~ Capítulo 01: Empezando de cero ~

2595 Palabras
“You kill me, but i survived. and now i'm coming alive”. ~•~•~•~•~•~•~•~• ~•Leslie•~ ~•~•~•~•~•~•~•~ Salí corriendo de la improvisada habitación y tropecé con una de las cajas que estaban tiradas por todo el salón; le pasé por encima y corrí a la cocina, alarmada por la cantidad de uno que desprendía el tostador. —¡Maldición! —gruñí cuando tuve esos dos cuadrados chamuscados en mis manos, no recordaba cuándo había sido la última vez que no se me había quemado el pan. Con un cuchillo quité todo lo que pude de la coraza negra que cubría mi desayuno y untándole un poco de mermelada me la llevé a la boca... Horrible, pero no había otra cosa, no quedaba tiempo para nada más. Tomé las llaves y el bolso y corrí nuevamente hacia la puerta, está vez tropezando con un rollo de papel tapiz que había caído en el suelo. —¡Maldición! —Lancé el rollo al pequeño closet de aseo y dejé caer mi cabeza hacia atrás, miré el reloj, iba a ser un día de mierda en serio si no eran ni siquiera las ocho y ya yo había maldecido dos veces. Tomé el último bocado de tostada dándole un vistazo a mi departamento... si es que aquella caja de zapatos podía llamarse así. Había rentado ese diminuto espacio en Darndale hacía apenas tres días, era una pocilga, no había otro adjetivo, pero al menos era solo mío, vivía como en una cueva, pero era mil veces mejor que compartir una habitación en la casa de la señora McHills, sobre todo si cada mes me lanzaba alguna rara compañera nueva. Suspiré al recordar aquella loca chica que había sido la última gota de mi vaso, entendía que yo estaba desesperada por tener un techo, pero la mujer fumaba hierba cada noche, colapsando la habitación de uno y McHills no decía nada. Sí, estaba mejor en aquel hoyo de dos ventanas y todo en un solo espacio. Luego de haber conseguido un nuevo empleo, mi situación económica había mejorado bastante, seguía teniendo que comer pan quemado porque no podía darme el lujo de perder ni una rebanada, pero al menos había podido costearme un espacio para mí. Luego de abandonar Sudáfrica huyendo de Kyle, había terminado en Dublín, con poco más de cinco mil euros, sin un solo conocido y... muerta de miedo, a veces me aterraba la posibilidad de que él pudiera encontrarme, pero intentaba tranquilizarme a mí misma diciéndome que el mundo era demasiado grande, y los destinos innumerables, como para que Kyle Tucker pudiera encontrarme de buenas a primeras, sobre todo porque Dublín nunca estuvo en mis planes, quedarme mucho menos, pero hubo algo que me instó a quedarme, algo muy dentro de mí me decía que era ahí donde encontraría mi lugar, y yo estaba dispuesta a buscarlo. Por eso, ese primer día rondando los barrios humildes donde pudiera pagar una habitación, ya que los moteles consumirían mis ahorros, si es que podía llamarles así... el asunto aún me avergonzaba, pero ver el aviso de “Se renta habitacion” en la puerta de aquella casa había sido como un coro de angeles para mí en aquel entonces, pero ahora estaba realmente en el paraíso. Me tomaría algunos meses, quizás, pero lo convertiría en un buen lugar para empezar de cero... Si mi nueva vida comenzaría ahí, me aseguraría de hacerlo un espacio acogedor, y trabajando en “Callaghan & McEvans" lo lograría. Era un buen empleo que, nuevamente, el cielo ponía en mi camino, trabajar como la segunda secretaria de un importante contratista local si bien era aburrido, pagaba decentemente. «A menos que te despidan, idiota», ladró una voz en mi interior, al ver la hora una vez más, salí del apartamento como una flecha. ~• * •~ —Llegas tarde... otra vez —dijo Anabelle al verme entrar a la oficina. —Lo sé, lo siento... Me quedaré un poco más luego de salir. —Sabes que al señor Aidan no le gusta que nos quedemos hasta tarde —gruñó la mujer, poco dispuesta a ser comprensiva —. Lo compensarás en el almuerzo. Suspiré, pero asentí. Anabelle Green era la secretaria principal de la oficina, la mano derecha del jefe... una maldita bruja; la mujer me odió desde que entré a esa oficina por primera vez, tuve suerte de que contratarme no dependiera de ella, pero aún así, se aseguraba de hacerme la vida imposible. Yo no solía ser maniática, pero estaba segura que ella pasaba sus días nada más que esperando que yo me equivocara para poder restregármelo en la cara, y aunque yo trataba de no meter la pata... no podía hacer nada contra la Sherlock Holmes que vivía en ella. —Buen día, damas —saludó el jefe al entrar, y maldije por tercera vez en el día cuando recordé que aún llevaba el bolso al hombro y la bufanda puesta... sabría que estaba apenas llegando al trabajo, pero algo que jugaba a mi favor y en contra de Anabelle, era que Callaghan era quizás de las almas más puras del planeta... o yo le caía muy bien, porque él siempre era comprensivo conmigo, prueba de ello fue que notó el bolso colgado a mi hombro y solo se limitó a sonreír y seguir a su oficina mientras le llovían los “Buenos días”. Anabelle me fulminó con la mirada y me indicó que fuera a mi asiento, cosa que hice de inmediato. La mañana transcurrió sin contratiempos, pero fiel a sus palabra, cuando llegó la hora de almuerzo, la mujer se alistó para marcharse no sin antes darme la orden de no interrumpir a Callaghan, que estaba a mitad de una videoconferencia, y recordarme que mi almuerzo lo tomaría en veinte minutos luego que ella regresara, y a juzgar por el hecho de que llevaba detrás a casi todo el departamento de administración, asumí que eso no sería pronto, pero nuevamente... ¿Qué más me quedaba sino solo aceptar el castigo de la bruja? Quince minutos después de que Annabelle se marchara, las puertas del elevador se abrieron y un hombre apareció ante mí... deslumbrándome por completo. Era un sujeto joven, no le calculé más de treinta años, de cabello n***o azabache lo suficientemente largo para que pudiera peinarse hacia atrás y acomodarlo tras sus orejas; tenía cejas oscuras y marcadas, y tenía un porte de superioridad envidiable, incluso aunque no había nadie en el salón él caminaba como pavoneándose para el mundo. Vestía un hoodie gris, pero se podía ver que tenía un cuerpo atlético; era indiscutiblemente un hombre apuesto... Sexi, pero lo que más me impactó fueron sus ojos; cuando llegó al escritorio, fijó su mirada en mí y sentí que todo a mi alrededor desaparecía en un chasquido. —Hola, buen día... —Contrajo el gesto un segundo y ladeó la cabeza—. A ti nunca te había visto aquí. Aquellos grandes y alegres ojos color ámbar eran tan perfectos que me hicieron olvidar mi idioma, porque no encontraba cómo responderle. —Ehm... Sí... Dos semanas —logré decir un rato después. —¿Dos semanas? —Sí, es que soy nueva —dije como si fuese una n!ña aprendiendo a hablar. —Ah, claro... entiendo. —Sonrió nuevamente, y sentí como si aquel gesto, a miles de millas de distancia, estuviese derritiendo algún iceberg a la deriva; era una sonrisa divina. Pero no era la primera vez que alguien me sonreía así, y por experiencia sabía que los hombres con sonrisas así eran un corazón roto en potencia... Yo no estaba para caer en eso nuevamente, no le permitiría a nadie más herirme así. —¿Me indica en qué puedo ayudarle? —pregunté seriamente para dejarle claro que conmigo no había lugar para flirteos. —Ah, sí... Vengo a ver al jefe —dijo con una gran sonrisa. —¿Me indica su nombre, por favor? —¿Perdón? —preguntó él, y al alzar la mirada lo encontré viéndome con incredulidad. —Que me diga su nombre, para buscarlo en la lista... ¿Agendó una cita, no? Él alzó las cejas una vez más y su sonrisa se ensanchó, parecía divertido, como si yo estuviese diciendo algún chiste. —Ah, es en serio... —comentó divertido—. Pues... Me llamo Logan, pero mi nombre no estará en esa lista, se supone que mi visita es una sorpresa. —Apretó los labios y me miró suplicante. —Pues si no tiene cita me temo que no puede ver al señor Callaghan. Cerré la libreta y apoyé mis manos sobre la mesa, cada vez más molesta de la sonrisa burlona del hombre, ¿qué diablos le pasaba? —¿Crees que podrías, al menos, decirle que estoy aquí? Solo para ver si puede atenderme. —Juntó ambas manos como en medio de una plegaria. —El señor Callaghan se encuentra a mitad de una videollamada, y pidió que no se le interrumpiera, así que... —No importa, esperaré... Necesito verlo —insistió, dejándome maniatada. —Vale, pero tendrá que esperar allá sentado. Señalé hacia las sillas pegadas a la pared, lejos del escritorio, estaba muy equivocado si creía que lo iba a dejar ahí para que siguiera dándome sus miraditas de seductor. —De acuerdo, esperaré sentado... allá —accedió sin borrar la sonrisa de su rostro. El hombre tomó asiento, pero incluso así parecía robar todo el espacio a su alrededor, tenía un aire imponente que contrarrestaba su apariencia juvenil y despreocupada, sentía pena por la chica que tuviera que intentar resistirse a él, porque ese era un hombre imposible de ignorar, lo comprobé cuando luego de cinco minutos intentando concentrarme en el monitor del ordenador, solo podía ser consciente de que él no dejaba de mirarme... Y que mantenía aquella estúpida sonrisita. —Todo esto está muy solo hoy. ¿Annabelle está enferma? —preguntó un rato después, señalando hacia el escritorio de mi compañera, por lo visto la conocía. —Annabelle está en su hora de almuerzo con el resto de las chicas. —¿Y por qué tú no estás con ellas? —Alguien debe quedarse a atender el teléfono. —Mmm... Claro, Aidan Callaghan es un hombre importante. —Exacto. —¿No eres irlandesa, cierto? —preguntó de pronto, haciéndome fruncir el ceño. —No. —Es que tu acento es algo diferente... Parece escocés, pero... hay algo distinto. ¿Me dirías de dónde eres? —¿Eso es relevante de algún modo? —respondí un tanto incómoda por su interrogatorio, sobre todo porque había acertado; vivir tanto tiempo en Sudáfrica alteró un poco mi acento, pero incluso así no pudo desarraigar la semilla escocesa de mi hablar. —No, solo intento hacer conversación... Este lugar está tan silencioso que empieza a dar miedo. —Me gusta el silencio... Ayuda a pensar —respondí encogiéndome de hombros. —Eres como mi hermano entonces, mi cerebro en cambio funciona mejor cuando hay muchas cosas pasando a mi alrededor. —Bien por usted, no todos tenemos esa capacidad. —¿Puedo preguntar cómo te llamas? —Solté un resoplido mudo ante su pregunta, era un sujeto insistente. —Me llamo Leslie —De inmediato me deleitó con la más radiante de las sonrisas, y aunque todo mi ser quería resistirse... fue imposible no sonreír en respuesta—. ¿Qué pasa? —Nada, es solo que... Es un lindo nombre, me agrada. —Otra de esas sonrisas encantadora. —Bueno... gracias, supongo —murmuré, maldiciendo el hecho de que parecía ser vulnerable a sus encantos. La situación se prolongó un rato más, haciéndome cada vez más consciente de sus movimientos, sentía que me partiría por la tensión, y él en cambio lucía de lo más relajado, incluso parecía estarlo disfrutando. Luego de un buen rato, las puertas del elevador se abrieron y Annabelle y las chicas volvieron. —¡Logan! —exclamó mi compañera, sonriendo por primera vez desde que la conocía, lanzándose a los brazos del visitante—. Dios, estás más guapo que la última vez que te vi, no sé cómo lo logras, ¿cuándo volviste? —Llegué hoy, de hecho... tengo las maletas en el auto, vine directo del aeropuerto. —Ya veo... pero... ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no has entrado? —preguntó Annabelle confundida, y entonces empecé a preocuparme. —Bueno, es que... Leslie me dijo que estaba en una videollamada y que había que esperar a que terminara. —Tan pronto como el tal Logan dijo aquello, Annabelle me miró alarmada. —¿Qué? ¡Leslie! ¿Cómo dejas esperando al hijo de Aidan? —Mis ojos se abrieron de par en par me puse de pie de un tirón. —¿Hijo? Yo no... no... No podía dejar de tartamudear, a medida que procesaba la información me iba dando cuenta de la metida de pata que había hecho. —Anna, calma... Ella yo sabía que yo era familiar, es nueva aquí, no pasa nada —intervino Logan, alzando una mano para callar a la mujer. —¡¿Pero cómo no va a saberlo?! —No lo sabía, y ya —siguió el hombre, encogiéndose de hombros—. Solo hacia su trabajo, es nueva y no había nadie aquí para ayudarla. Capté que aquello, aunque lo decía con amabilidad, parecía ser un reproche para Annabelle, que se removió inquieta y asintió, al menos tuve que agradecerle eso. —Bueno... En fin, obvio que puedes entrar, Logan. Tu papá estaba en una videollamada con Lauren, no pasa nada si interrumpes. —Excelente. Gracias, Annabelle... —asintió él antes de acercarse a mí escritorio y sonreírme—. Gracias, Leslie. —Lo siento, no sabía que... —Descuida, no pasa nada —aseguró sonriendo para luego dirigirse a la oficina de su padre y desaparecer tras la puerta. —¿Acaso enloqueciste? —gruñó Annabelle a media voz mientras tomaba asiento tras su escritorio. —En serio lo siento, no sabía que era su hijo y él nunca me dijo quién era —intenté defenderme. —¿Por qué tendría que hacerlo? —resopló—. Logan Callaghan no necesita presentaciones, no entiendo cómo no pudiste reconocerlo. —¿Reconocerlo? ¿De qué hablas? —pregunté intrigada, por lo que Annabelle me dedicó otra mirada sorprendida... Más que sorpresa, parecía shock, en realidad. —¿Intentas decirme que no sabes quién es Logan Callaghan? —¿Debería? —Annabelle resopló con cinismo y asintió. —Logan es uno de los integrantes de Donhaim. —Hizo una pausa, como si eso explicará todo, pero entornó los ojos al ver que yo seguía confundida—. Ese chico es uno de los mejores cantantes de la actualidad, ha ganado todo lo que se puede ganar en la música... Y es uno de los hombres más s3xis de la industria... obviamente. Y tú acabas de hacerlo esperar ¿por cuánto tiempo? Para que pudiera entrar a ver a su padre... Nada bien para la primera semana, Leslie... nada bien. Tragué con dificultad luego de aquella revelación... ¿Un famoso? ¿Y además hijo del jefe? Resoplé con resignación, segura de que sería despedida incluso antes de terminar la semana... ¡Adiós a mi nueva vida!
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