Yo siempre he sido una princesa, en mi corazón, en mi cabeza… no siempre en mis acciones. Pero, a diferencia de Lily, mi papá me ha echado a perder. Yo soy la que se lava el pelo en el salón para que se le vea bonito y sin piojos todas las semanas, mínimo, porque a veces voy tres veces con su tarjeta. Y mi novio, mi casi esposo, es el hombre que me masajea los pies durante el período. Así que podrán imaginar que la única dureza que poseo la he adquirido en entrenamientos y enfrentamientos con delincuentes.
Staton paró a comprarse unas cosas en la gasolinera: unas galletas, café, agua embotellada, compró confites y periódicos para ignorarme durante el camino. Yo sé que no somos amigos, pero en estas circunstancias podría haberme dado, no sé, una galleta, unas papitas chips, una Coca-Cola.
—¿Cómo iniciaste con tu negocio? —pregunta Vito.
—Mi esposo trabajaba en un camión, tenía un primo. Él movía coca en sus camiones, y un día vio cómo mi marido me pegaba. Me regaló un poco a cambio de que cosiera unos forros para transportarla más segura. Yo cosía, planchaba ropa y lavaba. Mi esposo me quitaba hasta el último centavo y me maltrataba, así que los encargos del primo los empecé a esconder. Un día decidí emprender. Lo empaqueté y se lo empecé a vender a mis amigas —respondí con tranquilidad.
—¿Qué pasó con el esposo?
—Se escapó con otra —respondí, y él negó con la cabeza mientras reía.
—¿No tienes miedo de que regrese?
—No —respondo tranquila. Él sonríe.
—¿Cómo lo mataste?
—La confianza se gana —le imito—. Pero te voy a decir lo que le dije a su jefe y a la policía: “Él tomó sus cosas, el dinero de la renta y se marchó”. ¿Sabes todo lo que tuve que lavar para poder pagar la renta? Los vecinos me rescataron con comidita y algunos con un dinerito. Hubo quien intentara ocupar el lugar de mi esposo, y a esos puede que les apuntara con la escopeta que también dejó botada, como a mí —respondo, y él sonríe.
—Eso es único de ustedes, siempre se salen con la suya por belleza, tranquilidad y fragilidad.
—Tu esposo desapareció hace cinco años, ¿vas a decirme que no tienes sexo desde entonces?
—¿En qué te afecta?
—Amabas a tu agresor.
—Todo lo contrario, me di cuenta de que no le necesitaba.
—¿Eres lesbiana? —pregunta, y niego con la cabeza.
—No, tengo diez dedos y venden unas cosas maravillosas que se llaman consoladores. Estoy pagando mi propia casa al banco. No es un castillo, pero se puede justificar con la ventita de ropa y la ayuda social que recibo —él ríe. —Yo estoy bien conmigo: sin gritos, sin golpes. Y si algún día vuelvo a enamorarme, será mejor, pero no tengo por qué follar con todos y recibir lo peor —Vito se ríe.
Casi seis horas de conducir y nada que comer. La verdad es que en la siguiente gasolinera me bajo y extiendo mi mano hacia él porque voy en pijama, tengo hambre y ya no estoy para bromas.
Compro una caja de pizza mientras busco ropa barata con la que cambiarme. Me quito la camisa en medio de la tienda y Staton me ve horrorizado. Como un pedazo de pizza con desesperación, y compro una barra de queso y aceitunas. Le ofrezco un pedazo; él toma uno sin mis toppings adicionales, devora la pizza y me hace jurar que no es una estrategia de mierda, porque aparentemente al niño no le encanta andar demasiado en auto.
Tomo unas cuantas municiones y me preparo para la recta final del viaje, una hora, y ruego porque simplemente no me mate y que haya el mínimo indicio de oro. Después de esa hora nos tocó escalar doscientos metros norte, seiscientos este, luego norte de nuevo, y encontraría un campo de rocas. Me pongo a armar las bombas confiando en haber aprendido bien, y coordino con los muchachos una explosión controlada como en las minas. Él me pregunta cómo aprendí esto y le recuerdo que no todo el mundo nace rico; algunos tienen familiares que trabajan en minas.
A la segunda explosión sin éxito, siento como si fuera a morirme, porque ya ha encontrado el lugar, ya sabe que el oro y el dinero están por aquí, ya no me necesita. Pico y pala, golpeo, busco, rebusco, y él se sienta a mi lado con el arma en la mano.
—¿Tú crees que los delincuentes le cuentan todo a su mujer? —pregunta.
—Sí. Creo que si no puedes confiar en la persona con la que duermes, estás totalmente solo.
—Creo que si quieres el oro tienes que excavar todo —respondo.
—Definitivo. Quería ver hasta dónde llegabas para salvarte el pellejo.
—Estaba pensando en explotarnos a todos.
—¿Un suicidio colectivo? —bromea.
—Sí.
—Yo voy a irme en helicóptero. Uno de mis hombres va a manejar contigo de vuelta. Te voy a dar mañana libre, por eso del susto, y porque tienes que limpiar tu casa —responde—. Y prepararte para trabajar para mí.
—Contigo.
—Estoy buscando empleada, no amante.
—Yo no te quiero en mi cama —respondo ofendida, y él se ríe.
—Deja de verme la boca —responde—. Ahora hablaremos ya de negocios mañana.