Él le sonrió. —Fácil. Te encuentras largos pelos rubios entre los cojines del sofá. Ya no te llegan tarjetas navideñas en pleno agosto con un mensaje ridículo que te hace sonreír ni tienes a quién mandárselo. Las mujeres se ruborizan a tu alrededor y no te parece natural, sino una copia del rubor de la chica original, que es el único que te interesa. El perfume que antes era de una persona… ahora es de otra. Incluso miras a tu perro a los ojos y sabes lo que echa de menos porque solo es un reflejo de lo que tú necesitas: ser feliz. Y yo soy feliz siempre —puntualizó, extendiendo los brazos—, pero tú duplicas esa ilusión de tal forma que me haces parecer un hombre triste cuando no estoy contigo. »Estoy al tanto de mis defectos porque los he visto gracias a ti —continuó. Sacó los dedos par

