capítulo 5

1873 Palabras
Sofia tuvo tres días para conocer la oficina de pies a cabeza: el funcionamiento, los trabajadores, sus nombres y función dentro del imperio, los cuales eran miles si recorría todos los departamentos, sin contar las instalaciones fuera del recinto o el país. Tuvo que aprender cada contacto de memoria anotado en la lista, nombre, números telefónicos, direcciones, asistentes y relación con el empresario. Debía recordar donde se guardaba cada documento, sector joyeria y sus derivados: tiendas, instalaciones, convenios; también la Manufactura y todos lo que conlleva la producción de las joyasde. Ahora entraba un nuevo proyecto en el cual era nuevo iba a invertir en la rama de los vinos, viñedos en La Toscana, en un pequeño pueblo medieval, con su socio Miguel Sifuentes, a quien solo conocía por video conferencia o llamados telefónicos. Le correspondía ir un paso delante de su jefe, conocerlo a la perfección para pensar antes de él lo que necesitara, un punto que descubrió desde el segundo día en la empresa. El hombre no acostumbraba a que alguien planificara por él, sino al contrario y eso fue su boleto de suerte que lograba su permanencia como su asistente personal. Todos llegaban a la conclusión que Sebastian Gottier por fin recibía de su propia medicina y se lo agradecían a la chica. Ningún grito o malas caras desde que tenía el puesto. Tuvo que memorizar a cada integrante de su familia, lo que por suerte no eran muchos ya que era una familia pequeña, pero cada uno tan importante como el otro. El señor Gottier no hablaba mucho de ellos y las veces que se comunicaban era por trabajo, a lo menos dentro de las paredes de este edificio. Quien más gozaba comunicación con él, era su madre, Luisa, una mujer hermosa, tal como vio en fotografías. Por teléfono era una mujer adorable, quien se encargaba de la fundación Pies descalzos. Solo lo hacía como ayuda a su único hijo quien ya no poseía tiempo para hacer más servicios. Su sueño era que su pequeño se casara así poder tener una mano que llevara su pesada y agitada vida, si bien, el hombre no se mostraba interesado en esa parte. La mujer manifestaba alegría cada vez que escuchaba la voz de Sofia al otro lado de la línea día tras día, o con solo el hecho de recibir un recado de su parte, decía que ya era costumbre que siempre fuera alguien diferente debido a que su hijo tenía un temperamento que no todos lograban manejar o soportar. Otro integrante era su padre, Felipe Gottier, un abogado de prestigio que trabajaba en asesoría legal dentro de Venezuela. Con éste había conversado una vez cuando invitó a su hijo a comer, éste no contestaba el celular por lo que no le quedó más remedio que llamar a su asistente para localizarlo. Parecía amable, no obstante, se escuchaba en su voz esa misma decisión y seguridad que su hijo poseia. Luisa Gottier, se encargó de hablarle, durante un par de horas, sobre los abuelos de su hijo, en una llamada mientras organizaban una cena benéfica para la fundación. Vivían en Cabudare, y pocas veces se veían. Eran los padres de ella y fue imposible sacarlos de esa ciudad, por lo que se mantenían en contacto y cada vez que podía iba a visitarlos. Le pidió el favor que siempre agendara una llamada a la semana para que Sebastian se comunicara con ellos. Fue una semana agitada, pero se sentía satisfecha de controlar cada paso que se daba en la oficina y tener el control, se sorprendía de sí misma al igual que Karla y Rebeca que aún no se creían que este fuese su primer trabajo. Se admiraron cuando Sofia les dijo que solo tenía veinti dos años, tuvo que dar una pequeña historia de su vida en Barquisimeto junto a su familia, la falta de dinero que no le permitió estudiar en una universidad y la necesidad de salir de ahí para buscar un nuevo rumbo, luego de que su familia murió. Las dos mujeres no volvieron a tocar el tema. Dentro del piso de Presidencia solo trabajaban cinco personas, aunque por lo general se presentaban cuatro. El más importante era el presidente, Sebastian Gottier, quien comenzó el desafío con las Joyerias Gottier. Luego Marta, jefe de operaciones, quien se encargó, el mismo día que el jefe dijo que se quedaba, en preparar su contrato indefinido para no tentar a la suerte si por cualquier cosa. Fue personalmente a que el hombre lo firmara antes de que la misma Sofia lo hiciera. La siguiente era Rebeca, asistente de operaciones, se encargaba de manejar una parte de los departamentos de toda el área social y relaciones empresariales. Y por último Sofia quien era los ojos y oídos de ese lugar para el gran empresario. El quinto integrante era Javier Dumot, el abogado principal de Joyerias Gottier, quien se encargada de todos asuntos personales del señor Gottier, contratos y supervisiones del área legal de la empresa. Fue enviado por Felipe como uno de los mejores del país para defender cualquier problema dentro del imperio. La única particularidad del hombre es que nunca lo podían encontrar en su puesto de trabajo y al parecer al señor Gottier no le molestaba, parecía acostumbrado a ese puesto fantasma dentro del edificio, aparte de que existía un piso completo de buenos abogados que se encargaban de los casos que ocurrían día a día dentro de las ventas y negociaciones. Al parecer el señor Dumot solo se encargaba exclusivamente de monitorear al departamento legal y no era necesario estar en su puesto para lograrlo ya que desde cualquier parte podia hacerlo con completa facilidad. Era viernes y Sofia sentía el agotamiento de una semana de trabajo intenso, pero se sentía confiada, creía estar haciendo un buen trabajo al llevar varios días sin ningún grito del jefe osea llevaba un record, algo que las mujeres festejaban como si hubieran sido campeones del mundo o de las olimpiadas. Al parecer era un récord que solo se escuchara el silencio, nadie amenazado, ni despedido. Karla le daba todo el mérito a la chica. Colgaba recién una llamada con la señora Gottier para solucionar algunos temas en la fundación cuando las puertas del ascensor privado se abrieron. Al no percibir a Camila descender y dando paso a otro hombre, frunció el ceño. Éste era de altura promedio y corpulento, cabello oscuro, ojos marrones y una sonrisa contagiosa. Al pasar la mirada por el vestíbulo se detuvo en ella sonriendo con más ganas; con paso firme se acercó a su escritorio. —Tú eres Sofia Montenegro —la chica asintió con timidez—, debía ver con mis propios ojos a la leyenda de esta oficina a la mejor. —ella no sabía que decir ni cómo reaccionar—. Lo siento, estoy emocionado, soy Javier Dumot. El hombre le tendió la mano sobre el mesón de la recepción, la chica cohibida, hizo el mismo gesto recibiendo un apretón de mano que podría haberle destrozado la suya de la fuerza que tenia. Concentrándose, volvió a su comportamiento habitual, le ofreció ayuda y un café. El hombre aceptó este último pidiendo que se lo llevara a la oficina de Sebastian. Sofia le avisó que el señor Gottier no quería ser interrumpido, lo que al parecer no le importaba, igualmente caminó en aquella dirección. La chica temió lo peor. Rápidamente preparó el café, hizo otro para su jefe por si eso apaciguaba el mal genio o los futuros gritos que se escucharian, de seguro no escapa esta vez. Con las manos temblando hizo lo posible por llegar con el líquido por completo en la taza, no deseaba volver a empezar y retrasar todavía más. Respiró hondo antes de tocar. La voz del señor Dumot le dio el paso a la oficina... una... dos veces, sin embargo, no se movió hasta escuchar la voz de su jefe; volvió a inhalar y abrió la puerta. Ambos estaban sentados en la salita mirándola con detención. El señor Gottier serio como siempre, meticuloso a cualquier comentario para responder correctamente lo que preguntara. El señor Dumot llevaba una sonrisa traviesa, como si conociera a la perfección al hombre que enfrentaba. Éste le regaló la misma sonrisa agradeciendo el café. En silencio dejó la bandeja sobre la mesa, acercó una taza hacia el hombre serio y de reojo miró el escritorio verificando que no tuviese otra taza de café humeante. Se sobresaltó ante las palabras del abogado. —Así que por fin has conseguido a alguien que aguante tu mal humor. —Javier —advirtió el empresario, aun cuando su acompañante ni se inmutó. —Discúlpame amigo, pero que haya durado más de tres días y no has dado ninguno de tus gritos característicos es porque Sofia sabe cómo contestarte o tiene poderes de super heroe que aún no has descubierto. —¿Necesita algo, señor Gottier? —preguntó la chica intentado salir del tema de conversación. El hombre negó. —No, puede retirarse. Rápidamente salió de la oficina hacia su puesto de trabajo. Estaba acostumbrada de que hablaran de ella en tercera persona a pesar de estar presente, eso sí, se sentía incómoda que la trataran como si fuera algo extraordinario, que lograra domar a unos de los empresarios más reconocidos y importantes del país. Volvió a concentrarse en su trabajo: llamados, documentos, citas con otros departamentos del edificio, ayudando a la Luisa Gottier con los últimos preparativos para la recaudación con la exposición y venta de las obras donadas. Sin darse cuenta ya llegaba la hora de almuerzo, Rebeca la invitó a comer y como siempre se negó agradeciendo de todas formas, el señor Gottier no salía de la oficina junto al abogado por lo que no quería estar lejos si necesitaban algo, tal como lo ordenó en su momento. Media hora más tarde los vio salir, el abogado contaba algo gracioso de lo cual no se reía su amigo, aunque no parecía importarle tal comportamiento. Ambos se subieron al ascensor, Javier Dumot se despidió con una seña antes de que cerraran las puertas. Volvió a respirar, tomó el vaso de agua que siempre conservaba a un lado tomándoselo de una sola vez. Ni una sola consonante por parte de su jefe. Se puso de pie dirigiéndose a la oficina de presidencia, ordenó el lugar, dejo los papeles importantes sobre la mesa para que fuera lo primero que viera y una nota sobre los preparativos de la fundación Pies Descalzos. Bajó los visillos ahora que el sol entraba con fuerza, se dio la vuelta y salió. Las siguientes horas pasaron rápidamente entre tanto trabajo, también ayudó a Rebeca con algunos proyectos que tenía pendientes y con nuevos trabajadores que necesitaban de un contrato urgente para comenzar oficialmente en la empresa. No se dio cuenta que el señor Gottier se hallaba detenido frente a ella, cuando ya era hora de salir. Le comunicaba que el lunes no estaría presente, a lo que ella asintió y le deseó un buen fin de semana. El hombre le miró más tiempo del necesario, asintió una vez antes de darse la vuelta y tomar el ascensor que lo esperaba junto con Camila dentro.
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