ANA Voy incómoda en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas y los brazos firmemente pegados contra mi pecho, como si el gesto pudiera protegerme del peso invisible que me aplasta. Afuera el día brilla con un descaro insoportable, adentro, en este auto, todo parece reducido a un silencio tenso y esos ojos ámbar de Kabil que no dejan de perforarme la piel. Los siento sobre mí, fijos, inquebrantables, como si quisiera desarmarme a punta de miradas, como si un aparte de él disfrutara verme retorcer en mi propia incomodidad. No digo nada. No tengo ganas de hablar. Estoy cansada, harta de este juego cruel que se ha convertido en rutina: Marcela, su embarazo, la sombra que me recuerda a cada segundo que no soy suficiente, que alguien más ya ganó terreno en su vida aunque ese bebé no s

