Marcos Al día siguiente de aquel llamado a Sam mientras estábamos en la cafetería, Emilia llegó al taller de música arrastrando los pies, con los hombros caídos y la mirada clavada en el suelo, como si cada paso le pesara más de la cuenta. No traía consigo esa energía chispeante que solía caracterizarla, ni siquiera en sus días de mayor cansancio. La tarde anterior, cuando acompañé a Sam al colegio, supimos con exactitud lo que había ocurrido. Un par de niñas que solían molestar a Emilia la habían empujado por las escaleras, provocando su caída y dejándole como consecuencia un moretón oscuro y evidente en la mejilla. —No quiero ir más al colegio —dijo de pronto, sin rodeos, dejándose caer en una de las sillas pequeñas del salón—. No quiero volver nunca. Me agaché frente a ella hasta qu

