La tormenta rugía afuera, el viento azotaba contra las ventanas de la pequeña casa de Ethan cuando escuchó los golpes desesperados en la puerta. Abrió, y allí estaba ella: empapada, temblando, con los cabellos pegados al rostro y los ojos brillantes de lágrimas. —No puedo… —susurró Madison, jadeando—. No puedo sacarte de mi corazón, Ethan… Él se quedó paralizado, como si el mundo entero se hubiera detenido. Y entonces, sin pensarlo más, la tomó entre sus brazos con una fuerza desesperada, como si temiera que desapareciera si la soltaba. Su boca buscó la de ella con urgencia, un beso áspero al principio, cargado de años de dolor contenido, que poco a poco se volvió profundo, ardiente, hasta hacerlos olvidar la tormenta que rugía afuera. Madison respondió con el mismo ímpetu, aferrándose

