Arichuna-Aramaipuro.
Palacio de Tiuna.
La noche antes del matrimonio...
Sara
Durante toda mi infancia he obedecido fielmente a mi padre. No hay palabra que él diga al cual yo me oponga. Por eso al saber que debía casarme con un príncipe francés para que ambas naciones fueran una sola, tampoco pude negarme.
No les diré que no siento un enorme pesar en mi pecho, porque realmente lo siento. Aún soy joven y quiero vivir, pero cuando los deberes van primero jamás podré negarme.
Mi refugio favorito siempre será la lectura. Siento que mis problemas se hacen pequeños o se van de mi mente cuando empiezo a leer.
Gracias a mi nana, Mara, que me ha cuidado desde que tengo uso de razón, aprendí el hábito de leer. Pero no de esos tipos de clásicos que te enseñan en la escuela.
¡Oh, no!
He leído sobre el amor, lo paranormal, el suspenso y el terror. No soy fanática de las historias de hombres lobos, vampiros, brujas, hadas.
Nada de eso me gusta.
Lo veo tan fuera de lugar y poco creíble. O sea, estamos en el 2020. No puedo creer que todavía existan personas que piensen que lo sobrenatural es real.
¡Todo es ficción!
—Sara —la voz de mi nana me saca de mi ensoñación—, tu padre te está esperando en el despacho.
—¿Debo ir? —le pregunto, ella asiente con una sonrisa—. Bien, ya nada puede ser peor que el casamiento.
—Puedes ir a la torre después de ver a tu padre —suspiro—. Ya preparé las galletas y el chocolate para que puedas tener tu noche de lectura.
—Nana, es mi última noche aquí con ustedes —admito triste, ella me da una sonrisa cómplice.
—Vendrán cosas mejores, mi niña —se acerca y me da un abrazo—. Eres fuerte podrás con todo. Tu nación te ama y se unirán más personas a ustedes.
—No estoy preparada para casarme —un nudo se forma en mi garganta—. No podré ser libre ni opinar. Sé qué tipo de funciones debo cumplir como esposa de semejante príncipe francés.
—Sara... —la voz de mi nana se escucha triste.
—Deseo estar en otro lugar. Así como en los cuentos que leo —me levanto del sofá de mi habitación—. Soñar no cuesta nada, nana.
—Cumpliré siempre sus órdenes, su alteza —responde, la miro mal, pero la dejo ahí porque debo verme con mi padre.
Mi nana Mara es una señora de 56 años de edad. Es una hermosa mujer caribeña, su tez bronceada la hace parecer siempre más joven. No oculta su cabellera gris y siempre está de punta en blanco.
«Me hubiese gustado conocerla en su juventud», sonrío ante mis pensamientos.
*****
Después de unas cuantas horas con mi padre, tomé una ducha y me dirigí a la torre que está más alejada del palacio. Casi nadie viene aquí. Solo mi nana y yo sabemos realmente cómo luce este hermoso lugar.
Entro a la torre y me gusta lo que veo. Me tomó muchos años llevarlo a dónde está hoy. Es una torre alta, de paredes de piedra y dos ventanas pequeñas. El suelo lo diseñé para que fuera una alfombra de césped, instale una carpa en medio de la torre, usé luces en forma de lágrimas para que fueran similares a las estrellas fugaces. Las colgué en una cuerda para que pudieran sostenerse. Hay varías almohadas y cojines alrededor de la carpa y al fondo, pero no menos importante, se encuentra la biblioteca. Ella abarca toda la pared y es de cristales.
Ya la biblioteca estaba aquí cuando vine la primera vez.
Miro hacia una mesa de comedor en forma de troncos. Hay un libro viejo mal puesto. Al parecer a mi nana se le olvidó. Me acerco a la mesa y tomo el libro, me siento en un puf que también había en la torre. Lo acaricio quitándole algún rastro de polvo y veo que realmente es viejo.
—Es el libro favorito de mi nana —murmuro, paso mi dedo por el escrito invisible que estaba en la parte superior—. Yara, eres mi luna.
¿Quién es Yara?
Leo la sinopsis y unos cuantos capítulos del libro. Me parece aburrido después de las primeras páginas leídas. Las historias de lobos no son mi fuerte. Cierro el libro y lo dejo a mi lado, me meto en la carpa y empiezo a leer otra historia.
Pasada la madrugada acomodo y apago todo para salir de la torre. Cuando abro la puerta que da al jardín del palacio, mi sorpresa es que no estoy en el jardín.
Era de día y el viento del bosque me daba escalofríos. El silencio abundaba en el lugar y ni un alma se asomaba por aquí. Camino unos cuantos pasos más y leo el nombre de un vecindario supongo yo.
Manada Guaico.
Bosque...
Silencio...
Manada...
¿Manada?
¿Exactamente en dónde estoy?