NARRADOR OMNISCIENTE La calle olía a humedad, el asfalto tenía grietas secas como cicatrices en una piel vieja. Cada paso que daba sobre las aceras desmoronadas la acercaba más al edificio de ladrillo apagado y ventanas con barrotes, como si incluso los enfermos allí estuvieran cautivos de algo. La clínica no tenía un cartel luminoso, solo una vieja placa oxidada en la entrada que anunciaba un nombre ilegible por la lluvia y los años. Era un sitio olvidado, del que nadie hablaba, del que todos sabían… pero fingían no conocer. La chica llegó envuelta en una sudadera negra, tres tallas más grandes, con una gorra roja calada hasta las cejas y un moño alto oculto bajo la tela. Las gafas de sol baratas, aunque eran innecesarias en ese día que casi terminaba, servían a su propósito: disimulo.

