En aquel momento llegó Elián al gimnasio y se acercó a Camila. Notó los ojos llorosos de la joven. —Debes de cambiar y claro, demostrarme que no lo estás haciendo —dijo Tomás. —Bien, lo haré. Te lo prometo —aceptó Camila. —No me lo prometas, demuéstralo —Tomás se levantó de la banca—. Ve a descansar y come algo, te desmayaste porque no has comido. Tomás se alejó y Elián quedó observando fijamente a Camila. —¿Te desmayaste? —se cruzó de brazos—, ya sabía que esa historia del jugo de mora era demasiado absurda para creerla. —¿Qué haces aquí? —Acostúmbrate, me inscribí —Elián desplegó una sonrisa. —Vamos a ver cuánto duras —soltó incrédula Camila. La joven se levantó con las piernas bastante temblorosas y eso lo notó Elián, quien la reparó de pies a cabeza, se acercó a ella

