Marcos Había quedado con Aaron y Samuel en la cafetería de siempre. Llegué último, como de costumbre, y apenas me senté junto a mis amigos supe que no iba a pasar desapercibido mi nuevo estado de ánimo. Samuel me miró con esa media sonrisa que siempre usaba cuando creía saber algo antes que los demás. Aaron, en cambio, solo me pasó una taza de café y esperó. —Te ves distinto —dijo Samuel al cabo de unos segundos—. O muy enamorado… o muy jodido. Solté una risa corta y negué con la cabeza. —No es eso —mentí mal. Aaron arqueó una ceja. —Claro que es eso —presionó. Suspiré, apoyando los codos sobre la mesa. No tenía sentido guardármelo; además, con ellos no hacía falta fingir. —Me gusta Sam —admití al fin—. Mucho más de lo que debería. Samuel abrió la boca para decir algo, pero Aaron

