Lugar correcto

1900 Palabras
Al siguiente día Juliana se despertó y preparó para su día, estaba de pie frente a su puerta, esperando a que saliera la rubia. No se iba a mover de ahí hasta no hablar con ella, apenas eran las siete de la mañana. Algún día iba a tener que salir de habitación. —¡Oh mierda! –chilló la rubia en cuanto abrió la puerta, lo primero que observó fue a Juliana frente a ella– ¿Me quieres matar de un susto? Juliana rió entre dientes, mirando de arriba a abajo a la rubia. Notando que estaba en top y con pantalones deportivos, al parecer iba a hacer ejercicio. —Tenemos que hablar Val. La rubia se mordió los labios, sin saber cómo salir de esa situación. No estaba lista para hablar de lo que había pasado anoche y no cree poder estarlo en mucho tiempo, es más, ni puede sostenerle la mirada a la morena sin sentir el rubor invadir sus mejillas. —Debo ir a correr. ¿Te parece más tarde? –intentó Valentina, mintiendo. No piensa volver a su departamento, estaba pensando en una estrategia para salir del país o del planeta. Pasó por su lado sin siquiera mirarla, escuchando los pasos de Juliana detrás de ella. —Entonces iré contigo morrita. –dijo la morena, saliendo con ella del departamento. Valentina se encogió de hombros, colocándose los audífonos para salir hacia la calle e iniciar su recorrido. No pensó que al despertar lo primero que vería sería a Juliana frente a su puerta, pensó que se encontraría durmiendo o algo así, pero no, estaba frente a su puerta, con una de las mejores sonrisas, su hermosa, blanca, deslumbrante y perfecta sonrisa. Ahora estaba detrás suyo, intentando correr a su nivel. La rubia puede escuchar sus quejidos. Al parecer no es muy deportiva. Miró de reojo como Juliana estaba una cuadra atrás, con las manos en las rodillas y la boca entreabierta. Su respiración era acelerada, pareciera que estuviera a punto de sufrir un ataque o algo peor. —Tttuu debes –la morena inhaló aire desesperada y repetidamente, ahora recordaba porque no hace ejercicio. Su saquito de huesos no es para eso–, debes de… —¿De ir más despacio? –le preguntó la rubia, soltando una risita. Mordiéndose los labios al notar el sudor que bajaba por la frente de Juliana. ¿Cómo era posible qué estuviera sudando con sólo correr unos cuántos metros?... —Tenemos que hablar morrita –Valentina rodó los ojos, colocándose de nuevo los audífonos, aunque no había ninguna canción en reproducción, en verdad no quería hablar de eso. Suficiente tenía con no poder dejar de pensar en ese beso, y en el hecho que existe la posibilidad de que le guste Juliana–. ¡No vas a huir para siempre! –le gritó, corriendo detrás de ella, intentando volver a alcanzarla. Valentina aumentó el ritmo, corriendo más rápido. Pasando por el parque. Sintiendo una fuerte adrenalina recorrer todo su cuerpo, por eso le encanta correr, la sacaba de su mundo, se siente libre y le permite poder pensar con claridad. Pero ni así podía pensar bien. No sabía lo que le estaba pasando, o quizás si lo sabe, pero estaba tratando de ignorarlo por miedo. La rubia sintió un tirón en su cabeza, un fuerte tiró. Obligándola a detenerse de golpe. Paró en seco cerca de un puente, ni se había dado cuenta de que ya había pasado el parque. Se llevó una mano a la cabeza, gimiendo de dolor. Siente que todo le daba vueltas, de repente todo lo visualizaba borroso. —Hey princesa. ¿Estás bien? –le preguntó la morena un tanto preocupada, levantando su rostro. Juliana la examinó de arriba a abajo, notando que su cara estaba pálida– Mírame. ¿Si? debes intentar respirar Val. Valentina estaba tratando de prestarle atención, de concentrarse en la suave voz de su acompañante. —Háblame de algo… –casi le rogó la rubia, dejando caer su cabeza en el hombro de Juliana. La morena suspiró, acariciando su espalda. Pensando en que estaba así por el esfuerzo tan repentino que hizo al correr y sin desayunar. –Estamos frente al puente de los candados –comentó Juliana, sin saber de qué hablar. Haciéndole señas a los guardaespaldas que se presentaron cuando Valentina sucumbió, ellos estaban detrás de ella y les solicitó para que se alejaran, todavía no entendía ni salía del asombro del porqué la rubia tenía dos guardaespaldas, pero ese no era el momento de cuestionar eso–. La historia cuenta que si colocas un candado con la inicial de tú nombre y la de una persona que quieras mucho, jamás se van a separar. Se debe cerrar el candado y lanzar la llave al agua, eso quiere decir que su amor será inquebrantable. La rubia levantó la cabeza, totalmente confundida. —¿Crees en eso? Por favor, es sólo una leyenda, estoy segura que ningunas de las parejas que han traído un candado aquí siguen juntas. –murmuró, dándose cuenta de que hasta el dolor había desparecido por estar al pendiente de la voz de la morena. —Si no fuera así, nadie colocaría uno. No estaría tan repleto de ellos… eres escritora, deberías de creer en que si hay un para siempre y en que todas las leyendas hay un poco de verdad princesa –Juliana suspiró, acariciando su mejilla sudada despacio–, mira, no te diré que soy muy fan de los para siempre, pero si te digo que si me enamoro de alguien estoy segura de que voy a querer un para siempre con esa persona. Valentina se echó un poco hacia atrás, sintiéndose egoísta. Pensando en que ella no podrá ni darle unos cuantos meses a una persona, se siente egoísta porque horas antes había besado a la morena y era posible que ella se había formulado ideas en su cabeza, no debió hacerlo, se dijo para sus adentros. —Lo de anoche no debió pasar. –murmuró Valentina, cambiando totalmente de tema, dándose la vuelta para volver al depa. No puede permitirse sentir cosas por Juliana, eso sería muy egoísta de su parte. La morena caminó a su lado en silencio, entendiendo la indirecta que le había dado. No es de insistir tanto con una mujer, además de que es la primera que se le da de rogar tanto, aunque Valentina valía la pena, o eso pensaba. Recordó que era hetero y que jamás le sería fácil semejante cambio, debía esperar, si estaba escrito que era para ella estaría allí paciente. Iba debatiendo mentalmente que eso debía hacer, pero su cuerpo parecía cobrar vida propia rechazando semejante necedad que salía de su mente. —¡A la mierda! –exclamó Juliana de repente, cuando estuvieron frente a la puerta de su depa. La pegó de golpe a ella, tomando por sorpresa a la rubia. Todo el control de Juliana se había marchado–, sólo quiero saber una cosa, dime si al menos te ha gustado el beso. Te juro que no volveré a tocar el tema, sólo quiero sab… –abrió sus ojos de par en par al sentir los labios de Valentina, tomándola desprevenida. Juliana tomó sus mejillas delicadamente, besándola con delicadeza. Iniciando un juego sin fin con sus labios, quitándole todo el aliento. "Es definitivo, si le gustó, tanto o igual que a mí, por lo que siento… esto es una señal", pensó la morena, chupando despacio su labio inferior. Colando su lengua, aprovechando que Valentina había entreabierto su boca, suspirando de satisfacción al momento que sus lenguas hicieron contacto, pero nuevamente la ojitos de cielo volvió a apartarla, cortando el beso en cuestión de segundos. —¿Qué me estás haciendo? –le preguntó la rubia sin apartar la mirada de sus labios, Juliana inhaló aire sin saber qué responderle. Tampoco sabía lo que estaba pasando entre ambas, de lo que sí estaba segura es de que estaba en el lugar indicado, dejando de lado todos sus nervios y cuestionamientos. —No lo sé, creo que lo mismo que tú a mí –susurró Juliana, volviendo a unir sus labios, pero la rubia volvió a apartarla, abriendo la puerta del depa y entrando–. No te resistas a esto morrita. –le dijo la morena, agarrándola por la cintura en cuanto entró. Sintió como su cuerpo se tensionaba. —No podemos hacer esto Juls. –comentó la rubia, dándose la vuelta. Mirando fijamente esos ojos cafés que tanto le quitaban el aire. —¿Cómo me llamaste? –sonrió y Valentina negó, abrazándola por el cuello– Entiendo si estás confundida, de verdad que puedo entenderlo y me sentiría mejor si me dices que es eso lo que te está pasando princesa. —No, no es sólo eso. —hizo silencio, pensando en si debe contarle o no. Iba siendo hora de que por fin dejara de mentirle, pero no podía decirle la verdad aún, no hasta que tuviese otro diagnostico–. Acabo de salir de una relación de mucho tiempo en mi vida, debes entender que no ha sido fácil. –mintió. Valentina, ni se estaba acordando de su ex, pero es una cobarde, no quería pensar en la decepción que va a sentir Juliana cuando se entere de sus pequeñas mentiras. Ya son muchas acumuladas, una más a la lista… —Créeme, estoy tratando de entender, pero princesa yo… –la rubia la hizo callar, colocando un dedo sobre sus labios. —No quiero hablar más de esto. ¿Si? –Juliana asintió, abrazándola más a su cuerpo. Al menos puede hacer eso, estar entre sus brazos le daba una sensación de plenitud que con muy pocas personas había conocido, de hecho, estaba segura que es la primera vez en mucho tiempo que se sentía así, es como si estuviera en las nubes. Tal vez acababa de encontrar eso que tanto estaba buscando, pero no sabía lo que era. "¿Y si ella es más qué mi lago, mi refugio, mi oasis azul?", se cuestionó la morena, pensando en lo que semanas atrás estaba rondando por su cabeza. Eso de que ya estaba cansada de visualizar paisajes y perderse entre las profundidades de lagos o mares azules que apreciaba en su búsqueda, ahora tenía en frente un profundo e inexplorado universo azul, en los ojos de su morrita. —Princesa –la llamó, no sabía cuánto tiempo habían pasado las dos abrazadas. Sin decir nada, a veces las palabras estaban de más y no era necesario hablar en los momentos donde un abrazo era más significativo y comunicativo, es como si cualquier cosa o cualquier palabra arruinaría esa magia que hay entre dos cuerpos que se atraen con la misma intensidad. —Shhh… –demandó la rubia, dejando descansar su cabeza en el hueco de su cuello. Sintiendo las caricias de Juliana en la parte baja de su espalda– Iré a darme un baño. Te prometo que luego hablamos de esto. ¿De acuerdo? Juliana asintió, soltando un leve suspiro. Extrañando el calor del cuerpo de la rubia cuando rompió el abrazo, y cuando estuvo a punto de irse. La tomó de la mano, volviendo a abrazarla. —Gracias por llegar a mi vida, princesa. –le susurró al oído, por fin dejándola ir...
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