Ella con cordialidad fue asintiendo en forma de saludo y dando la mano a cada personaje que el abogado le presentaba. El primero era un hombre alto y delgado, cabello y ojos color marrón. Sus facciones delataban su herencia latina por padre y madre, tal como leyó en su expediente, lo que le daba ese aspecto dulce y sonriente al saludarla. Aquel era Samuel Dimonte. Luego le dio la mano a Esteban Castillo, un hombre más que empresario, parecía modelo de pasarela. Sus facciones finas y marcadas, junto con su cabello y vestuario, de seguro llamaban la atención en el género femenino. Sin embargo, cuando ella le dio una sonrisa, él pareció ignorarla como si se tratara de una rata. Tragó en seco intentando aparentar que no se sentía intimidada. Pudo distinguir por el rabillo del ojo que Javier ta

