Desde aquella mañana, Madison y Ethan dejaron de buscar excusas. Ya no había dudas ni murallas, solo una necesidad imparable de encontrarse, aunque fuera en las sombras. Se citaban en lugares pequeños, escondidos de todos: un café apartado en las afueras, una habitación de hotel donde nadie los conocía, incluso en el auto de Ethan bajo la lluvia, cuando la urgencia de verse no podía esperar. Cada momento juntos era una mezcla de adrenalina y calma: la ansiedad de ser descubiertos y la paz de tenerse el uno al otro. Madison inventaba salidas de trabajo, llamadas de último minuto. Ethan, con su habilidad para moverse sin ser visto, se las ingeniaba para colarse en su rutina sin levantar sospechas. Y cuando sus miradas se cruzaban en público, fingían indiferencia, aunque el fuego entre ello

