¡Virgencita!, ¿Y ahora cómo resuelvo esto?
—Señor Moronta, Señor Davis, ¿qué los trae por aquí?
Miran hacia atrás de mí, donde está la parejita; ellos se ven asustados y avergonzados, me resultaría extraño que no fuese así.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta el señor Moronta; aunque intente disimularlo, sé que está muy molesto.
En ese momento, mi instinto es ayudar a mi antiguo jefe para que el nuevo no sienta que su compra fue un error. Así que me sale decir…
—Bueno, creo que me llevaré al señor Davis a otro lugar —cierro la puerta. —¿Qué tal si vamos a solucionar su tema de lavandería?
Le señalo el ascensor; quiere replicar, pero luego decide seguirme. Miro al Señor Moronta; él me da una mirada de agradecimiento, luego entra a la oficina.
Guío al señor Davis; iremos al piso principal, donde se está habilitando su oficina. Debo reconocer que la situación fue incómoda; imaginen el cuadro: en frente, el nuevo y antiguo jefe, molestos por el bochornoso momento, mientras que atrás de mí está la parejita calenturienta, y yo en el medio de todo eso, ¡es de locos!
—No deberías tratar de salvar a sus amigos, señorita García —me dice.
Por instinto levanto las cejas por unos segundos al escuchar mi nombre. Espero que eso sea una buena señal.
—Mis amigos no son, compañeros de trabajo sería lo apropiado. Solo no quiero escándalos en la oficina.
Él sonríe por unos micros segundos.
Intento no mirarlo, pero es imposible; su presencia es poderosa, él irradia seguridad y confianza. John Davis es un hombre de unos cuarenta años muy bien llevados; debe de medir un metro noventa. Entre su sedoso cabello castaño claro se pueden apreciar mechones canosos que lo hacen ver más interesante a la vista de una mujer joven como… ¡Rayos! Debo dejar de estar pensando en esas cosas.
—Llegamos, señor Davis —digo cuando me obligo a salir de mis pensamientos hacia él.
—John, me puedes llamar por mi nombre —me dice, volteando a verme; sin embargo, no creo que sería lo correcto.
—No considero que sea lo apropiado, se puede dar a malas interpretaciones —abro la puerta de la que será su oficina cuando esté en la empresa. —Aún le falta inmobiliario; ya me estoy encargando de eso.
Le enseño la oficina; él me mira entrecerrando los ojos para luego entrar y sentarse tras el escritorio.
Se quita el saco aún manchado con el café que accidentalmente le hice derramar, hace un rato; debió de estar caliente. Quizás lo caliente no lo afecta; lo digo por su interesante apodo: Lucifer, y viéndolo sentado con una postura al estilo «negociando con tiburones», puedo entender el sobrenombre.
—¿Sueles ser tan formal? —me pregunta mientras acomoda su saco en el respaldo de la silla.
—En realidad, sí, creo en los límites, en el lugar de trabajo; así evitamos, bueno, ya vio lo de hace un rato —le expreso.
Él se recuesta del respaldo de la silla, mirándome como si intentara descifrar algo en mí.
—¿Tus límites también te impiden sentarte?
Hasta ahora me doy cuenta de que estoy parada frente a él.
—Oh, no, lo siento —me siento lanzando una risa nerviosa.
No entiendo qué me pasa con este señor.
—Señorita García, usted tiene una licenciatura en química cosmética, ¿no es así?
Se nota que leyó mi curriculum.
—Así es, señor Davis, es lo que estudié.
Él asiente.
—¿Me puede explicar qué hace en el departamento de ventas?
Esa es una interesante pregunta. ¿Cómo le explico que quiero conocer el funcionamiento de toda la empresa para luego crear la mía? Seré vista como espía.
Él tiene su mirada en mí en espera de respuesta.
—Bueno, creo que una empresa se mantiene próspera cuando sus colaboradores adquieren diferentes conocimientos y se desarrollan en todas las áreas —respondo y a él parece gustarle, ya que sonríe ligeramente.
—Claro, yo también lo creo —me dice. —Diego me ha estado hablando de usted; en vista del reporte que hizo la vez anterior, estoy considerando cambiarla de puesto.
—Disculpe, ¿qué dijo? —él ríe por mi reacción de sorpresa.
—Quiero que sean mi mano derecha en esta empresa. Estaré ocupado en Davis&Sura, no podré pasar todo el tiempo que me gustaría aquí, así que necesito a alguien como usted.
Por favor, díganme que no estoy soñándolo, díganme que en realidad él acaba de decir que me ascenderá de puesto. Este es el momento que estaba esperando.