La lluvia caía lenta esa noche. No torrencial. No escandalosa. Era una lluvia suave, casi tímida, como si supiera que el mundo necesitaba un descanso. Nari miraba por la ventana del apartamento. Las luces de Seúl brillaban como constelaciones en movimiento, difuminadas por el cristal húmedo. Sus dedos dibujaban líneas invisibles sobre el vidrio, como buscando algo más allá del reflejo. Detrás de ella, Liam apagó el televisor. Las noticias no dejaban de repetir el mismo titular: “Song Nari, libre de cargos. ¿Qué sigue para la estrella en conflicto?”. Apagó también su celular. No necesitaban más ruido. —Ven aquí —dijo él, con esa voz grave que usaba solo cuando estaba cansado, pero feliz. Ella caminó despacio hacia él. Sin palabras. Sin máscaras. Liam estaba sentado en el suelo, con la

