Madison, entre risas y canciones desafinadas que salían del grupo de amigos al fondo del bar, ya tenía las mejillas encendidas, no se sabía si por el alcohol o por la manera en que miraba a Ethan cada vez que él se acercaba a rellenar su vaso con agua en lugar de cerveza. Él, paciente, había mantenido un ojo atento toda la noche: primero ante el ex celoso que casi arruina la velada, y después ante la manera en que Madison se iba soltando demasiado. En un punto, cuando ella intentó levantarse de golpe para ir a poner una canción en la rocola y casi se tambalea, Ethan la sostuvo de la cintura con una mano firme. —Creo que ya es suficiente por hoy —dijo con esa voz grave, segura, pero sin perder el tono ligero—. ¿Qué dices si te llevo a casa antes de que termines bailando arriba de la barra

