Brisa:
—Respira... —me dice—. Mírame y respira. —le observo y niego. Se me hace difícil respirar por culpa del dolor.
Hago varias muecas y suelto varias quejas.
—No puedo, Gastón. Me duele mucho —acaricio mi panza.
Puedo notar que mi novio acelera la velocidad del coche.
—Amor... —digo y vuelvo a hacer muecas de dolor—. No aceleres tanto. Podríamos tener un accidente —vuelvo a mirarle.
Sé que está intentando mantener la calma, pero para su mala suerte no lo está logrando, pues puedo notar que está temblando y su respiración es algo acelerada. Aunque, su nerviosismo no se compara con el mío, ya que la que dará a luz por primera vez a un bebé seré yo.
—Gastón, en serio. ¡No aceleres tanto o podríamos chocar!
Suelto un pequeño grito.
Las contracciones son aún más fuertes al pasar de los segundos.
Una de sus manos depara en mi pierna izquierda. Acaricio su mano, mientras siento el temblor de su cuerpo.
Puedo sentir las gotas de lágrimas y sudor deslizarse por mi rostro.
—Ya casi llegamos. Todo saldrá bien, no te preocupes —intenta tranquilizarme. Su voz tiembla mucho, lo cual hace notar su alteración. Está asustado, es evidente.
Tomo grandes bocanadas de aire. Cierro mis ojos y aprieto con fuerza la mano de Gastón.
En los controles que me he hecho con mi ginecóloga, me habían explicado que las contracciones que sentiría serían demasiado fuertes, pero no me imaginé que fueran tan dolorosas.
—Gastón, me duele —me quejo.
—Ya casi llegamos —me observa y vuelve su vista al frente—. Aguanta un poco más.
Él se ve más asustado de lo que estoy yo. Era de esperarse, pero quiero que se tranquilice. Estamos en el auto y que el que él esté tan nervioso y desesperado es peligroso para los tres.
Abro la ventanilla del auto con rapidez. El encierro del coche comienza a asfixiarme.
Tomo y suelto aire repetidas veces. Cierro mis ojos y continúo acariciando mi panza. Vuelvo a soltar otro grito al sentir otra maldita contracción. De todas las que he sentido, esta ha sido la más dolorosa.
—Mierda...
Abro mis ojos y giro mi cabeza para ver a Gastón. Debo de estar asustándole con mis gritos, pero él también sabía que esto tarde o temprano pasaría.
Aparca el coche y se baja de este con rapidez. Lo observo rodear el auto y abrir la puerta del lado del copiloto para ayudarme a bajar.
Me duele. Me duele al moverme. Lo bueno es que mi novio ha podido ayudarme a salir del vehículo.
Caminamos hacia la entrada del hospital y varias enfermeras se acercan de inmediato para ayudarme. Es evidente que estoy a punto de dar a luz.
Stefania:
—¿Crees que esté bien?
Miro a Isaac mientras intento tranquilizar a Kendall.
—¿Tu hermana? Sí, pero obviamente debe de estar adolorida. —beso la mejilla de mi beba.
—Y, ¿cómo crees que esté Gastón?
—Posiblemente esté asustado y alterado como tú estuviste el día que nació tu hija —me mira y sonríe.
—Y, ¿tú no estás nerviosa por Brisa? —interroga.
—Claro que sí. Es mi mejor amiga, pero sé que ella estará bien. —vuelvo a besar a Kendall—. Y, ¿tú lo estás?
Asiente.
—Claro, es mi hermana —responde.
Luego de varios minutos de viaje, mi novio aparca el coche en el estacionamiento del hospital. Apresuramos nuestro paso hacia la entrada y nos dirigimos al piso en el que mi amiga tendrá a la bebé.
Caminamos por el pasillo y tomamos asiento en las sillas de la sala de espera.
—¿Cuánto crees que durará el parto?
—No lo sé —le respondo—. Depende. No todos los partos son iguales. Algunos tardan más y otros tardan menos.
Siento que mi celular vibra en mi bolsillo delantero de mi pantalón.
—Tenla —le paso a Kendall a su padre.
Isaac besa la mejilla de nuestra bebé y no puedo evitar sonreír al ver que mi hija sonríe. Es tan hermosa.
Tomo mi teléfono. Es un número privado, lo cual hace que dude unos segundos en atender.
Decido deslizar mi dedo por el botón rojo.
Cuando estaba apunto de guardar mi móvil, este vuelve a sonar. Vuelvo a deslizar mi pulgar en el botón rojo.
Recuerdo que a mi mejor amiga la llamaban desde un número privado, por lo cual no debo contestar la llamada. Puede que esté siendo paranoica, ya que los integrantes de "D.M" no volverán a molestarnos, dado a que dos de ellos están tras las rejas y uno de ellos muerto.
Vuelve a sonar por tercera vez.
Ruedo los ojos y decido apagar el teléfono. Quién sea que me esté llamando, se está poniendo bastante pesado o pesada.
Guardo el móvil.
—¿Por qué no has contestado?
—Porque era un número privado —le digo—. Me hace recordar lo que ha pasado con tu hermana. Ya sabes... Las amenazas y eso.
Asiente.
Brisa:
—Vamos, amor. Yo sé que tú puedes —me alienta mi novio.
Tomo todo el aire que puedo y pujo.
Esto es realmente difícil. Mucho más dificultoso de lo que imaginé que sería.
Suelto varias quejas y pequeños gritos, mientras presiono con fuerza la mano de Gastón. Me he detenido tan sólo unos segundos para observarle, segundos en los cuales pude notar que cada vez está más nervioso y asustado. No es el único, ya que ahora creo estar peor que él.
Vuelvo a quejarme por milésima vez. Mis ojos siguen inundados de lágrimas y mi rostro está cubierto por una capa de sudor.
Vuelvo a tomar aire y a pujar.
Soy totalmente inexperta en todo esto, es más que obvio.
—No... —miro a Gastón y niego—. No puedo. No puedo —repito.
—Sí, sí puedes —me dice—. Yo sé que puedes hacerlo. Sólo puja un poco más y lo lograrás —tomo y suelto aire repetidas veces—. Piensa que cuando esto termine podremos estar los tres juntos en nuestro departamento en Nueva York —me sonríe e intenta calmarme—. Sé que puedes. —asiente. Veo las lagrimas de emoción en sus ojos.
Asiento y vuelvo a pujar con mucha más fuerza.
—Eso es, linda —oigo decir a la obstetra—. La cabesita ya ha salido —me dice y logro calmarme un poco. Por lo menos ahora sé que ya casi terminaré de dar a luz—. Vamos, un poco más fuerte. Puja un poco más fuerte.
—Vamos, amor.
Presiono la mano de Gastón con toda la fuerza que puedo ejercer y vuelvo a pujar.
—Ya casi. Ya casi —vuelve a hablar la obstetra—. Lo estás haciendo genial, linda. Sólo puja con un poco más de fuerza.
Esto parece durar una eternidad. Y pensar que hay mujeres que tardan todo un día en traer a un bebé al mundo.
—Ya casi, Brisa —Gastón me sonríe e imito su gesto.
—Eso es —dice la doctora—. Eso es.
Oigo el llanto de un bebé.
Por mi cuerpo recorre una sensación de completo alivio. Me siento relajada y totalmente cansada.
Puedo notar el subir y bajar de mi pecho, que a al paso de los segundos va disminuyendo la velocidad.
Miro a mi novio. Este tiene lágrimas recorriendo por sus mejillas, lo que provoca que yo también derrame algunas.
No puedo creerlo. Soy madre. Tengo una hija con la persona que más amo. A pesar de estar adolorida, debo decir que nunca antes he estado tan feliz como lo estoy ahora.
La boca de Gastón se acerca a mi mejilla para plantar un beso.
—Te amo —susurra en mi piel.
—Te amo.
Una de las enfermeras que estuvo presente en el parto, nos enseña a mi novio a mí, a nuestra hermosa pequeña.
—Es preciosa —comento. Mi vista comienza a nublarse un poco más por las lágrimas producidas por la emoción.
—No hay duda de que se parecerá a ti —dice Gastón. Yo le sonrío.
(...)
Acuno a Emma.
Desde que la tengo en mis brazos no he parado de sonreír. Es que... aún no puedo creerlo. Soy madre. He formado una familia con la persona con la que menos imaginaba que tendría un bebé. Definitivamente, hace un año atrás, si alguien me hubiese dicho que todo esto pasaría en un futuro, jamás le hubiese creído.
Gastón se encuentra a mi lado, observando a nuestra bebé con atención.
—Tenla —le digo y me mira. Le paso a Emma con cuidado para que no se despierte. Besa su mejilla y continúa observándole descansar.
No hace más de unas horas que he dado a luz. Debo decir que me siento relajada y adolorida, pero lo peor ya ha pasado.
Stef y mi hermano han venido a verme luego de que la bebé nació, pero lamentablemente no podían quedarse ya que los horarios de visita habían terminado. Por suerte dejaron que Gastón se quedara conmigo, ya que no me hubiese gustado que se fuera de mi lado.
—¿Cuándo crees que podríamos irnos a Nueva York? —pregunto en tono suave para que Emma no se despierte.
—La próxima semana —asiento—. ¿Te parece bien? —me mira.
—Sí.
Ya que me he recibido y que he tenido a Em, es hora de volver a mi ciudad natal. Dentro de unos meses comenzaré a trabajar en la empresa de mi familia, por lo tanto, con mi novio nos mudaremos a Nueva York. Ya hemos alquilado el departamento, sólo debemos confirmar la fecha en que nos iremos de la ciudad.
(...)
Stefania:
Me abrocho el cinturón del coche, seguido de acomodar a Kendall en el bebesit.
Con Isaac y mi hija, nos mudaremos de Los Ángeles.
El mes que viene comenzaré a trabajar en la empresa familiar de mi novio. Ya me he recibido hace algunos meses, por lo tanto, debo comenzar a trabajar como administradora junto al padre de mi hija.
Me remuevo incómoda en el asiento. Estoy algo preocupada y pensativa.
—¿Qué te sucede? —me pregunta Isaac.
—Nada —me limito a contestar.
—¿Segura? Estás muy rara desde ayer. —le miro.
—No, amor —miento y le regalo una falsa sonrisa—. Estoy bien, en serio.
Asiente y me sonríe.
Apoyo mi cabeza en la ventanilla del coche, recordando lo de hoy.
Las horas de visita han terminado, por lo cual iremos a casa a terminar de empacar.
Salimos del hospital y caminamos hacia el auto.
Decido encender mi celular para revisar si tengo algún mensaje importante.
Espero varios segundos para que encienda por completo. Tengo once llamadas perdidas de aquel número privado del cual he recibido llamadas antes de decidir apagar el celular.
¿Por qué tantas llamadas?
También tengo un mensaje del mismo pesado o pesada que me ha estado llamando sin parar.
Presiono para ver el mensaje.
"¿Por qué no contestas, Stef? Te he llamado muchas veces. Será mejor que contestes la próxima vez que marque tu número. Es una advertencia.
Por cierto, Kendall es muy bonita. Se parece a ti y a su verdadero padre.
–?"