Hace mucho tiempo que no besaba a alguien. Ni siquiera tenía un perrito de mascota a quien darle esos besos cariñosos que siempre le daba a Neizan en su frente o en su cabello. La lengua de Titán salió de su escondite y su agarre en mi rostro se suavizó, como si mi piel fuese algo delicado.
Mi primer beso había sido con Neizan, una tarde cualquiera, cuando habíamos decidido hacer un picnic. Él estuvo nervioso en todo momento y yo ansiosa, porque ya llevábamos un mes conociéndonos y saliendo. Siempre había tenido la presión de mis padres para concretar algo con él, pero yo había decidido esperar y hacer las cosas con calma. Hasta que ese día, me besó. Yo era una completa inexperta besando, jamás en la vida había dado un beso y solo sabía cómo se daban, porque lo había visto en las películas románticas que me gustaban en aquella época.
Su lengua danzó y recorrió todo lo que quiso y la mía, la mía lo siguió. En ese momento, ni siquiera me importó parecer una novata, solo quería probar sus labios y saber qué se sentía besarlo. Él era simplemente perfecto ante mis ojos, siempre lo pensaba, incluso hoy, cuando a veces recordaba aquellos tiempos, antes de que la ira y el odio me envolvieran la mente.
Ese día, me sentí mujer por primera vez en la vida. Sentí que volvía a nacer, que era una nueva Triana deseosa de besar esos labios carnosos todo el tiempo. Incluso comencé a sentir “cosas” cada vez que él me besaba, pero nunca me dejé llevar por la pasión y siempre me contuve. Que estúpida había sido en aquel entonces. Seguía siendo una tonta mujer virginal, todo por apegarme a la educación que me habían dado en casa. me insistían para casarme, pero a la vez me sermoneaban con que debía ser una mujer de bien. Quién entendía a mis padres. Yo creo que ni ellos se entendían.
Pero ahora, mientras Titán me besaba no sentía nada y realmente quería hacerlo. ¡Realmente quería sentir deseo por él! Titán era todo lo que una chica pudiese desear, millonario, con un cuerpo exquisito trabajado por muchas horas de gimnasio, altísimo y educado, con un amor inmenso por su hermano y su familia, quienes ya no estaban con él. Era un tipo extremadamente inteligente, culto, capaz de conversar durante horas sobre diversos temas. Pero yo… Yo no sentía nada.
Me quise obligar y mis manos agarraron su rostro también. Sus manos bajaron hasta mi cintura atrayéndome a su cuerpo mojado por la lluvia. Noté de inmediato que él comenzó a sentir más, porque el beso se intensificó y ¡dios! Qué no hubiese dado por sentir lo mismo, porque haberlo visto así de excitado y sexy, era una obra de arte.
De repente me levantó y tuve que enrollar mis piernas en su cintura para no caer. No supe cómo lo hizo para subir la pequeña escalera hasta la puerta, mientras aún nos besábamos, pero solo seguí en mi misión por sentir algo.
Mojados y aun besándonos, comenzó a caminar hacia la habitación, cuando entramos a la casa. Suponía que nos llevaba a su habitación y así fue. Lo comprobé, cuando me dejó en su cama sin siquiera importarle que estuviésemos mojados por la lluvia. Se subió sobre mí y continuó besándome con pasión. De repente, se detuvo y me miró, detallando mi rostro con una media sonrisa en sus labios. Me quedé admirando su belleza, pero de un momento a otro, un sentimiento extraño comenzó a inundar mi mente, mi corazón, mi garganta, como si no pudiese tragar saliva ni respirar con normalidad. Sentí cómo mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y vi cómo su rostro comenzó a borrar esa hermosa sonrisa de sus labios carnosos. En un momento, no pude seguir aguantando y comencé a llorar como una tonta. Lo empujé como pude y me levanté de la cama, saliendo de aquella habitación y encerrándome en la mía.
Sentí tanta vergüenza de mí, de la situación, de no poder tener intimidad, aunque lo quisiera. Es que era tan difícil sentir, estaba tan bloqueada al amor, que ahora lo entendía todo, yo estaba mal, más de lo que pensaba en un inicio.
Titán tocó mi puerta y me dio tanto miedo abrir y ver su rechazo que, solo le dije que me disculpara y que todo estaba bien. Él insistió un poco, pero ante mi negativa a abrir la puerta, no le quedó de otra que resignarse.
Al día siguiente, no fui capaz de salir de la cama, me sentía depresiva otra vez, sentía que estaba cayendo lentamente en un abismo del cual no sabía cómo salir. Me encerré en mi cueva a llorar todo el día y jamás salí de ahí, ni siquiera, cuando él tocó en esas veinte veces en que trató de que yo saliera.
Al día siguiente, me dijo por mensaje que había sacado un turno urgente con mi psicóloga. Ni siquiera me quejé, simplemente fui a la consulta, pero sola. Me negué rotundamente a que él me acompañara y solo el señor Torres me llevó y me trajo devuelta a casa.
Y para qué hablarte de mí sesión, en la que estuve llorando desconsoladamente los primeros treinta minutos. Tenía tantas lágrimas, tanta congoja, que no sabía cómo detenerme. Las palabras y la conversación con la terapeuta fue lo único que logró sacarme de ese estado por un momento, porque, cuando llegué a la casa continué llorando y acostada en mi cama.
La señora Lourdes me llevó comida, postres dulces, mucho líquido, pero yo no podía probar un solo bocado. No, porque no me gustara su comida, sino, porque realmente no podía tragar ni mucho menos masticar. Era como si mi cuerpo se hubiese decidido por dejar de comer por sí solo, sin siquiera preguntarle a mi mente o a mi corazón. Nuevamente estaba en esa etapa horrible en la que había estado seis meses, luego de que Neizan se había ido.
—Me alegro de verte —me dijo Neizan un día, en que, por temas de su trabajo, no habíamos podido vernos durante una semana.
—Te ves hermoso —le dije tratando de ser cariñosa con él y esperando erróneamente lo mismo de su parte. Eso jamás pasó.
—Gracias —sonrió —. Debo estar en una reunión en media hora más, así que, debemos tomarnos el café rápido —me dijo aquella vez. Yo había decidido darle una sorpresa en su trabajo e ir a visitarlo, pero, cuando se lo dije, noté en su voz la molestia por semejante sorpresa. Bueno, había sido mi culpa por aparecerme, así como así.
De repente, Hellena Virtanen apareció en la cafetería con el hermano de Neizan, Aleix Asturias. Había ido a comprar y estaban conversando risueños los dos. Miré a mi novio para buscarle conversación, pero él ya la había visto. Es que, si tan solo me hubiese dado cuenta en aquel momento, de lo que él sentía por ella, las cosas hubiesen sido muy distintas. Me odiaba por haber sido tan tonta en aquella época. ¿Tan poco amor propio tenía? Al parecer Titán tenía razón.
Detestaba atormentarme con el pasado, pero más detestaba, volver a ese estado mental que me había derrumbado tanto tiempo. Así que, me levanté de la cama y caminé hacia el enorme ventanal que había en mi habitación. Ya era de noche, ni siquiera sabía la hora, pero un pensamiento cruzó mi mente. ¿Qué se sentiría morir? ¿Realmente dejaría de sentir? ¿O viviría como un fantasma recorriendo las paredes de la casa de mis padres, esperando a que dios me perdonara?
—¿Podemos hablar? —pegué un brinco por el susto, porque ni siquiera había escuchado a Titán tocar la puerta —. ¡Discúlpame! No fue mi intención asustarte —caminó hacia mí, pero antes de llegar se detuvo, como si estuviese dándome espacio.
—No te preocupes —caminé hacia mi cama y me senté ahí, mirando mis manos nerviosa. Aún sentía vergüenza por aquella escena patética.
—Quiero pedirte perdón, por lo del otro día. No fue mi intención obligarte a nada, es solo que pensé… que tú también querías —caminó hacia mí y se arrodilló en frente para quedar a mi altura.
—Soy yo la que debe pedirte perdón. No debí hacer eso. Yo… no me siento lista para nada —dije triste. Una lágrima se escapó y rodó por mi rostro. Él acercó su mano despacio y con su dedo secó mi piel.
—No hay nada que perdonar. Fue mi error. Sé que debo ser paciente y esperar a que estés bien. Después de todo, tenemos veinte años —lo miré y él tenía una pequeña sonrisa dibujada en sus labios. Quizá veinte años sería tiempo suficiente para sanar y volver a comenzar. Eso quise creer.