros, confiaba en ella plenamente, y ese pequeño puente de confianza la hacía reconsiderar lentamente sus emociones.
—Lo sé —respondió, con un hilo de voz—. Y te agradezco… más de lo que puedas imaginar.
Ambos se quedaron en silencio, observando cómo las luces de la ciudad se extendían hacia el horizonte. La recepción continuaba, pero ellos habían creado un pequeño universo propio, donde nada externo podía perturbarlos.
Luego, Michael sugirió algo que marcó el inicio de una nueva etapa:
—Mañana nos iremos a nuestra luna de miel. Quiero que elijas un destino.
Marcela lo miró con una mezcla de diversión y sorpresa.
—¿Así, sin discusiones ni agendas? —preguntó.
—Sí. Esta vez, tú decides. —Michael sonrió—. Y prometo que buscaremos un lugar que merezca nuestra primera aventura como marido y mujer.
Marcela sintió un hormigueo en el estómago, una sensación que reconoció como algo cercano a la emoción, aunque todavía no completamente amor.
—Entonces… quiero algo lejano, un lugar donde podamos olvidar todo por unos días. Tal vez… Maldivas. Sus aguas, sus playas… y la privacidad que necesitamos.
—Perfecto —asintió Michael—. Maldivas será. Y sabes… —agregó con un guiño—. Buscaré la tiara perfecta para que la lleves allí.
Marcela soltó una risita, inclinando la cabeza. La idea de Michael comprando una tiara para ella, pensando en su gusto y su historia, la hizo sentir extrañamente viva.
En ese instante, desde un rincón del salón, Adrián observaba. Su lujuria y frustración se mezclaban con la impotencia de ver cómo Marcela, pese a la aparente vulnerabilidad de la recepción, brillaba con independencia y autoridad. Cada gesto de cercanía entre ella y Michael lo torturaba. La rabia le subía por el cuello mientras intentaba pensar en una manera de recuperar lo que consideraba suyo, pero la inteligencia de Marcela y su posición sólida lo mantenían a raya.
Michael apretó suavemente la mano de Marcela mientras ambos caminaban hacia un balcón exterior. El aire fresco de la noche y la vista de la ciudad iluminada crearon un escenario perfecto para que Marcela sintiera la fuerza de su presente: no solo era poderosa, sino que comenzaba a descubrir que podía aceptar afecto, apoyo y, quizás, un principio de amor.
—Prometo que cuidaré de ti —susurró Michael.
Marcela lo miró, con el corazón latiendo un poco más rápido, y asintió. Su mirada azul se suavizó, dejando entrever que, aunque el amor no había nacido completamente, había empezado a germinar.
Y mientras la música de la recepción continuaba lejamente en el interior, ambos permanecieron en silencio, disfrutando del primer instante verdadero de complicidad y cercanía. La luna brillaba sobre ellos, testigo silencioso de un nuevo comienzo.
El avión privado de Michael despegó suavemente, dejando atrás la ciudad iluminada y el bullicio de la recepción. Marcela, aún con el cabello ligeramente ondulado por la emoción de la boda, se acomodó en el asiento de piel blanca junto a Michael. Sus ojos azules se encontraron con los de él, y por un instante todo el mundo exterior desapareció.
—Maldivas… —murmuró, con una sonrisa que no necesitaba palabras para expresar su asombro—. Nunca pensé que llegaría aquí de esta manera.
—Te lo mereces —respondió Michael, su voz profunda y segura, mientras le ofrecía una copa de champaña fría—. No solo por la boda, sino por todo lo que has logrado y lo que serás capaz de lograr.
Marcela tomó la copa, y sus dedos rozaron los de él accidentalmente. Un calor sutil recorrió su brazo, y aunque todavía no estaba completamente enamorada, esa cercanía le hizo sentir algo que no podía negar.
—Gracias —dijo finalmente, inclinando la cabeza—. Por todo. Por confiar en mí, por… todo lo demás.
Michael la miró con intensidad, y de su maletín de viaje sacó un estuche pequeño de terciopelo azul oscuro. Lo abrió lentamente, revelando la Tiara Gran Ducal y la Tiara Poltimore, brillando bajo la luz tenue del avión. Cada piedra parecía capturar la esencia de la noche y reflejarla en destellos que bailaban sobre las manos de Marcela.
—Para ocasiones especiales —dijo Michael suavemente—. Quiero que tú la lleves primero, en nuestro primer destino como marido y mujer.
Marcela sintió un nudo en la garganta. Nunca había imaginado que alguien pudiera anticiparse a su historia, a sus sueños y a su pasión por la tradición familiar. La tiara no era solo un objeto de lujo; era un símbolo de respeto, comprensión y complicidad.
—Es hermosa —susurró, con los ojos brillando—. Y saber que tú pensaste en ello… es aún más especial.
Michael la acercó a sí, y mientras le colocaba la tiara con delicadeza, su mirada se cruzó con la de ella. Hubo un instante cargado de tensión silenciosa, donde los pensamientos de Marcela viajaron entre la gratitud, la sorpresa y un primer atisbo de afecto que comenzaba a germinar.
En el asiento de enfrente, Adrián observaba desde su pantalla conectada al sistema de vuelos privados que él lograba interceptar gracias a sus contactos. Su lujuria se mezclaba con la rabia, y cada gesto de Michael con Marcela lo quemaba por dentro. Sus manos se crispaban sobre la mesa, y murmuraba para sí mismo, frustrado:
—Ese lugar, esas tiaras… ella debería ser mía. Todo debería ser mío.
Pero Marcela, ajena a su observación, sentía la seguridad de estar con alguien que no la manipularía, que no la explotaría, y eso era un lujo que su vida pasada nunca le había permitido.
El avión descendió suavemente sobre las aguas turquesas de Maldivas, y la isla privada parecía un paraíso surgido de sus sueños más imposibles. Las palmeras se mecían suavemente con la brisa, y las olas rompían con delicadeza sobre la arena blanca, creando una sinfonía que parecía hecha a medida para su luna de miel.
Michael tomó la mano de Marcela y la ayudó a bajar del avión. La tiara, aún sobre su cabeza, brillaba con un halo etéreo bajo el sol tropical. Marcela no podía evitar sonreír ante la perfección del momento: el lujo, la privacidad, la complicidad silenciosa con Michael, y el hecho de que todo ese esplendor era suyo para disfrutar sin interferencias.
Durante la primera cena en la villa frente al mar, Michael y Marcela compartieron miradas, sonrisas y conversaciones que se extendieron hasta que las estrellas aparecieron en el cielo. Michael comentó con un toque de humor:
—Ahora que estamos solos… ¿me contarás cuál de estas tiaras te gustaría llevar en la próxima ocasión especial?
—Quizá la Tiara Gran Ducal —respondió Marcela, juguetona pero seria a la vez—. Tiene algo de majestuosidad, y siempre he querido sentir que estoy caminando como si perteneciera a la realeza, aunque solo sea por unas horas.
Michael sonrió, y en ese instante, Marcela sintió por primera vez que podía permitir a alguien más entrar en su mundo, compartir sus secretos y sus tradiciones. No era amor todavía, pero era un principio de confianza y admiración que empezaba a sentar las bases para algo más profundo.
Mientras tanto, Adrián, desde su distancia, se consumía en planes y fantasías imposibles. Cada vez que pensaba en Marcela, su frustración crecía, y su lujuria lo cegaba ante la realidad: ella estaba bajo la protección de Michael, y ninguna de sus manipulaciones podría alcanzarla.
La primera noche en Maldivas concluyó con Michael observando a Marcela mientras dormía, su rostro iluminado por la luna que se filtraba por las amplias ventanas. La tiara descansaba suavemente sobre su cabello pelirrojo, y él sonrió por la elección: cada detalle, cada gesto, cada momento parecía reforzar la complicidad que empezaba a crecer entre ellos.
Marcela despertó con el sonido del mar y la brisa cálida acariciando su piel. Michael, aún sentado junto a ella con un café recién hecho, le ofreció la taza con una sonrisa cómplice.
—Buenos días, Isabel —dijo—. ¿Lista para descubrir cada rincón de este paraíso?
Marcela asintió, tomando la taza, y por primera vez permitió que un sentimiento cercano al cariño se filtrara en su corazón. Todavía no era amor completo, pero la semilla había sido plantada, y Michael, sin saberlo del todo, era el guardián de ese comienzo.
En la distancia, Adrián seguía observando, maquinando, frustrado, y mientras Marcela y Michael caminaban hacia la playa para empezar su aventura, la tensión que él sentía solo reforzaba la certeza de Marcela: no habría vuelta atrás. Su vida estaba bajo su control, y esta vez, nada ni nadie podría arrebatársela.