Capítulo 5

2502 Palabras
Samanta Observé nuevamente el documento vacío que se titulaba “Ensayo sobre la educación actual”. Comencé a escribir ideas sueltas, para tener una base y después poder explayarme sobre ellas. Los ensayos no eran mi fuerte, pero Samuel me había dado unos muy buenos consejos para poder hacer el trabajo con éxito. Alcé la mirada y noté cómo mi amigo escribía de manera fluida en su computador. >, pensé. Ojalá pudiera sentirme tan tranquila respecto a este trabajo. Estaba en mi casa, con Samuel, cada uno trabajando en su ensayo. Habíamos quedado en juntarnos en mi cafetería favorita, pero mi hermana había salido temprano del colegio y no podía dejarla sola, por lo que invité a Samuel a venir a mi casa a trabajar juntos. Emilia se enamoró de mi amigo con solo verlo entrar por la puerta principal, y desde ese momento no se despegó de él. —¿Por qué escribes todo con color n***o? —preguntó Emilia de pie sobre su silla para poder ver lo que él hacía en su computador. Samuel se giró a observarla con una sonrisa y se encogió de hombros. —Así le gusta a mi profesor. —Emi, cariño, deja que Samuel se concentre con su tarea —señalé con suavidad. Mi pequeña hermana hizo un puchero con sus labios y se acomodó en su silla para sentarse, al lado de Samuel. —No seas mala, Sami. No me molesta —reprochó Samuel. Asentí hacia él y bajé la vista hacia mi computador. Intenté escribir algo coherente, pero mi cabeza estaba en cualquier lugar menos en hacer ese estúpido ensayo. Mi teléfono vibró informando que tenía una notificación. Lo tomé entre mis manos y desbloqueé el aparato. Sonreí divertida al ver que el amigo de Aaron me había comenzado a seguir en i********:, por segunda vez. Había ignorado su mensaje, finalmente me dije que si lo ignoraba dejaría de insistir, pero por lo visto era bastante perseverante. No quería dármelas de señorita importante, por lo que abrí su perfil y pinché en el botón “Enviar un mensaje”, respondí su saludo con un simple “Hola, Marcos” y volví a bloquear el aparato. Miré de reojo a Samuel y noté que su mirada estaba fija en mí. —¿Pasa algo? —pregunté confundida. —¿Robert diciéndote lo bonita que eres? —intentó adivinar con una mueca en el rostro. Reí y negué con la cabeza. Aunque Samuel consideraba a Robert como su amigo, eso no significaba que aprobase lo que ambos teníamos. —Marcos volvió a seguirme en i********: —señalé restándole importancia al asunto. Samuel alzó una ceja y miró de reojo a Emilia. —Oye, Emi —murmuró llamando su atención. Ella lo observó curiosa—. ¿Quieres que te preste mi computador para mirar videos? Emilia asintió feliz y esperó pacientemente a que Samuel reproduzca videos en Youtube para ella. Escuché la fastidiosa voz de peppa pig y centré mi atención en Samuel. Mi amigo se colocó de pie y rodeó la mesa para sentarse a mi lado. —Aaron me contó que Marcos intentó robar tu número de su teléfono —susurró en plan secreto. Solté una risotada ante aquella información. —Me hace gracia. No entiendo su insistencia conmigo —señalé en voz baja, para que mi hermana no se entere de lo que estábamos hablando. —Quizá es su instinto —señaló con obviedad. Fruncí las cejas con confusión y Samuel prosiguió hablando—. Las mujeres pueden decir que somos unos tontos y que nunca nos damos cuenta de las cosas, pero creo que los hombres tenemos ese instinto de saber cuándo nos encontramos frente a una chica que de verdad vale la pena. Alcé una ceja en su dirección y negué con la cabeza. Su expresión se suavizó y sentí que no hablaba tanto por lo demás, sino por él mismo. No tenía idea de qué pasaba con su vida amorosa, porque nunca hablaba mucho de eso, pero su rostro me indicó que era un tema que le traía bastante pena. —La llevas mal, dulcecito. Yo estoy con Robert… —dije más para mí que para él. —Y vamos otra vez con eso… —susurró irritado. —¡Pero si es verdad! —murmuré con fastidio. —Sami, cariño —susurró él con un tono de voz dulce, un tono que muy pocas veces había escuchado salir de sus labios—. Eres bella, inteligente, simpática, una chica responsable y amable… ¿Crees que las personas no pueden notar eso? Puede que el tipo no te conozca, pero se huele a kilómetros que eres una persona genial —abrí los ojos con asombro al escuchar sus palabras—. Marcos insiste contigo porque su instinto le dice que eres lo que él necesita. Me costaba creer en sus palabras y no por problemas de autoestima, sino que me rehusaba a creer que Marcos buscaba algo serio conmigo, era imposible. Estaba casi segura que era el típico mujeriego. —¿Cómo puedes decir que él quiere algo serio conmigo? No lo conoces… —No, no lo conozco, pero me gusta creer que soy bueno leyendo a las personas. Asentí con la cabeza hacia mi amigo, porque tenía claro que él era muy bueno intuyendo lo que las personas creían y además se le hacía fácil interpretar las acciones de los demás. —Pero yo estoy bien con Robert y si las cosas son como dices, en su momento tendré que dejarle en claro a Marcos que yo me encuentro en una relación. —Claro, si es lo que tú quieres —susurró volviendo a su estado natural, de seriedad—. No me malinterpretes, Robert es mi amigo, pero tú y él… —hizo una mueca extraña con los labios— No sé, no me convence la especie de relación que tienen ustedes. Te tengo mucho cariño, por lo mismo te digo que mereces otro tipo de amor, Sami y eso no es precisamente lo que Robert te entrega. Me quedé muda, sin saber que decir. —No te cierres a las posibilidades que aparecen en tu camino. Marcos puede resultar ser un imbécil, pero al mismo tiempo puede ser también el amor de tu vida… ¿Quién sabe? Lo que quiero decirte es que no tienes por qué amarrarte a Robert solo porque estar con él es cómodo. Emilia comenzó a cantar en voz alta una canción y me concentré en ella, para evadir un poco los pensamientos contradictorios que nadaban en mi cabeza. Lo que Samuel decía tenía mucho sentido, porque aunque no quisiera pensar en ello, Robert me hacía sentir cómoda. Dudé, porque de pronto sentí que ya no tenía claridad sobre nada. ¿Robert era lo que yo necesitaba? ¿Podría ser posible que Marcos no solo esté encaprichado conmigo? No nos conocíamos, y mi lógica apuntaba a que solo veía una cara bonita en mí y nada más, después de todo, si yo tenía razón, en cuanto le dijera que estoy con otro chico, me dejaría en paz. (…) Luego que Samuel se fuera a su casa, me quedé sola con Emilia. La ayudé con un par de tareas y después nos recostamos en el sillón a mirar la televisión. Horas después llegó mamá, muy agotada, pero aun así se tumbó entre nosotras y se quedó un par de minutos ahí, mirando la televisión también. —¿Cómo estuvo tu día en la consulta? —pregunté. —Horrible, mejor ni te cuento…—susurró con fastidio, pero me dio una sonrisa divertida. Emilia se acurrucó en el pecho de mamá y yo imité su acto. Mamá nos acarició el cabello a ambas y luego depositó un beso en nuestro cabello. —¿Algún paciente nuevo? —intenté adivinar. Ella inhaló con fuerza y soltó el aire pausadamente. —Sí, una chica bastante molesta. Está tomando la terapia porque sus padres la obligaron y me tuvo toda la sesión sin decir nada —murmuró agobiada—. ¡Ni su nombre me quiso decir! Intenté meterle tema de conversación, pero nada. Creo que fallé como psicóloga. Reí en voz alta y me acomodé para observarla a la cara. —Tú mejor que nadie sabe cómo son los adolescentes. Mamá gimió con agobio y se colocó de pie. —¿Dónde vas, mami? Te cuento que Cham y yo cocinamos panqueques en la mañana y todavía quedaron en el refrigerador y podríamos comer ¿Cierto que sí, mami? —Emilia se puso de pie como un resorte y salió corriendo tras nuestra madre, quién la escuchó atentamente. —Claro, bebé. Los calentaré y comeremos cuando papi llegue de su trabajo. Mi madre era psicóloga, pero en su consulta atendía exclusivamente a adolescentes. Tenía muy buena fama, por lo que los pacientes no le faltaban nunca. Papá, por otro lado, era el gerente de una empresa que se dedicaba a la producción de material para construcciones. Como era de esperarse, ambos estaban muy ocupados en sus respectivos trabajos, pero aún así siempre tenían un espacio para Emilia y para mí. Mi teléfono vibró y lo tomé con recelo. Marcos me había enviado otro mensaje. “Me alegra saber que tu teléfono sí funciona… por un momento pensé que tendría que enviarte señales de humo”. Me reí ante sus ocurrencias y decidí ser frontal. “ja ja ja ¿Necesitas algo?, ¿por qué tanta insistencia?” Me sentía abatida con el tema, porque no quería comenzar a idear teorías respecto a lo que quería conmigo. Si es que tenía intenciones de llevarme a su cama, era preciso decirle que no me interesaba. La respuesta no tardó mucho en llegar y no pude negar que no me esperaba tales palabras. “Bueno, eres preciosa, pero eso ya lo sabes. Lo que probablemente no sepas es que me flechaste aquel día que fuiste a ver a Aaron al hospital. No fue tu perfecto rostro, ni tu perfecta cabellera, tampoco tu dulce sonrisa, sino… tus ojos. Cuando me saludaste, me miraste con aquellos ojos que me sonrieron” ¿Mis ojos sonreían? Releí el mensaje que me había enviado e incluso solté una leve risa nerviosa. No me cabía dentro de la cabeza que aquello era lo más dulce que alguien me había dicho en algún momento. No sabía qué pensar, porque realmente su respuesta me había dejado con más dudas de las que ya tenía. “¿Y eso de qué página lo copiaste?” Me reí ante mi respuesta, pero decidí dejarlo hasta ahí. Marqué el número de Aaron y esperé a que contestara. —¿Sam, pasó algo? —preguntó rápidamente. —¿Mal momento? —cuestioné. Aaron rió levemente. —No, estoy esperando que llegue Caro —me sentí aliviada por no interrumpir—. Se supone que debía estar aquí hace media hora —se quejó divertido. —Vale, ya sabes que la puntualidad no es su fuerte —murmuré con burla. —Sí, bueno…—susurró—. ¿Pasa algo? Me sorprendes, son casi las nueve… —Bueno, es que… —me levanté y caminé en dirección a mi habitación para poder hablar sin temor a que mamá o Emilia me escuchen—. ¿Marcos es mujeriego, cierto? La verdad yo daba por sentado que la respuesta era un sí rotundo, pero aun así quería la confirmación de su mejor amigo, quien por cierto también era amigo mío y esperaba una respuesta sincera. —¿Y esto quieres saberlo porque…? —no me pasó por alto su diversión, pero me mantuve en silencio por unos segundos. —Me habló y la verdad es que… —Ya, vale —se rió levemente—. Él es así, un poco… bueno, es así. Intenso. No pude evitar soltar una risotada, porque era difícil describir la peculiar personalidad que Marcos poseía. Es cierto que yo no lo conocía, pero se nota a kilómetros que es muy peculiar. —No sé, Aaron… me pone incómoda, porque creo que me coquetea. —No lo crees, es así —puntualizó. —¿Por qué lo hace? —cuestioné bastante confundida. Entré a mi habitación y cerré la puerta tras de mí. —Te aseguro que él debe tener una mejor respuesta, siempre las tiene —suspiró—. Solo te puedo decir que no es un mujeriego, aunque lo parezca. Siendo sincero contigo, Marcos es bastante obstinado y por respeto a Robert no he querido indagar más en el tema… —Dijo algo de mis ojos y… sus palabras fueron lindas, pero yo no estoy disponible —le señalé. Miré mi reflejo frente al espejo que estaba en mi habitación y me observé en silencio intentando sonreír para ver si era cierto lo que Marcos me había dicho. —¿Quieres que hable con él? —preguntó amable. —No, mira, solo lo ignoraré y todo quedará hasta ahí —sonreí. —Bueno, si necesitas que yo hable con él, me dices —Sí, gracias. Por cierto, mañana iré a verte para que te lleve mis apuntes. Me di media vuelta y me senté sobre la cama. —¡Genial! Gracias, Sam. Te espero. Nos despedimos y finalicé la llamada. Quise olvidarme del tema y centrarme en otra cosa, porque sentía que le estaba dando demasiada importancia a que un chico me estaba coqueteando. Entré a i********: y abrí la cámara para tomarme una selfie. La subí a mi historia y luego me puse a cotillear las historias de las personas que seguía. Me entretuve en eso varios minutos, hasta que apareció la respuesta de Marcos en la pantalla. “www.cómoconquistaraSam.com Por cierto, tienen buenas frases. Espero que me funcionen” Me reí y negué con la cabeza. Sentí mi rostro ruborizarse y preferí no responder nada, porque de todos modos no sabía qué más decir. Me coloqué de pie y guardé el teléfono en el bolsillo trasero de mis jeans. Bajé las escaleras y vi cómo Emilia estaba parada frente al televisor y bailaba al ritmo de una canción infantil. Me coloqué tras ella de manera silenciosa y la levanté entre mis brazos. Mi hermana soltó un chillido y noté cómo su corazón estaba acelerado por el susto. Reí levemente y deposité un beso sobre su cabello para luego dejarla sobre sus pies. —¡Cham! —me regañó ella con sus pequeñas cejas fruncidas. Sonreí y desordené su cabello con mi mano. Emilia me dio una mala mirada, pero segundos después estiró sus brazos hacia mí y le di un fuerte abrazo. —Vamos a ver qué hace mamá, tengo hambre —dije. Caminamos hacia la cocina y entre risas acabamos de preparar una improvisada cena familiar. Papá llegó minutos después y todos juntos nos sentamos para comer. Me interesé en todo lo que papá hablaba y evité desviar mis pensamientos hacia cierto chico que me hacía sentir incómoda.
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