Capítulo 15: Sofía

1349 Palabras
Me tapé la boca con la mano al darme cuenta de lo que había hecho, es decir, acabo de tirarle gas pimienta en los ojos a mi jefe. Hay dos opciones: 1.- Se venga de mí. 2.- Me despide. Solo espero que sea la primera opción y no la segunda. Sin embargo, me tapo la boca porque si no lo hago, voy a romper en carcajadas al verlo. «Míralo, le lloran sus ojitos», se compadece mi corazón. Me asomo por la puerta de su oficina para verlo en el baño refregándose los ojos con tanta fuerza que es probable que se termine haciendo más daño. Lo escucho maldecir y maldecirme también. Me muerdo el labio y voy hacia mi bolso sacando el suero que compré justo antes de comprar el gas pimienta. Porque sí, tengo uno, pero lo dejé en casa, entonces me ensimismé con la idea de que tenía que traerle uno. Además, yo sé lo que se siente, porque una vez sin querer, y porque quería probarlo, tiré un poco, pero lo tenía dado vuelta y me saltó en la cara. Y estaba de la misma forma que Christian ahora, maldiciéndome a mí misma. Camino en puntitas hacia él. Tiene los ojos rojos y las lágrimas se mezclan con el agua que se echa a los ojos intentando que el arder pase. Me mira a través del espejo y el gruñido que emite podría hacer que cualquiera saliera arrancando, yo no, pero cualquier otro sí. Sé que nunca me haría daño. Aunque, bueno… Por la forma en que me está mirando, será mejor no dar nada por sentado. —¿Qué hace aquí? ¡Salga de mi oficina! —gruñe molesto. Chasqueo la lengua y lo obligo a darse vuelta. No voy a mentir, me da mucha pena verlo así. —Siéntese ahí —le indico el inodoro. —¿Acaso no ve que estoy intentando quitarme esa mierda que me echó? —¡Qué se siente, dije! —grito. Christian se sienta enfurruñado mirándome apenas bajo de las lágrimas—. Tire la cabeza hacia atrás —digo más calmada. —¿Ahora que me va…? —lo interrumpo con una mirada. Christian tira la cabeza hacia atrás. Agarro la toalla y la sostengo al lado de su ojo izquierdo. Sin avisarle, dejo caer un chorro de suero sobresaltándolo. Estoy entre medio de sus piernas, así que no puede alejarme o levantarse. Luego le limpio con la toalla y vuelvo a repetir el proceso más veces, y en el otro ojo. —¿Disminuyó el ardor? —le pregunto. Tiene los ojos cerrados, pero asiente con la cabeza. Saco otra toalla del mueble y le limpio con cuidado. A fin de cuentas, esto era en parte mi culpa. Era la única manera de que él se alejara de mí, porque yo parezco demasiado débil ante sus toques. Abre los ojos y están completamente enrojecidos. —Voy a traer unas gotas. Salgo del baño para ir en busca de mis gotas de los ojos, porque sufro de “ojo reseco” o como sea que llame esa mierda, siempre se me olvida. El tema es, que me ayudan a disminuir la fatiga del ojo y el enrojecimiento. Cuando vuelvo sus ojos azules están fijos en los míos, como si esperara una disculpa de mi parte, pero mis acciones ya dicen mucho, no escuchará ningún “lo siento” de mi boca. Eso para que aprenda a escuchar. No siempre puede tener lo que quiere. —En diez minutos llegará la señorita Elena. Debería reducir la irritación de su ojo con estas gotas. Tiro de su cuello hacia atrás y abro su ojo con mis dedos para aplicarle las gotas. —Gracias, aunque si no fuera por usted, no me habría pasado esto —dice con los dientes apretados. —Eso para que aprenda a escuchar, de nada. Agarro el suero y salgo del baño para preparar todo para la llegada de Elena. Ella es una inversionista muy importante, y por lo que sé, ellos nunca se han acostado. Sin embargo, no porque ella no haya querido. Entonces, esa insinuación que hizo hace un rato me molestó, porque… bueno, no sé. Simplemente me molestó pensar en él con ella. Que ella viera su rostro de placer, la forma en que le gusta, las cosas que dice, cómo sus ojos se nublan por el deseo… ah, mierda. Estoy jodida, y eso que han sido como tres veces las que hemos tirado. Bufo y tomo asiento justo en el momento en que Elena aparece vistiendo tan elegante como si fuera a ir a una gala. Es alta, rubia, de ojos azules y hermosa. La típica americana. Me levanto con una sonrisa en mi rostro. —Por favor, necesito el secreto para estar igual de hermosa que tú —le digo. Elena ríe y se acerca a mí para abrazarme. —¿Cómo está mi latina hermosa? Así es chicas. Elena y yo nos llevamos excelente. Es una excelente persona y yo ni siquiera debería haberme puesto celosa de ella, porque ambos harían una excelente pareja. Y sus hijos serían hermosísimos. «No vayas allí, Sofía», me regaño. —¿Hermosa? Al lado tuyo parezco con troll —digo riendo. —¡Por supuesto que no! Mi hermano todavía sigue esperando que le des tu número desde aquella fiesta —me dice. Ambas hacemos una mueca a la vez. —No gracias, estoy segura que el resto de la población femenina me lo agradece —respondo. Su hermano es igual de hermoso que ella. Si parecen tallados por los mismos ángeles. Si a alguien le benefició la genética, es a ellos, pero es un mujeriego de primera. No deja v****a sin penetrar. Literalmente. —¿Cómo está de humor hoy? —me pregunta en voz baja. Me rio despacio. Si ella supiera. —No te preocupes, contigo siempre es amable —le digo. Y es cierto, con ella siempre es amable. Y ahora, nuevamente estoy sintiendo esos celos. ¡Ya bastaaaaaaaaa! Me avergüenzo de mi comportamiento. —Por cierto, esa ropa te queda fenomenal, querida —me alaga—. No solo eres excelente en tu trabajo, sino que eres tan linda. Sabes que si algún día quieres irte… —¿Otra vez intentando llevarte a mi secretaria, Elena? —pregunta Christian desde la puerta de su oficina. Elena salta en su puesto y lo mira con una sonrisa angelical. —¿Qué? No, Chris —le dice, porque sí, ella lo llama Chris—. Pero una chica tiene que tener opciones, ¿verdad, cariño? Asiento sin mirar a mi jefe. —Te agradezco, Elena. —¿Pasamos? —le dice él. Sus ojos ya no están tan rojos como antes, pero cuando ella se acerca a él, jadea y agarra su rostro entre sus manos. Juro que se siente como si me estuvieran apuñalando, sobre todo cuando Christian la mira. Hubo un momento en que pensé que él estaba interesado en Elena, pero nunca hizo ningún movimiento. Ahora mismo, no quiero seguir pensando en eso. —¿Estás enfermo? —le pregunta. —No, solo irritación a la vista —le dice él, apartando sus manos. Elena mueve la cabeza. —Debes descansar, Chris. No todo en esta vida es trabajo, ¿verdad, Sofí? Asiento con la cabeza. —Verdad. Christian mueve la cabeza y la hace pasar a su oficina, me da una última mirada y cierra la puerta. Podría mirar hacia adentro, pero no quiero que él me vea, no quiero que vea los celos en mis ojos, porque como la mierda que ahí están. Soy una chica grande, sé reconocer mis emociones cuando las tengo y por alguna extraña razón, estoy celando a mi jefe después de tres encuentros sexuales. Una completa mierda. En ningún momento los miro, solo me dedico a trabajar y a escuchar la risa elegante de Elena. ¿Qué es lo tan gracioso que le dice? Dios, esto va a terminar conmigo. Si tan solo no le hubiera hecho caso a mi v****a…
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