Ángel se encontraba en la misma esquina, Cada mañana antes del amanecer. Mirando el reloj con la precisión de un relojero obsesionado con los detalles. Su vida seguía el mismo ritmo, el mismo recorrido, la misma rutina. Desde que Luna se fue, cada paso que daba parecía estar marcado por la constante repetición de un ciclo que no podía romper, pero que tampoco quería dejar atrás. Aquella calle, con sus árboles marchitos y las fachadas desgastadas de los edificios, se había convertido en un reflejo de su alma: algo que ya no era lo mismo, pero que aún seguía allí, buscando algún tipo de significado. Él caminaba siempre por las mismas calles, a las mismas horas, como si el tiempo pudiera ser detenido, o como si algún milagro pudiera ocurrir si se mantenía constante en su andar. No p

