Despertó a las seis y cinco de la mañana como habitualmente hacía. Podía escuchar ruidos de la calle, lo que le sorprendía debido al lugar donde antes vivió, allí era la única que se movía a esas horas; en Barquisimeto
—al parecer no. Aprovechó que la mayoría de los residentes del hostal debían estar durmiendo para usar el baño sola, así darse una ducha que necesitaba con urgencia. Tomó su neceser, uniforme nuevo y se cubrió con su bata andrajosa. Salió corriendo en la dirección que le mostró la noche anterior la dueña de casa. A las seis menos un cuarto de la mañana ya lista, pulcra, arreglada, perfecta para ser la secretaria personal del señor Gottier, dueño de un gran imperio de Joyerias de las mas exclusivas. Se miró al espejo intentando darse ánimos para dar el siguiente paso, no obstante, sus piernas seguían temblando como gelatina de solo pensar en otro enfrentamiento a la vida laboral. Le costaba creer las últimas horas, haber sido aceptada por aquel hombre para trabajar junto a él, de seguro sabía que no era experimentada, la señora Marta debió informarle. Tal vez solo la utilizaría mientras encontraba alguien mejor. Tomó un largo suspiro ordenando sus pocas pertenencias y recordando los comentarios. No hubo gritos, ni malas caras, absolutamente nada, al parecer era de esos que se destacaba en malas actitudes hacia sus empleados, especialmente su asistente. ¿Podría creer que era tan buena como decían, logrando que el jefe fuera domado? Ella jamás pensó llegar a eso, nunca estuvo en sus intenciones, solo necesitaba un trabajo y hacer lo mejor posible para conseguirlo y mantenerlo. Volvió a su cuarto, se puso una manteca de cacao en los labios, quitó las arrugas invisibles de su uniforme, tomó el bolso y salió. No quería tomar desayuno, no acostumbraba a ello, por lo que pasó de largo el comedor sin siquiera darle un vistazo, siguió hacia la puerta principal abriendo y cerrando con delicadeza para no molestar a los demas que aun dormian. Miró hacia ambos lados de la calle tomando la misma dirección del día anterior. Se hallaba alejada del centro de Barquisimeto, debía tomar un autobús hasta la Av. Bracamonte donde quedaba el despampanante edificio de Joyerias Gottier, entre los demás antiguos y bien conservados del Este de la Ciudad. Quería llegar temprano para confirmar todo lo que planificó para aquel día, deseaba que nada se escapara de las manos, que luego le diera una razón a su jefe para deshacerse de ella como a un plato roto.
Al bajarse del transporte público frente a ese único edificio de muro cortina respiró. Buscó su tarjeta de identificación que abría las puertas a cualquier sector de la empresa debido a esa pequeña palabra grabada en ella: Presidencia. Pensar que solo rogaba por un trabajo decente que la ayudara a sobrevivir y ahora llevaba una gran responsabilidad y poder. Se sorprendió cuando la puerta de vidrio se abrió para ella. Un guardia le daba los buenos días y le preguntaba que necesitaba; sin decir una palabra mostró su identificación, el hombre asintió invitándola a que lo siguiera. Éste indicó hacia las puertas de cristal grabadas con las
iniciales IF: donde ella pertenecía.
El guardia explicó que debía pasar la identificación por el soporte digital y luego dentro del ascensor ingresar el código que la llevaría al piso de Presidencia. Asintió agradeciendo en un susurro mientras veía las puertas cerrarse. Se giró hacia su lado izquierdo donde se hallaban los elevadores para el resto, cinco ascensores que eran utilizados constantemente en el día, de los cuales solo dos llegaban a presidencia. Ahora, frente a ella una lujosa puerta, exclusiva para aquellos que trabajaban directamente con el señor Gottier. Tragó en seco. Pasó con torpeza la identificación sorprendiéndose cuando una voz femenina computarizada dijo su nombre abriendo las puertas metálicas del cubículo. La misma pidió que ingresara el código, recordando lo que le dijo Rebeca la tarde anterior, digitalizó los números. Se sobresaltó cuando la voz anunció que se dirigían al piso cuarenta y dos: Presidencia; tendría que acostumbrarse a aquello. Las puertas se cerraron. Recorrió los pisos en silencio, tenía el estómago contraído de los nervios, más cuando veía pasar los números tan rápido, como si fueran a una velocidad inexplicable. Sabía que no se cruzaría con nadie arriba, su compañera de trabajo le manifestó que la hora de entrada era a las ocho treinta y la gente tendía a ingresar poco antes del horario establecido para no tener cintratiempos. Miró su reloj, era las siete y cinco: demasiado temprano, aunque no para ella. Se sobresaltó cuando la misma voz confirmaba que ya llegaban al piso de presidencia. El lugar estaba vacío, las luces apagadas, puertas cerradas y monitores esperado a comenzar con el trabajo. Lo primero que hizo fue buscar los interruptores que encendieran el espacioso lugar, pero no se percibía nada en las paredes, más que unos leves halos de luz desde el cielo falso. No era que le temiera a la oscuridad, pero no le parecía correcto entrar como si se tratara de su casa, para luego ser sancionada por husmear en lugares privados. Giró en su eje hasta toparse con una luz azul en uno de los costados del elevador, miró su tarjeta de identificación, que aún llevaba en la mano y la acercó. Con las manos temblorosas y reteniendo la respiración esperó si su idea funcionaba. Gracias a las indicaciones básicas, sabía que ese pedazo de plástico era de gran ayuda dentro del edificio, pero más allá de que abriera el ascensor, no sabía que otro uso darle. Se sobresaltó cuando escuchó un leve pitillo y una luz verde reemplazó a la azul, y como si se tratara de una película futurista, hileras de luces fueron encendiéndose hacia adelante, hasta llegar a los computadores que encendieron automáticamente. Al parecer todo se encontraba completamente sincronizado. Un grito descontrolado escapó de su pecho al escuchar la misma voz del ascensor darle la bienvenida al dar tres pasos hacia adelante, como si hubiese activado un sensor. El aire acondicionado hizo su parte dejando una leve brisa que el día anterior no notó. Sofia dio una vuelta sorprendida, no sabía en donde se metía, demasiada tecnología para lo que ella estaba acostumbrada. Puso una mano sobre su pecho apaciguando el susto, dando dos pasos cuidadosos observando a su alrededor, esperando alguna otra sorpresa. Llegó a su puesto donde guardó el bolso, observó ambos computadores que ya comenzaban a mostrar las agendas con la planificación semanal, el de ella mostraba unos cuantos recados de los cuales varios eran respuesta de lo que había enviado el día anterior. Ordenó algunos papeles en el puesto de Rebecay luego se dirigió hacia la cafetera para encenderla y estuviese lista para cuando su jefe deseara un expreso caliente y fresco. Contempló el lugar pensando en que debía hacer. Su primera obligación era preparar la sala para la conferencia entre el señor Gottier y su socio Miguel Sifuentes. Nerviosa se cuestionó donde sería, podría ser en la oficina o en la sala de reuniones que aún no tenía idea donde se encontraba.