Cuando terminaron de recoger todo, Ethan se limpió las manos con una toalla y se giró hacia Madison. —Ya es tarde, debería volver a mi cabaña —dijo, con esa calma que siempre llevaba en la voz. Ella lo acompañó hasta la puerta. Allí, por un momento, ninguno supo qué decir; solo intercambiaron una mirada que pesaba demasiado. Ethan sonrió de forma leve, casi imperceptible, y se fue, perdiéndose entre los árboles con paso firme. Madison cerró la puerta despacio, todavía sintiendo el eco de su presencia en la casa. Cuando giró, su abuelo estaba de pie en el marco de la sala, con los brazos cruzados y una sonrisa que no era de burla, sino de certeza. —Ese muchacho… —dijo con voz grave, pausada—. Te mira como si fueras la única cosa importante en este lugar. Madison se quedó helada, tragan

