Lo que pasaba en las habitaciones de hotel, debía quedarse en las habitaciones de hotel. Nadie estaría del otro lado de la pared escuchando mis gemidos, ni tendría que preocuparme por hacerlo rápido. Tanta libertad me pone ansiosa y me excita ridículamente. Y es gracioso, porque nunca me consideré del tipo de mujer que se desviviera por tener sexo. Pues había cambiado. Ahora mi mente solo podía pensar en sexo caminando al lugar donde me invitó Enzo. Entramos en este y lo primero que me llama la atención es la gran cama en el centro. En esa donde sin ser invitada me siento con mucho gusto. —¿Para qué me invitaste hasta aquí? La hora y el sitio son sospechosos. Enzo me da una media sonrisa ridículamente sensual, que esté desabotonándose las mangas de su camisa, hace delirar más a mi libi

