CAPÍTULO TREINTA Y CINCO Reece luchó con todas sus fuerzas mientras estaba ahí parado, atado al poste, con sus muñecas y tobillos atados detrás de él, incapaz de liberarse. Luchaba desesperadamente, y al mirar notó que todos sus hermanos de La Legión estaban luchando también, todos sin éxito. Estaban todos alineados, cada uno atado a un poste alto de madera, a tres metros de distancia entre ellos, dispuestos en semicírculo, para que los vieran los demás. Delante de ellos, apenas a seis metros de distancia, estaban ante el enorme hoyo resplandeciente de lava fundida. Grandes y pequeños trozos de lava eran arrojados de manera intermitente fuera del agujero, y Reece podía sentir el calor desde aquí. Mientras miraba, una pequeña chispa de lava salió volando en un arco alto y aterrizó en su a

